Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarte el uso de la web mediante el análisis de tus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúas navegando, consideramos que aceptas nuestra Política de cookies .

1 de Diciembre de 2018
Ecología

Extinciones causadas por la pesca

Repoblar ríos y lagos con peces para la pesca deportiva favorece a los pescadores, pero provoca una catástrofe ecológica.

Las especies autóctonas desplazadas por los peces introducidos no pueden recuperar sus hábitats si no cesan las repoblaciones. Estos esfuerzos de remediación podrían explicar la reciente recuperación de la rana montana patiamarilla en el Parque Nacional de Yosemite, en California. [JOEL SARTORE, GETTY IMAGES]

En síntesis

Repoblar las aguas interiores con truchas, lucios, percas y otras especies destinadas a la pesca recreativa es una tradición popular y bien vista desde antiguo.

Sin embargo, introducir estos peces allí donde no existen de forma natural puede tener efectos devastadores sobre las especies autóctonas y el ecosistema.

En EE.UU. la administración y algunos pescadores preocupados por el ambiente trabajan desde hace poco para reducir este impacto, aunque no todo el mundo apoye sus esfuerzos.

Repoblar las aguas continentales de los Estados Unidos con peces destinados a la pesca recreativa es uno de los escasos programas federales ampliamente apoyado por los contribuyentes. Conserva el atractivo imperecedero de los dibujos de Norman Rockwell, basado en la idea de que, con algo de ayuda, cualquier lago o arroyo puede ser el lugar donde uno puede tentar a la suerte y, quizá, capturar algo para la cena.

La repoblación constituye la base de la industria de la pesca recreativa, valorada en 25.700 millones de dólares según las estimaciones realizadas por diversas agencias federales en 2011. Es más, liberar en ríos y lagos alevines nacidos en cautividad ha formado parte de la política gubernamental desde finales del siglo XIX, llegándose a utilizar aviones en los años cincuenta para soltar millares de alevines en lagos remotos.

Pero, con el tiempo, la repoblación indiscriminada se ve cada vez más como una de las peores acciones que se han hecho contra el ambiente, porque los peces introducidos tienden a desplazar a las especies autóctonas. «Pensémoslo por un momento», reclama Julian D. Olden, ecólogo de la Universidad de Washington cuya investigación se centra en los peces introducidos. «Los peces empleados en repoblación son los de crecimiento más rápido, los más fecundos y los más grandes que muerden el anzuelo», dice en referencia a la trucha, la perca americana, el lucio y otras especies ampliamente introducidas en los ríos y lagos de los Estados Unidos para favorecer la pesca recreativa. En resumen, seleccionamos a los depredadores más agresivos. «No debería sorprendernos que las mismas características que apreciamos como pescadores sean a su vez las responsables del enorme impacto que causan en las especies autóctonas y los ecosistemas», afirma Olden.

Resulta innegable el papel que la repoblación ha desempeñado en la recuperación de especies antaño amenazadas, como la trucha de lago en los Grandes Lagos o el salvelino del Parque Nacional de las Grandes Montañas Humeantes. Pero, a su vez, las piscifactorías y las repoblaciones han llevado al sacrificio de ríos y lagos en nombre del progreso, subraya Rick Williams, biólogo pesquero que trabaja para Fly Fishers International. Según él, quienes proponían la creación de infraestructuras decían: «Vamos a construir una presa en esta cuenca y gracias a ella obtendremos todos estos beneficios». Los promotores admitían que quizá se produjeran algunos impactos negativos sobre las poblaciones locales de salmón o de trucha arcoíris migratoria, por ejemplo, pero minimizaban las consecuencias y declaraban: «No hay problema; construiremos una piscifactoría». Con el tiempo, una vez el hábitat ya había sido dañado de forma irremediable, la gente se daba cuenta de que «un pez de granja no era igual que un pez silvestre». Las adaptaciones necesarias para sobrevivir en una piscifactoría abarrotada no necesariamente generan una elevada supervivencia en la naturaleza ni garantizan el éxito reproductivo. De acuerdo con un estudio publicado en 2016, basta una generación en cautividad para alterar la expresión de un centenar de genes en la forma migratoria de la trucha arcoíris, en comparación con la expresión de esos mismos genes en la población silvestre.

Artículos relacionados

Este artículo incluye

Peces invasores de las aguas continentales españolas

    • Alberto Maceda Veiga

Además de desplazar a algunas especies nativas, los peces introducidos para la pesca pueden alterar el hábitat y la calidad de las aguas.

Puedes obtener el artículo en...

¿Tienes acceso?

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.