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1 de Octubre de 2018
Biología evolutiva

¿Es predecible la evolución?

Un estudio con insectos revela que, en ciertos casos, la evolución sí puede predecirse. El grado de predictibilidad depende del número y la complejidad de las presiones selectivas.

El insecto palo Timema cristinae, endémico de las montañas de Santa Ynez, en California, presenta tres variedades de color: verde, verde rayado y marrón. A fin de evaluar la predictibilidad de la teoría de la evolución, un estudio reciente ha analizado cómo ha cambiado la proporción de T. cristinae de cada color a lo largo de los últimos 25 años. [MORITZ MUSCHICK]

La aspiración última de toda disciplina científica es la proposición de teorías que permitan realizar predicciones comprobables por medio del experimento. Sin embargo, y a diferencia de otras ramas de la ciencia, la biología evolutiva ha sido considerada desde sus inicios una ciencia más descriptiva que predictiva. El propio Charles Darwin asumió desde un principio que la selección natural operaría tan despacio que sería prácticamente imposible observar cambios evolutivos sustanciales en escalas de tiempo humanas. De este modo, el estudio de la evolución estaría condenado a ser un ejercicio inductivo basado en la observación del registro fósil y comparaciones anatómicas.

No obstante, se ha demostrado que lo anterior no es totalmente cierto. Hoy sabemos que, en algunos casos, la evolución puede tener lugar con rapidez suficiente para observar sus efectos. Ello ha abierto la puerta a estudiar su grado de predictibilidad, cuestión en la que recientemente he tenido el placer de trabajar junto con otros colaboradores en una investigación liderada por Patrik Nosil, de la Universidad de Sheffield. Nuestros resultados, publicados este año en la revista Science, ponen de manifiesto que, si bien nuestra capacidad predictiva se ve limitada cuando las presiones selectivas son numerosas y varían con el tiempo, hay algunos aspectos de la evolución que sí pueden predecirse con fiabilidad.

Evolución: azar y determinismo

Una de las grandes preguntas de la biología evolutiva es si la evolución es predecible y, de serlo, hasta qué punto. En este sentido, la metáfora más célebre es la enunciada por Stephen Jay Gould, eminente evolucionista de Harvard ya fallecido, en su popular libro La vida maravillosa, publicado por primera vez en 1989: si pudiéramos rebobinar la «cinta de la vida» hasta sus orígenes y reproducirla de nuevo, ¿evolucionarían los mismos organismos?

Como otros paleontólogos, Gould creía que la evolución era impredecible debido a la enorme influencia del azar. Por otro lado, desde una perspectiva determinista, predecir el resultado de la evolución sería posible en teoría, si bien difícil en la práctica: el altísimo número de variables implicadas, la complejidad de sus interrelaciones y la dificultad para obtener datos cuantitativos durante largos períodos de tiempo nos impedirían realizar avances sustanciales. A pesar de todo, cada vez más estudios sugieren que no se trata de una cuestión de todo o nada: el aspecto principal reside en cuantificar la contribución relativa de los procesos deterministas y los aleatorios.

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