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  • Investigación y Ciencia
  • Septiembre 2015Nº 468

Biología

Vida bajo el hielo antártico

Un descubrimiento sorprendente obliga a los biólogos a reconsiderar la posible existencia de vida en los ambientes más inhóspitos de la Tierra y también en el espacio.

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La costa de la Antártida occidental es uno de los lugares más desolados del planeta. A lo largo de mil kilómetros, bajo el campo de hielo de la Antártida occidental, yace una serie de glaciares interconectados, de una superficie similar a la de Europa occidental, que se deslizan lentamente desde el continente hacia el mar. A medida que el hielo abandona la tierra firme, se transforma en una plataforma flotante de centenares de metros de grosor que cubre cientos de kilómetros cuadrados de océano. La plataforma de hielo de Ross tiene una superficie equiparable a la de España y es tan vasta que una corriente marina tardaría entre tres y diez años en llevar una mota de plancton desde el mar abierto, donde la luz solar y el alimento abundan, hasta las tinieblas prohibidas de la costa sepultada bajo el hielo.

Vida marina era lo último que Robert Zook y una docena de investigadores esperaban hallar el pasado enero cuando se embarcaron en una misión glaciológica en la zona donde el campo de hielo de la Antártida occidental se convierte en la plataforma de Ross. Habían viajado hasta ese remoto lugar para comprender cómo respondía al cambio climático la parte inferior del campo de hielo en su lento deslizamiento. Los acompañaban varios biólogos que pretendían estudiar posibles microbios rudimentarios, pero ninguno era especialista en organismos de mayor tamaño.

El 16 de enero, el grupo se apiñaba en torno a los monitores de vídeo de una oscura sala sobre el hielo, en el improvisado centro de control construido en el interior de un contenedor. Montado sobre esquís, los tractores lo habían arrastrado durante días, así como a medio millón de kilogramos de equipos y suministros, hasta alcanzar aquel lugar, situado a 850 kilómetros del borde marino de la plataforma. Habían empleado agua caliente para perforar, a través de 740 metros de hielo, un pozo de diámetro algo mayor al de una canasta de baloncesto, hasta alcanzar la minúscula capa de agua situada debajo, frente a la costa sepultada bajo el hielo. A continuación, habían colgado de una grúa el robot bautizado Deep SCINI y lo habían hecho descender lentamente por el pozo, conforme un cable eléctrico se desenrollaba para mantenerlo conectado con la sala de control.

Zook había trabajado duro y a toda prisa para diseñar y construir Deep SCINI de modo que pudiera resistir el frío intenso y las presiones elevadas de las profundidades. Pero solo había tenido tiempo para ensayar el vehículo operado a distancia en una piscina. La tripulación observó durante 40 angustiosos minutos cómo el delgado robot, de dos metros de longitud, descendía hacia el vacío. El rayo de luz proyectado por el foco situado en el morro del vehículo producía brillantes destellos en las paredes del pozo, lo que hacía pensar en un agujero de gusano cósmico que llevaba a otro mundo.

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