Hace 50, 100 y 150 años

Recopilación de noticias publicadas en Scientific American.
Por Daniel C. Schlenoff

1918: Acompañadas del último modelo de tanque, el Whippet, vemos a estas tropas cruzando el Canal del Norte en Francia. Se emprendía el último esfuerzo para acabar la I Guerra Mundial. [SCIENTIFIC AMERICAN, vol. CXIX, N.o 19, 9 de noviembre de 1918]

1968
El misterio de los aceros

«¿Puede conseguirse que los aceros aleados sean a la vez tenaces y dúctiles? Una de las propiedades que más preocupa a ingenieros y científicos especialistas en materiales es la fractura. El ámbito de los problemas de fractura es amplio: va desde el hundimiento catastrófico de puentes y la rotura de depósitos, oleoductos y piezas de maquinaria hasta consideraciones básicas tales como de qué modo se separan los átomos cuando se rompe un monocristal metálico. Tanto los cálculos como la experimentación muestran que los aceros que usan los ingenieros deben ser unas diez veces más robustos de lo que en realidad hallan los ingenieros. La historia de los aceros modernos constituye un ejemplo de la clase de investigaciones que contribuyen a revelar y definir los límites superiores de la resistencia y ductilidad que cabría esperar que alcanzaran los materiales al uso durante la próxima década.»

1918
Llega la paz

«La ola de regocijo histérico que recorrió EE.UU. cuando nuestro presidente anunció la firma de una tregua despertó muchos sentimientos; pero ninguno más fuerte que la convicción de que, con la muerte del militarismo alemán, había muerto también la omnipresente amenaza de guerra y el siempre creciente lastre del armamento naval y militar. Con la rendición de la flota alemana y la desaparición de Alemania como potencia naval de primer orden, EE.UU. vuelve a ascender a su antiguo puesto de segunda gran potencia naval del mundo. Además, el país se encontrará comprometido, a través de su Gobierno, con la noble idea de perpetuar nuestra alianza para la guerra como una alianza para la paz, mediante la formación de una gran Liga de Naciones, uno de los primeros frutos de la cual será esa limitación de armamentos ante la que los belicosos enloquecidos alemanes mostraban una oposición insalvable.»

 

La invasión de la gripe

«En la reciente epidemia de gripe, el Servicio de Salud de EE.UU. debió abordar una misión de una medida muy superior a su capacidad. Esa arremetida de la parca (usando la expresión de un reportero novel) halló al país desprevenido. El Servicio de Salud respondió bien, dadas las circunstancias. El Congreso aprobó a toda prisa una asignación urgente de un millón de dólares. El Cuerpo del Servicio Médico Voluntario facilitó una lista de mil médicos, a quienes se ofreció telegráficamente puestos temporales. Con ayuda de la Cruz Roja Americana se consiguieron enfermeras, aunque en número exiguo. Pero todas esas medidas dejan un regusto a improvisación; y un marciano recién llegado sin duda tendría la impresión, ante los últimos acontecimientos, de que nunca antes nuestro país fue visitado por una epidemia. De lo contrario (podemos suponer al iluminado forastero diciéndose a sí mismo), esos terrícolas habrían tenido la maquinaria dispuesta para ponerla en marcha.»

1868
Mosquitos comestibles

«El doctor Livingstone, al relatar sus aventuras en el lago Nyassa [conocido también como lago Malawi], nos habla de una curiosidad con la que se tropezó: “Durante una parte del año, los habitantes de la zona norte del lago cosechan un singular alimento. Cuando nos acercábamos al límite norte en esa dirección, se veían nubes, como de humo desprendido de millas de hierba ardiendo, que se desviaban hacia el sureste. Navegamos a través de una de esas nubes y descubrimos que no era ni humo ni bruma, sino incontables millones de minúsculos mosquitos llamados en conjunto kungo (nube de niebla espesa). Llenaban el aire hasta una gran altura y pululaban sobre el agua con demasiada rapidez para hundirse en ella. La gente recolectaba aquellos insectos de noche para cocerlos en forma de gruesas tortas que degustaban como un manjar, con millones de mosquitos en cada una de ellas. Su sabor no es distinto al del caviar ni al de los saltamontes salados”.»

 

Recato y manía

«La manía del velocípedo empieza a asentarse, y con el inicio de los meses primaverales podemos esperar que nuestros parques y carreteras se abarroten de este agradable y barato sustituto del caballo. El velocípedo de dos ruedas no es exactamente el preferido para uso general, ya que a los novatos les cuesta mantenerse erguidos sobre él. Para todos los usuarios sería más deseable un vehículo finamente ajustado con dos ruedas traseras. Las damas, por razones obvias, necesitan algo de ese tipo; a menos que vistan pantalón bombacho, no se atreverán a montar en la máquina de dos ruedas.»

 

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