Las múltiples caras de la ciencia ciudadana

Nuevas formas de relación entre la ciencia y la sociedad.

[ISTOCK / SIBERIANART]

«Ciencia ciudadana» es una etiqueta ubicua en nuestros días. Cuando el público no experto se implica en la detección de ondas gravitacionales, el seguimiento de especies amenazadas o el registro de contaminación lumínica, está practicando ciencia ciudadana en el uso más habitual del término. Sin embargo, casos como el de la comunidad de Love Canal, en el estado de Nueva York, que se organizó en los años setenta para recopilar datos que mostraran la relación entre el cementerio de residuos industriales sobre el que su barrio estaba construido y los persistentes problemas de salud que les aquejaban, o el trabajo que desde la experiencia de las personas intersexuales desarrolló la ISNA (Intersex Society of North America) en los años noventa para promover cambios en el abordaje médico de la intersexualidad, son también presentados a menudo como ejemplos de ciencia ciudadana. En los últimos años, las comunidades de biohackers, desarrolladores de software libre y makers aparecen asimismo frecuentemente listadas bajo el paraguas de «ciencia ciudadana».

Todos estos ejemplos tan heterogéneos tienen una cosa en común: la participación del público no experto en procesos científico-técnicos. Sin embargo, su irreductible diversidad complica la tarea de establecer una definición más precisa. La ciencia ciudadana tiene una breve historia, aunque un largo pasado. Su pasado es tan largo porque, antes de la aparición de la ciencia como profesión en el siglo XIX, la mayor parte de la investigación que hoy denominaríamos científica era desarrollada por amateurs. Es más, se asumía que quien investigaba sin recibir remuneración por ello produciría conocimiento más objetivo, no sesgado por el beneficio económico. La creciente profesionalización y especialización de la actividad científica levanta una frontera bien definida entre la ciencia y el público e invierte la presuposición previa, de tal modo que ahora se asume que solo la comunidad profesional de especialistas tiene capacidad de producir conocimiento fiable. La breve historia de la ciencia ciudadana comienza a finales del siglo XX, cuando la frontera entre personas legas y expertas lleva un siglo solidificándose.

Ciencia ciudadana para y desde la ciencia

En 1996, el ornitólogo de Cornell Rick Bonney recogía la tradición del naturalismo amateur para introducir el término y la práctica de la «ciencia ciudadana» en su laboratorio. La ciencia ciudadana de Bonney hace referencia a proyectos en los que el público colabora en investigaciones coordinadas desde las instituciones científicas, sobre todo a través de la recogida de datos de campo. Un ejemplo clásico es el recuento navideño de pájaros que la Sociedad Audubon lleva organizando desde 1900 (ornitólogos aficionados guiados por especialistas contribuyen anualmente al mayor censo de aves del mundo). En el sentido de Bonney, la ciencia ciudadana es una suerte de voluntariado científico. Este tipo de prácticas ha ido ganando popularidad en los medios, las instituciones científicas y las agencias financiadoras, que en los últimos años han lanzado al estrellato la idea de ciencia ciudadana.

La ciencia ciudadana así entendida aprovecha al público como fuerza de trabajo para ampliar la base empírica. Aunque la observación de campo y la recogida de datos son las formas tradicionales en las que la ciudadanía ha contribuido a los proyectos científicos, la creciente digitalización de nuestra vida ha conducido a una mayor variedad de posibilidades de colaborar a través de una simple conexión a Internet. Una forma básica de hacerlo es prestando parte de la potencia de cálculo de nuestros ordenadores para proyectos como SETI (de búsqueda de vida extraterrestre inteligente) o [email protected] (de detección de ondas gravitacionales). Otros proyectos requieren una participación más activa, como Galaxy Zoo, en el que los participantes reciben instrucciones básicas para clasificar galaxias. Quienes prefieren las letras pueden colaborar identificando la narrativa del cambio climático en los medios o leyendo cuadernos de bitácora de buques del pasado, en busca de datos sobre la evolución del clima y los hielos árticos. Muchas de estas iniciativas se basan en la inteligencia colectiva. Por ejemplo, Foldit, un videojuego de predicción de la estructura de proteínas lanzado en 2008 por la Universidad de Washington y para el que solo se necesita saber resolver puzles, invita ahora a colaborar en el diseño de una proteína antivírica para bloquear el SARS-CoV-2.

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