Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarle el uso de la web mediante el análisis de sus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúa navegando, consideramos que acepta nuestra Política de cookies .

Actualidad científica

Síguenos
  • Google+
  • RSS
  • Investigación y Ciencia
  • Diciembre 2018Nº 507

Neurociencia

Rabia en el cerebro

Virus de la rabia genomanipulados permiten cartografiar con una precisión insólita los circuitos cerebrales.

Menear

Avanzada la noche, en aquel páramo inglés iluminado por la luna, una visión espeluznante dejó paralizados a los tres juerguistas: «una criatura espantosa, una enorme bestia negra, de la forma de un dogo, pero muchísimo mayor, como jamás se ha visto en el mundo. Ante sus miradas, aquella bestia, que se diría salida del infierno, arrancó a pedazos la garganta de Hugo Baskerville. Tal fue el pavor cuando volvió hacia ellos los ojos llameantes y las quijadas ensangrentadas, que volvieron grupas como alma que lleva el diablo lanzando gritos desesperados». Los historiadores de la medicina atribuyen el terror que El perro de los Baskerville infundió en los lectores de Arthur C. Doyle al profundo impacto que la rabia ejercía en la conciencia colectiva de la época. Capaz de transformar a la mascota más plácida en una bestia furiosa que echa espuma por la boca y causante de una mortalidad rayana en el cien por cien, el virus de la rabia ha sido uno de los azotes más temidos de la humanidad.

Ya en 1804, los experimentos del médico alemán Georg Gottfried Zinke revelaron que el virus se acumulaba en la saliva del animal infectado. A medida que se multiplica en la boca, estimula la secreción de saliva, lo que explica por qué babean los perros rabiosos. Louis Pasteur descubrió hacia 1880 que invade el encéfalo. Ninguno de estos hallazgos es casual. Dos siglos de investigación han demostrado que el virus aúna la propagación desde las fauces babeantes del animal con la perversa facultad de incitarlo a morder con frenesí. En una proeza evolutiva, la enfermedad manipula el cerebro del hospedador para asegurar el contagio.

La rabia mata todavía hoy a más de 59.000 personas cada año, pero gracias a las campañas masivas de vacunación y a la cuarentena de los animales infectados, ya no desata el pánico de antaño en los países desarrollados. Es más, los neurocientíficos están convirtiendo este pernicioso microbio en un benefactor para la humanidad. El virus de la rabia se propaga con sigilo desde la mordedura hasta el cerebro: salta furtivamente de neurona en neurona burlando así el sistema inmunitario. Diversos investigadores, entre ellos los de mi grupo, se han servido de esa capacidad para visualizar las conexiones entre las neuronas.

El encéfalo humano alberga miles de millones de tales células, cada una conectada a otras miles; cartografiar esa maraña es esencial para saber cómo se generan las emociones y los comportamientos. Mediante variedades genomanipuladas del virus de la rabia, ahora es posible observar qué clase de impulsos recibe un tipo de neurona, cómo se propagan las señales eléctricas desde el ojo hasta el cerebro y qué neuronas controlan la postura para no caernos. Se trata de un campo apenas explorado, pero esta información permitirá en el futuro conocer mejor diversos trastornos neurológicos, como la enfermedad de Parkinson, y quizás encontrar remedios.

Puede conseguir el artículo en:

Artículos relacionados

Revistas relacionadas