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Actualidad científica

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  • Investigación y Ciencia
  • Noviembre 2018Nº 506

Cognición

La evolución de nuestra excepcionalidad

Así nos convertimos en un animal diferente.

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La mayoría de las personas de este planeta dan por sentado, por lo general sin ningún fundamento científico, que los humanos somos criaturas especiales, muy diferentes del resto de los animales. En cambio, los científicos más capacitados para evaluar esa percepción suelen mostrarse reticentes a reconocer la singularidad de Homo sapiens, quizá por temor a reforzar la idea de excepcionalidad humana que postulan las religiones. Y, sin embargo, hoy contamos con una ingente cantidad de datos, procedentes de disciplinas que van desde la ecología hasta la psicología cognitiva, que vienen a confirmar que, en efecto, somos una especie extraordinaria.

La densidad de las poblaciones humanas supera con creces la que correspondería a un animal de nuestro tamaño. Ocupamos un ámbito geográfico inmenso y ejercemos un control sin precedentes sobre los flujos de materia y energía del planeta, con un impacto global incuestionable. Si, además, tomamos en consideración nuestra inteligencia y nuestra capacidad para comunicarnos, adquirir y compartir conocimientos (junto con nuestras magníficas obras de arte o arquitectónicas), no podemos sino concluir que el ser humano es un animal muy diferente de cualquier otro. Nuestra cultura parece distinguirnos del resto de la naturaleza. Y, aun así, esa cultura ha de ser a la vez un producto de la evolución.

El reto de proporcionar una explicación científica a la evolución de las facultades cognitivas de nuestra especie y su expresión cultural es lo que he llamado «la sinfonía inacabada de Darwin». Charles Darwin empezó a investigar la cuestión hace unos 150 años. Pero, como él mismo confesaría, sus conocimientos sobre la evolución de tales atributos eran «imperfectos y fragmentarios». Por fortuna, otros científicos han tomado el testigo, y hoy existe la sensación creciente de que nos estamos acercando a una respuesta.

El consenso emergente sostiene que los logros de la humanidad derivan de nuestra capacidad para asimilar los conocimientos y destrezas de otros. De esta manera, los individuos van ampliando de forma iterativa el acervo de conocimientos acumulados durante largos períodos de tiempo. Este repositorio colectivo de experiencias nos permite hallar soluciones cada vez más eficientes y variadas a los problemas de la vida. No fue nuestro gran cerebro, nuestra inteligencia ni el lenguaje lo que nos dio la cultura, sino más bien esta última la que impulsó un cerebro voluminoso, una inteligencia sin igual y el lenguaje. En lo que respecta a nuestra especie —y tal vez a alguna otra—, la cultura transformó el proceso evolutivo.

El término cultura incluye también la moda o la alta cocina. Pero, si nos restringimos a su significado puramente científico, la cultura consiste en la serie de comportamientos que comparten los miembros de una comunidad y que se basan en información transmitida socialmente. Pensemos en los diseños de automóviles, los estilos de música, las teorías científicas o la recolección de alimentos de las sociedades pequeñas. Todo ello evoluciona por medio de una sucesión interminable de innovaciones que van añadiendo mejoras graduales a una base de conocimiento inicial: un perpetuo e implacable copiar e innovar. En ello radica el éxito de nuestra especie.

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