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  • Noviembre 2018Nº 506

Psicología

La esencia de nuestra mente

Dos facultades clave forjaron la inteligencia humana.

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¿Por qué nosotros, y no los gorilas, dirigimos los zoos?

Los demás primates viven una existencia discreta en hábitats en regresión, pero la humanidad ha modelado su entorno y ensanchado sus límites hasta cotas asombrosas. Resulta evidente que esa hegemonía no es fruto de la fuerza física; otros animales son más fuertes y veloces y poseen sentidos más agudos. Es merced a nuestra inteligencia. Pero determinar las facultades cognitivas que nos hacen tan singulares ha resultado ser una incógnita sumamente compleja, la cual se ha complicado aún más por la frecuente aparición de estudios novedosos que parecen demostrar que los animales, desde aves hasta chimpancés, pueden emular muchas de las habilidades cognitivas humanas.

Por citar un ejemplo, un estudio publicado en Science el año pasado afirmaba atrevidamente que el cuervo común es capaz de planificar con anticipación, a semejanza del ser humano. Cinco ejemplares de la especie aprendieron a tomar una piedra y a lanzarla en una caja para obtener una recompensa. En lo sucesivo, supieron escoger, minutos e incluso horas antes de que pudieran acceder a la caja, la piedra entre otros objetos dispuestos para distraerlos. A la vista de ese logro, sumado al de una tarea similar en la que intercambiaron tapones de botella por premios, los investigadores llegaron a la conclusión de que el cuervo «piensa con antelación» de forma flexible, una capacidad primordial del intelecto humano.

Pero los logros del cuervo, al igual que las proezas cognitivas demostradas por los simios superiores en otros estudios, se pueden explicar de formas más sencillas. Además, resulta que la cognición animal y la humana, si bien son similares en numerosos aspectos, difieren en dos dimensiones primordiales. La primera es la capacidad para imaginar situaciones complejas, crear un teatro interior que nos permite visualizar y barajar numerosos sucesos hipotéticos y prever desenlaces diversos. La segunda es el impulso de compartir nuestras ideas y nuestros pensamientos con otros. Tomados en conjunto, la aparición de estas dos facultades cambió la mente humana y nos encarriló por una senda que ha acabado transformando el mundo.

Cerebro de pájaro
Comencemos por lanzar una mirada más atenta al experimento de los cuervos. Antes de que diera comienzo el ensayo propiamente dicho, las aves ya habían aprendido a lo largo de varias tentativas a reconocer que el objeto de interés, la piedra, reportaba un premio y que los objetos de distracción no. Por eso no suscita sorpresa que, al iniciarse las pruebas definitivas, escogieran aquello para lo que ya habían sido condicionadas.

Esta es una razón de peso por la que los científicos, antes de lanzarse a sacar conclusiones sobre capacidades complejas de los animales, deben descartar metódicamente otras posibles explicaciones más sencillas. También es obligado reproducir los resultados de forma independiente y reiterada. En mi laboratorio, lo hemos intentado hacer con niños pequeños por medio de estudios que limitan el riesgo de confundir el comportamiento regido por mecanismos sencillos con el que es fruto de la cognición compleja. Recurrimos a sesiones únicas donde los participantes ejecutaban tareas nuevas, sin volver a repetirlas en otra ocasión, todo con objeto de no dar cabida al aprendizaje por repetición. También modificamos el ritmo y el contexto espacial de las pruebas para no ofrecer pistas sobre la solución, además de concebir ejercicios que implican el uso de diversas habilidades a fin de mitigar los efectos de comportamiento que podrían derivar de una rara predisposición innata del niño.

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