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  • Investigación y Ciencia
  • Noviembre 2018Nº 506

Astrofísica

Solos en la Vía Láctea

Por qué es probable que seamos la única civilización de la galaxia.

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Los astrónomos han encontrado miles de planetas alrededor de otras estrellas de la Vía Láctea, y es probable que cada una de sus 100.000 millones de estrellas albergue mundos. Dada esa descomunal cantidad de planetas, parece natural esperar que algunos de ellos estén poblados por seres conscientes. A fin de cuentas, ¿por qué debería la Tierra ser única?

Sin embargo, es posible que lo sea. Quien ve con optimismo la posibilidad de que exista vida extraterrestre inteligente está pasando por alto lo que sabemos sobre el origen de nuestra especie. Si estamos hoy aquí es gracias a una larga cadena de coincidencias improbables. Muchas, muchísimas cosas tuvieron que salir bien para llegar a esta situación. De hecho, tan improbable parece esa cadena que existen buenas razones para concluir que, seguramente, seamos la única civilización tecnificada de la galaxia. (Dejaremos de lado las innumerables galaxias del resto del universo porque, como suele decirse, «en un universo infinito todo es posible».)

Un momento especial
Las coincidencias comienzan con la producción de elementos químicos más pesados que el hidrógeno y el helio. Las primeras estrellas nacieron en nubes compuestas únicamente por estos dos elementos, producidos hace más de 13.000 millones de años en la gran explosión. Esos primeros astros no podían albergar planetas, ya que no había nada con qué formarlos: ni carbono, ni oxígeno, ni silicio, ni hierro ni otros metales (con despreocupada indiferencia hacia las sutilezas químicas, los astrónomos llaman «metal» a todo elemento más pesado ​que el helio).

Los metales se sintetizan en el interior de las estrellas. Después, se esparcen por el espacio cuando estas mueren y expulsan su material, en ocasiones en espectaculares explosiones de supernova. Esos elementos enriquecen las nubes interestelares, por lo que cada nueva generación de estrellas presenta una metalicidad mayor que la anterior. Cuando nació el Sol, hace unos 4500 millones de años, ese enriquecimiento llevaba ya miles de millones de años produciéndose en nuestro vecindario galáctico. Aun así, el Sol contiene un 71 por ciento de hidrógeno, un 27 por ciento de helio y tan solo un 2 por ciento de metales. Su composición refleja la de la nube que dio lugar al sistema solar, así que los planetas rocosos, incluida la Tierra, se formaron a partir de esa exigua cantidad de materiales básicos de construcción. Las estrellas más antiguas que el Sol presentan aún menos metales y, en consecuencia, menos posibilidades de tener planetas rocosos similares a la Tierra (los planetas gigantes y gaseosos, como Júpiter, se forman con mayor facilidad, pero no es tan probable que alberguen vida). Eso significa que, incluso si no somos la única civilización tecnificada de la galaxia, sí deberíamos ser una de las primeras.

Una ubicación especial
Nuestro emplazamiento en la Vía Láctea es también singular. Nuestra galaxia es un delgado disco de estrellas con un diámetro de unos 100.000 años luz. El Sol se encuentra a unos 27.000 años luz del centro; es decir, un poco más cerca del borde que del núcleo galáctico. En general, las estrellas más próximas al centro contienen más metales, y allí hay más estrellas viejas. Esta situación es típica en las galaxias de disco, las cuales parecen crecer desde el centro hacia fuera.

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