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1 de Octubre de 2018
Reseña

Un mundo mejor de lo que pensábamos, pero con razones para la inquietud

Un documentado análisis para pensar con profundidad en el papel de la ciencia y la técnica en el mundo actual.

EN DEFENSA DE LA ILUSTRACIÓN
POR LA RAZÓN, LA CIENCIA, EL HUMANISMO Y EL PROGRESO
Steven Pinker
Ediciones Paidós, 2018

El mundo va cada vez peor. Un creciente número de personas es víctima de injusticias sociales, económicas y políticas. La violencia y los conflictos armados están a la orden del día y su virulencia es aterradora. Los beneficios de la tecnología están muy mal repartidos, y solo los habitantes de los países más ricos, o las élites corruptas de los pobres, pueden decir que han visto su vida significativamente mejorada gracias a ellos. El desarrollo tecnológico está además orientado al control social y a un beneficio económico depredador, lo que prepara un futuro distópico. Todo progreso, en definitiva, es aparente y visto como tal solo desde una perspectiva concreta, frente a muchas otras desde las que no se apreciaría avance alguno, o desde las que podría contrapesarse con un retroceso equiparable. Creer en el progreso sin más, en un progreso continuo y generalizado, es ingenuo y complaciente con las injusticias y desigualdades que nos rodean.

Estas son ideas muy arraigadas en la opinión pública, en especial en los países occidentales, y son precisamente las ideas que el libro del psicólogo y lingüista de Harvard Steven Pinker, En defensa de la Ilustración, trata de desmontar. Emplea para ello un extenso arsenal de argumentos y de discusiones de casos, pero sobre todo una impresionante cantidad de datos obtenidos de fuentes fiables y representados en numerosas gráficas que dejan bien claro su significado. Es quizás esta recopilación de datos lo más valioso del libro y lo que más puede desarmar a sus críticos. El pesimismo circundante, según Pinker, es falso e infundado. De hecho, los ideales de la Ilustración, que él cifra en la razón, la ciencia, el humanismo y la confianza en el progreso, llevan tiempo construyendo una sociedad mucho mejor que la que teníamos antes del siglo xviii en todas partes del mundo, por mucho que nos cueste reconocerlo.

Hay quien ha cuestionado que Pinker ofrezca una descripción correcta de lo que fue en realidad la Ilustración, pero creo que esa objeción yerra el tiro. No se trata de un libro de historia, sino de una reflexión sobre nuestro tiempo y sobre el impacto que ciertos valores e ideas han tenido en la historia reciente. Igualmente desencaminadas me parecen las acusaciones que ha recibido el libro de estar obnubilado con las estadísticas, mientras que es insensible ante el sufrimiento real de los individuos de carne y hueso, de no dar importancia a los beneficios de los valores «locales», los valores de las pequeñas comunidades, o de ser un alegato antiintelectualista.

Los lectores de su anterior obra, Los ángeles que llevamos dentro, verán en este una extensión y profundización de las tesis allí mantenidas acerca del progreso humano. No solo hemos disminuido la violencia, la hostilidad y la crueldad ejercida contra otros seres humanos, como allí documentaba Pinker, sino que durante los siglos XIX y XX hemos mejorado enormemente la esperanza de vida, la salud, el consumo de calorías por persona y la riqueza disponible, al tiempo que hemos reducido el porcentaje de personas en pobreza extrema, las hambrunas, el nivel de analfabetismo y las desigualdades entre naciones (aunque se haya producido un aumento de la desigualdad en el interior de algunos países, normalmente los más ricos).

Si los datos desmienten la opinión común, ¿por qué está tan extendida? La explicación de Pinker es que, debido a ciertos mecanismos psicológicos evolutivamente establecidos, no somos especialmente buenos estimando probabilidades de eventos y, además, le damos más importancia a los datos negativos que a los positivos, lo cual induce también a los medios de comunicación a centrarse en esos datos negativos, como si fueran los únicos relevantes. El pesimismo nos ha mantenido alerta, el optimismo no. Por otra parte, los académicos y los líderes de opinión deben ser pesimistas de oficio si no quieren parecer reaccionarios, o, al menos, faltos de compromiso.

Entre las críticas más atinadas que ha recibido el libro está la efectuada por Ian Goldin, de la Escuela Martin de Oxford, en las páginas de Nature en febrero de 2018. Goldin coincide con Pinker en la enorme importancia de los progresos realizados en los dos últimos siglos, principalmente en salud, riqueza, bienestar y educación. Pero señala el empeño de Pinker en minusvalorar los riesgos que se nos avecinan, para los que no parece haber soluciones tecnológicas fáciles. Riesgos como el deterioro ambiental y la sobreexplotación de los recursos naturales, el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, el impacto de las nuevas tecnologías (particularmente la robótica y la inteligencia artificial) en el mercado laboral y en el control del mundo financiero, político y empresarial; el despliegue de armas inteligentes, la posibilidad de nuevas epidemias masivas, el auge del nacionalismo y del populismo xenófobo como reacción a la globalización, etcétera.

Solo la cuestión del cambio climático encierra, a juicio de los expertos, riesgos abrumadores, como la subida del nivel del mar y la consiguiente desaparición de ciudades densamente pobladas; o la disminución de la productividad de las cosechas, la acidificación de los océanos, la recurrencia de fenómenos climáticos extremos, la movilización de millones de refugiados ambientales y la inhabitabilidad, debido a las altas temperaturas o por falta de agua, de extensas zonas del planeta ahora pobladas.

Sin embargo, Pinker estima que estos riesgos no difieren cualitativamente de otros que hemos tenido que afrontar en el pasado y que finalmente no han frenado el progreso. Son problemas a resolver, no fatalidades inabordables. Claro que, incluso si aceptamos esto, la cuestión que Pinker soslaya es si estamos aún a tiempo de afrontarlos y si todos ellos van a poder ser manejados mediante procedimientos tecnológicos, mediante el uso de la razón o a través de medidas de control social. Si estos riesgos no son atendidos adecuadamente —y hay evidencias que señalan que no lo estamos haciendo—, la perspectiva de un grave declive civilizatorio no es descartable.

Por supuesto, en ningún lugar del libro se afirma que el progreso esté siempre garantizado, que no haya períodos de retroceso, o que no podamos destruir todo aquello en lo que se ha fundamentado hasta ahora. Pero Pinker considera que los esfuerzos que se están realizando en la reducción de emisiones de CO2 (China, la Unión Europea y Estados Unidos, los principales emisores, redujeron sus emisiones entre 2014 y 2015) marcan el camino correcto. Por otro lado, la mejora de las centrales nucleares, la aplicación de la geoingeniería y el avance en los conocimientos, que permitirá la fabricación de nuevas baterías, una mejor distribución de la energía y el desarrollo de métodos de captación y almacenamiento del CO2, serán piezas clave en la mitigación del problema y quizás en su total eliminación. Por tanto, con la guía proporcionada por los ideales de la Ilustración arriba señalados, el resultado de nuestras acciones tecnológicas seguirá siendo tan positivo como en los últimos siglos.

Es este el punto en el que el «optimismo condicional» de Pinker reclama una mayor confianza por parte del lector, puesto que se da un salto desde los datos hacia lo que el futuro nos depara, y los argumentos para hacerlo no son lo suficientemente fuertes. No está claro, por ejemplo, si el progreso experimentado hasta ahora se debe fundamentalmente a la aplicación de esos ideales ilustrados o, como sostienen otros analistas, ha sido a costa de un consumo intensivo de los combustibles fósiles y de los recursos no renovables del planeta, lo que no puede sostenerse por mucho tiempo más sin graves consecuencias para las generaciones futuras. Si este fuera el caso, la confianza de Pinker en que las nuevas tecnologías y la geoingeniería van a ser la solución al cambio climático quedaría bastante comprometida.

Se ha dicho de este libro que es un panfleto político (así lo ha visto, por ejemplo, John Gray, en una de las reseñas más displicentes que ha recibido), que se trata de una defensa declarada del liberalismo y de una crítica simplista y sesgada de cualquier movimiento político o pensamiento filosófico que ponga en cuestión los ideales de la Ilustración, con Nietzsche como chivo expiatorio. Ciertamente, Pinker reconoce la intencionalidad política de sus tesis. Pero este es un motivo más para leerlo. No creo que nadie vaya a cambiar de ideología con su lectura ni que busque en sus páginas una introducción al pensamiento nietzscheano. En cambio, sus datos y argumentos proporcionan una buena base para pensar con profundidad en ciertas convicciones extendidas. En manos del lector queda no convertir lo que puede ser un antídoto contra la desesperanza en un narcótico para la complacencia.

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