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Actualidad científica

  • 13/12/2018 - Tecnología

    Un dispositivo para medir nuestra exposición al sol

    Colocado en la piel o la ropa, el pequeño aparato aporta datos sobre la cantidad de radiación ultravioleta, visible e infrarroja que acumula el organismo. Destacan sus múltiples aplicaciones tanto cosméticas como médicas.

  • 12/12/2018 - Climatología

    Oscurecer el sol para enfriar la Tierra: el primer experimento

    Unos investigadores tienen pensado rociar la estratosfera con partículas que reflejen la luz solar. En última instancia, de esta forma se podría reducir deprisa la temperatura de la Tierra.

  • 12/12/2018 - Envejecimiento

    La tenacidad beneficia la salud física

    Las personas de edad avanzada tenaces pero también flexibles en sus objetivos gozan de un espacio vital mayor y, con ello, de más relaciones sociales y actividades físicas.

  • 11/12/2018 - glaciología

    Se acelera la pérdida de hielo de Groenlandia

    Los testigos de hielo, los datos de los satélites y los modelos climáticos revelan la violenta transformación de la vasta capa de hielo.

  • 11/12/2018 - Neuropsicología del desarrollo

    ¿Infecciones que desencadenan trastornos mentales?

    Un estudio realizado en Dinamarca asocia la invasión de microrganismos patógenos, durante la infancia y adolescencia, con el desarrollo de la esquizofrenia y otras alteraciones de la personalidad y la conducta.

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  • Investigación y Ciencia
  • Diciembre 2018Nº 507
Libros

Reseña

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El ecosistema de la ciencia

Una visión personal de la actividad científica.

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THE SECRET LIFE OF SCIENCE
HOW IT REALLY WORK AND WHY IT MATTERS
Jeremy Baumberg
Princeton University Press, 2018

The secret life of science aborda un tema que ha fascinado a los teóricos desde que, en 1973, Robert Merton formulara en The sociology of science la teoría acerca de cómo la organización social de la ciencia facilita o dificulta sus objetivos fundamentales de certificación y difusión del conocimiento. Para analizar esa organización social, Jeremy Baumberg recurre a la idea de ecosistema, describiendo el mundo de la ciencia como un sistema ecológico en constante evolución. La idea clave que rige dicha analogía es la competición: al igual que en el mundo natural, la ciencia se caracteriza por la escasez de recursos y la lucha por ellos. En este entorno competitivo, solo sobreviven (obtienen fondos) los mejor dotados.

Sin embargo, necesitamos dos rasgos más de la biología evolutiva para que la analogía funcione: la variación ciega o azarosa y la transmisión hereditaria. No tenemos mutaciones azarosas, y el propio Baumberg reconoce que la idea más cercana a la herencia genética es que los jóvenes científicos son formados en el mismo molde institucional. Por tanto, aunque el autor se esfuerza en mantener la analogía a lo largo de toda la obra, debemos entenderla más bien como una metáfora. El ecosistema de la ciencia nos habla por tanto de la interacción entre distintos grupos de individuos, con objetivos diferentes y en ocasiones fines comunes, que medran en un entorno de recursos escasos. La relación planteada no nos permite afirmar que el ecosistema científico tienda a algún tipo de equilibrio, el cual determinaría, a través de sus interacciones, el tamaño sostenible del propio sistema y permitiría establecer alguna conclusión acerca de su funcionamiento.

Bajo esta metáfora, el autor analiza el sistema de publicaciones, el mundo de los congresos científicos, la financiación de la ciencia, su divulgación y el desarrollo de una carrera académica típica. Aunque la cuestión ya fue profusamente analizada por Derek Solla Price en Little science, big science and beyond en los años setenta del siglo pasado, la idea que impulsa esta obra es el crecimiento exponencial de la ciencia, que, según el autor, podría estar expandiéndose demasiado.

El sistema de publicaciones ha suscitado el interés de los teóricos probablemente desde el nacimiento de la primera revista científica, hacia el año 1650. En esos momentos, su finalidad era «la comunicación de todo cuanto se descubra», según rezaba el primer editorial de Philosophical Transactions. Con el tiempo, esa función se amplió al modo en que se certificaba el conocimiento y se constituyó como sistema de recompensas de la ciencia, para llegar a nuestros días como el método a través del cual se evalúa la calidad científica de la producción de un investigador y, por extensión, del investigador mismo [véase «El catálogo que creó la cienciometría y transformó la ciencia», por Alex Csiszar; Investigación y Ciencia, abril de 2018].

El crecimiento de la ciencia no se refiere solo al número de investigadores, sino también a la cantidad de revistas y de artículos que se publican. Según el autor, en la actualidad se editan 25.000 revistas en las que aparecen un millón de artículos al año. Baumberg nos ofrece una visión de una pequeña parte de ese entramado aplicando los análisis de Solla Price a las revistas Nature y Science, así como a la base de datos ISI Web of Science. Así, vemos la probabilidad de que un artículo sea citado, cómo se relacionan unos artículos con otros a través de la red de la ciencia, o cómo algunos artículos adquieren una ventaja acumulativa.

El aumento del número de científicos ha conllevado no solo un incremento en la cantidad de revistas, sino también la organización de un mayor número de congresos. Mientras que estos son esenciales al ecosistema como un todo para difundir la información, resultan, según el autor, profundamente ineficientes en relación con los fondos empleados para asistir a ellos.

El tercer gran sistema analizado es el de la financiación de la ciencia. En este subsistema la competencia incide en la pérdida de diversidad, al concentrar la financiación en instituciones y grupos de élite [véase «Replantear la financiación», por John P. A. Ioannidis, en este mismo número]. El análisis del sistema de publicaciones y de financiación pone sobre la mesa el uso de indicadores, derivados del sistema, para la obtención tanto de fondos como de un puesto permanente en algún organismo investigador.

En las páginas finales, el autor pide la creación de más indicadores, nuevas métricas que valoren el liderazgo, la colaboración, la comunicación o el rigor. Pero tal vez no necesitemos más métricas, sino menos. Tal vez lo que necesitamos es que los evaluadores juzguen realmente los trabajos más allá de la revista en la que se publican, tal y como ha señalado una reciente sentencia del Tribunal Supremo español, que dicta que los trabajos han de evaluarse por su contenido, y no por la revista en que aparecen [véase «La tiranía del factor de impacto», por Reinhard Werner; Investigación y Ciencia, marzo de 2015]. Mientras tanto, nuestros sistemas de educación superior siguen alimentando el ecosistema con nuevos graduados que van a la industria o deciden emprender la ardua y difícil carrera científica. El último de los subsistemas que aborda Baumberg es el de los medios de comunicación, aunque se limita al papel de los comunicados de prensa por parte de las grandes revistas científicas y a cómo estos son usados para difundir la ciencia.

En todo este análisis se echa en falta el entorno que rodea al ecosistema de la ciencia. No hay una sola palabra sobre cómo la ciencia se relaciona con la sociedad, salvo en nuestro papel de contribuyentes financiadores indirectos de la ciencia. La curiosidad del científico y la utilidad que emerge de esa curiosidad es la que produce, según el autor, nueva tecnología que permite, a su vez, hacer más ciencia en algún tipo de círculo virtuoso. Este modelo lineal, que olvida el papel de la sociedad en la ciencia, no se encuentra en la literatura desde que Vannevar Bush lo preconizara en 1945 en Science: The endless frontier.

El énfasis en la competitividad hace que se olvide de que en cualquier ecosistema se dan relaciones competitivas y simbióticas, de cooperación y altruismo. La imagen del ecosistema transmite la idea de un conjunto de individuos luchando encarnizadamente por los recursos financieros. Pero olvida que los individuos encarnan otros valores que pueden guiar su actividad, como la honestidad, la preocupación por el bien público o el deseo de mejorar la vida humana. Estos valores conviven con el deseo de reconocimiento, el deseo de poder y algunos egos desmedidos, pero no pueden dejarse de lado en un análisis de la actividad científica.

Es cierto que el libro refleja una visión personal del autor. Una visión de alguien que ejerce la ciencia desde el mundo académico, aunque también posee credenciales de la industria. Pero, aunque el enfoque sea personal, como académica me resulta extraño leer un libro que pretende analizar el sistema científico y que no incluye ni una sola referencia bibliográfica. Es cierto que la obra debe leerse consultando la página web, donde se nos presenta una amalgama de datos e informes de distintas fuentes. Pero esos datos no se encuentran directamente relacionados con las afirmaciones del autor, así que es tarea del lector decidir cuáles de ellos sustentan qué afirmaciones.

Gran parte de las ideas que se presentan en el libro han sido tratadas por sociólogos, politólogos de la ciencia y filósofos a lo largo de los últimos cincuenta años. El autor pide, en las páginas finales, más datos para una mejor ciencia de la ciencia. Pero nunca los datos por sí solos constituyeron una buena teoría, y nunca una buena teoría se construyó sin reconocer las deudas con el pasado.

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