Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarle el uso de la web mediante el análisis de sus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúa navegando, consideramos que acepta nuestra Política de cookies .

Actualidad científica

  • 13/12/2018 - Tecnología

    Un dispositivo para medir nuestra exposición al sol

    Colocado en la piel o la ropa, el pequeño aparato aporta datos sobre la cantidad de radiación ultravioleta, visible e infrarroja que acumula el organismo. Destacan sus múltiples aplicaciones tanto cosméticas como médicas.

  • 12/12/2018 - Climatología

    Oscurecer el sol para enfriar la Tierra: el primer experimento

    Unos investigadores tienen pensado rociar la estratosfera con partículas que reflejen la luz solar. En última instancia, de esta forma se podría reducir deprisa la temperatura de la Tierra.

  • 12/12/2018 - Envejecimiento

    La tenacidad beneficia la salud física

    Las personas de edad avanzada tenaces pero también flexibles en sus objetivos gozan de un espacio vital mayor y, con ello, de más relaciones sociales y actividades físicas.

  • 11/12/2018 - glaciología

    Se acelera la pérdida de hielo de Groenlandia

    Los testigos de hielo, los datos de los satélites y los modelos climáticos revelan la violenta transformación de la vasta capa de hielo.

  • 11/12/2018 - Neuropsicología del desarrollo

    ¿Infecciones que desencadenan trastornos mentales?

    Un estudio realizado en Dinamarca asocia la invasión de microrganismos patógenos, durante la infancia y adolescencia, con el desarrollo de la esquizofrenia y otras alteraciones de la personalidad y la conducta.

Síguenos
  • Google+
  • RSS
  • Investigación y Ciencia
  • Diciembre 2018Nº 507
Libros

Reseña

Gratuito

Aristóteles, secretario de la naturaleza

Tres obras poco conocidas del estagirita que ponen de relieve su afán por examinar con rigor científico el mundo de los seres vivos.

Menear

ARISTÓTELES: OBRA BIOLÓGICA
De Partibus Animalium, De Motu Animalium, De Incessu Animalium
Traducción de Rosana Bartolomé
Introducción y notas de Alfredo Marcos
KRK Ediciones, 2018

Por los hexámetros de la literatura homérica menudean famosos epítetos. Son estos, digamos, apodos de fantasía, sobrenombres que revelan la característica de un héroe o de un dios. Los pies ligeros, los níveos brazos, los rosáceos dedos hablan de Aquiles, de Hera y de Aurora. Pero no es necesario ser héroe o dios para gozar de un apelativo propio. El oscuro, el tábano o el perro se asocian inequívocamente a Heráclito, Sócrates y Diógenes de Sínope, filósofos de la Grecia clásica. Cada uno tiene su historia y su motivo. También los tiene el apelativo con que Platón, el de espaldas anchas, se refería a su discípulo Aristóteles. Como el de Estagira leía sin mover los labios, como leía en silencio y aquello provocaba extrañeza, Platón le llamó el lector. La fórmula recoge un rasgo genuino de Aristóteles, no hay duda, pero seguramente no el más representativo. Eusebio, obispo de Cesarea, ideó otro mejor mucho tiempo después, antes de que el legado de Aristóteles quedase gravemente mutilado y que de su magisterio solo se conservase su famoso Organon. Eusebio le concedió el título de secretario de la naturaleza.

Aristóteles dividió el cosmos en dos mitades y de ambas se ocupó con parecido esmero. Por encima de la Luna estaban los astros; por debajo, aquí en nuestro globo, un mundo precario y frágil. Suspendidos en el cielo, engastados desde siempre en sus órbitas circulares, giraban los planetas: el filósofo les reconocía su dignidad divina y los contemplaba en su movimiento imperturbable. La Tierra, asentada en el centro, permanecía rígida e inmóvil, soportando el peso de formas de vida breve. De ellas se ocupó Aristóteles.

Su Historia animalium es obra bien conocida. Menos lo son sus Parva naturalia y, tal vez menos aún, las tres obras recogidas en esta hermosa edición de KRK: De partibus animalium, De motu animalium y De incessu animalium. La profesora Rosana Bartolomé, de la Universidad de Valladolid, es la encargada de la traducción desde el griego. La introducción y las notas críticas corren a cargo del catedrático Alfredo Marcos, de la misma universidad, a quien la pasión por la biología aristotélica le viene de muy lejos.

El fresco minoico de los delfines adorna la cubierta de la obra. La elección resulta afortunada. No en vano, el azul del mar es el color que baña con frecuencia las observaciones del estagirita, y el estudio aristotélico de los delfines revela quizás mejor que ningún otro las destrezas que elevaron su obra zoológica a una altura que ni Plinio primero ni Eliano después lograron superar. En estos hay un tono crédulo y moralizante. Y su obra, aunque interesante por muchos conceptos, parece más una sucesión de apólogos que un estudio serio de los animales. Además, la observación directa cuenta en ella bien poco. Sin duda, la comprensión del reino de la vida les importa menos que su condición de receptáculo literario, de pretexto narrativo.

En Aristóteles el tono es muy distinto. El relato preocupa secundariamente y el objeto es siempre lo que prevalece, la sustancia particular, aquello que concentra su interés. E importa el animal en el ejercicio de la vida, como realidad que existe en virtud de su fin propio. Ahí reside su belleza. Si el animal reclama atención es porque está vivo. Una vez muerto, privado de su organización funcional, ya solo es animal por homonimia, como los delfines de Knossos solo lo son por su parecido con los delfines que rasgan hoy el agua del Egeo y respiran aire por su espiráculo.

En El testamento de Aristóteles (Edilesa, 2000), Marcos imaginó al filósofo recorriendo el litoral occidental de Eubea a bordo de un velero de dos palos. Se dirigía hacia Calcis, lugar de su exilio definitivo. El capitán que lo llevaba hablaba de criaturas marinas, de las que algunas eras reales y otras simplemente imaginarias. Aristóteles tomaba buena nota de todo. Las bestias portentosas y heteróclitas (aunque irreales) engrosarían su inventario de monstruos y leyendas; en cuanto al resto, enriquecería el océano de sus obras de historia natural, trabajo nunca concluido y que no dejaba de crecer bajo su cálamo. Es muy probable, en efecto, que las anotaciones de la biología aristotélica se fueran aglutinando por capas, que los testimonios de terceros y sus propias observaciones sufrieran reajustes, adiciones y exclusiones. Había que armonizar los datos, levantar acta de los animales que poblaban el mundo y descorrer por fin el velo de la naturaleza en busca de sus secretos.

Es posible que Aristóteles albergara el deseo de ofrecer un estudio de los animales a escala universal. Es posible que Alejandro, queriendo complacer a su maestro, le hiciera llegar algunas bestias capturadas en sus incursiones por Oriente. Podemos fantasear con la idea de que fuera así. Podemos suponer que el círculo de sus observaciones estuviera destinado a crecer en forma de espiral, con su centro situado en Grecia y su curva abriéndose hasta cubrir un territorio de una vastedad extraordinaria. De hecho, su obra zoológica contiene materiales exóticos, y, aunque el número de estos es escaso, parece suficiente para comprender que el horizonte de sus investigaciones pudo situarse alguna vez lejos de los límites de la Hélade.

Con todo, su obra tiene una coloración específicamente griega. Así, por ejemplo, del centenar largo de especies entrelazadas en el relato de su De partibus animalium, la inmensa mayoría son autóctonas. Eran animales que Aristóteles contemplaría en sus correrías tierra adentro o en sus navegaciones por el mar Egeo. Podía, según el caso, correr tras ellos, burlar su vigilancia y estudiarlos en sus espantadas; dejar las sandalias en la orilla, mover el agua y atraparlos con sus propias manos; subir de rama en rama o tenderse boca abajo para seguir la traza de un insecto.

Aristóteles no se limitó a describir. Quiso también explicar lo que veía, ambición que debió de obligarle a ceñirse a una geografía de lugares vecinos, allí donde pudiera alargar las jornadas y observar sin más prisa que la que quisiera darse. Y los resultados de sus investigaciones, pese a ello, cobraron un alcance universal. Comprendió muy pronto el inconveniente de las taxonomías, detectó la presencia de animales ambiguos, y adivinó en la naturaleza la existencia de un principio de continuidad que venía a difuminar los espacios entre las especies y los límites entre los tres reinos [véase «Aristóteles», por Luis Alonso; Investigación y Ciencia, febrero de 2015].

En sus explicaciones empleó todo un arsenal de inteligentes comparaciones, basadas a menudo en el aspecto funcional de los órganos: la nariz de los elefantes es como el instrumento empleado por los buzos en sus inmersiones; las venas le parecen anclas; el cuello de las aves zancudas es una caña, y el pico es sedal y anzuelo; las aletas de los peces guardan parecido con los remos de las naves, y la cola de las aves que vuelan, con el timón de cualquier barco. Esas comparaciones iluminan el texto y resultan de una utilidad indudable.

No siempre, sin embargo, se avanza sin dificultad. Muchos son los pasajes en que Aristóteles adopta un estilo sincopado, abrupto. Cuando tal cosa sucede, entonces podrá el lector conjurar el desánimo acudiendo al aparato crítico, donde Marcos resuelve dudas y ofrece utilísimas indicaciones.

Aristóteles encontraba placer en el estudio de las formas vivas. Que el lector lo encuentre también en la lectura de este libro.

Puede conseguir el artículo en:

Artículos relacionados