El pavo de matorral

Esta ave australiana pertenece a una familia que construye montículos para incubar los huevos. El proceso es fruto de un cúmulo de adaptaciones por parte del huevo y del polluelo.

En Australia e islas del Indopacífico circundantes vive un grupo de aves cuyo carácter insólito resulta incluso tal para los estándares exóticos de la fauna de la región. Las hembras no se aposentan sobre los huevos para empollados; antes bien, ponen los huevos en lugares donde fuentes externas proporcionan calor para la incubación. Algunas especies de las islas tropicales entierran sus huevos en arena caldeada por el sol o por la actividad geotérmica, mientras que otras construyen montones de hojarasca vegetal (por lo que reciben el nombre de constructores de montículos) en los que la energía procedente de la descomposición bacteriana mantiene elevada la temperatura.

Las 19 especies de esta familia de aves, llamada Megapódidos en razón del gran tamaño de sus pies, prestan tan poca atención a la crianza del polluelo como a su incubación. A diferencia de los solícitos padres del pollo de pinzón o de zorzal, los progenitores megápodos no cuidan ni alimentan a sus hijos recién salidos del huevo.

Para conseguir su independencia precoz, huevos y pollos de megápodos poseen características especiales. Un diseño simpar permite que el huevo se desarrolle en el montículo, un ambiente que sería fatal para los embriones de la mayoría de las aves. Y los pollos de megápodos emergen no sólo con una capacidad respiratoria distinta de la que define a la mayoría de las aves, sino con un vigor y una capacidad de alimentación precoces.

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