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1 de Octubre de 2018
Fisiología animal

La inmunidad de la bandada

El modo en que las aves combaten las infecciones depende de sus hábitos migratorios.

Bisbita común (Anthus pratensis). [ABI WARNER, GETTY IMAGES]

Cada año, conforme el otoño deja paso al invierno, multitud de aves de Europa y Asia emprenden el vuelo hacia el sur, en busca de la bonanza del África tropical. Y cuando la primavera asoma, retornan a las latitudes templadas para aparearse y criar. Los expertos querían saber por qué las aves migradoras no contraen los males del viajero.

«Cuando escogemos un destino lejano para pasar las vacaciones, precisamos vacunas de todo tipo. Pero las aves no gozan de la protección que brinda la medicina. ¿Cómo hacen frente a las infecciones?», se preguntaba Emily O’Connor, ecóloga de la Universidad de Lund.

Para averiguarlo, ella y sus colaboradores clasificaron más de 1300 especies de aves paseriformes que eran migratorias, sedentarias africanas o sedentarias paleárticas (entre estas últimas la bisbita común; imagen). A continuación, capturaron ejemplares en libertad de un conjunto representativo de 32 especies. Tomaron muestras de su sangre para analizar los genes que codifican el complejo principal de histocompatibilidad de clase I (CPH-I), un conjunto de proteínas del sistema inmunitario implicadas en el reconocimiento de los microbios patógenos. Cuanto más numerosos son esos genes, más intrusos pueden detectar las defensas del animal, explica la investigadora.

Con ese baremo, las aves sedentarias de África mostraron el sistema inmunitario más robusto. Puesto que la mayor parte de la avifauna del Paleártico tuvo su origen en los trópicos y en momentos posteriores se extendió hacia el norte, los investigadores sospechan que las especies que la integran vieron reducida con el tiempo su diversidad de CPH-I. Los resultados se publicaron el pasado mayo en Nature Ecology & Evolution.

«A causa de su forma de vida, las aves migratorias deben hacer frente a dos conjuntos distintos de patógenos. Por ello esperaba ver en ellas la mayor diversidad génica de todos los grupos, así que me sorprendió comprobar que era muy similar a la de las aves europeas», manifiesta O’Connor.

Las crías son muy vulnerables a los patógenos, y el esfuerzo que supone la reproducción también expone más a los progenitores a caer enfermos. Por ambas razones, O’Connor sospecha que la evolución podría haber empujado a las especies migratorias a favorecer los genes asociados a la resistencia a los patógenos propios de las latitudes septentrionales, donde nacen, en detrimento de los que protegen contra los tropicales.

Otra alternativa es que las especies migratorias hubieran apostado por otras formas de inmunidad inespecíficas, opina Camille Bonneaud, bióloga evolutiva de la Universidad de Exeter, ajena al estudio. Según ella, «será preciso seguir investigando si las aves migratorias destinan menos recursos a la lucha contra patógenos concretos, y más a otros tipos de procesos inmunitarios».

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