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  • Julio 2018Nº 502

Evolución

El inesperado triunfo de los dinosaurios

Nuevos fósiles y análisis desbaratan la visión ortodoxa de cómo llegaron a dominar la Tierra.

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Mi amor por los fósiles nació durante la adolescencia, en el cambio de milenio, justo en el momento en que el Museo Field de Chicago desmontaba su esqueleto de Brachiosaurus para emplazar un Tyrannosaurus rex. Sustituía así un dinosaurio emblemático por otro. Aquel herbívoro colosal, con un peso superior al de diez elefantes y un cuello arqueado que sobresalía por encima de la galería de la segunda planta cedía su lugar al depredador más temible de todos los tiempos, una bestia tan grande como un autobús con una dentadura que hacía añicos los huesos de sus presas.

Esos son los dinosaurios que desataron mi imaginación mientras crecía a 120 kilómetros de Chicago, entre maizales y campos de frijoles en el medio oeste de Estados Unidos. Acudí a visitarlos tantas veces como pude convencer a mis padres de que tomaran el volante para recorrer el trayecto. Me cautivaba alzar la vista ante aquellos esqueletos: el tamaño, la fuerza, aquel cuerpo tan distinto de cualquier animal viviente. No era de extrañar que dominasen la Tierra durante más de 150 millones años.

Pero ¿cómo alcanzaron la hegemonía? Esa pregunta no me la formulé en aquellos años en que gestaba mi vocación. De igual manera que me costaba imaginar que mis padres hubiesen sido niños alguna vez, suponía que los dinosaurios habían surgido como por arte de magia en el pasado remoto, ya como gigantes de cuello largo y feroz dentadura. Entonces lo ignoraba, pero esa idea no difería mucho de la mantenida por la mayoría de los científicos durante gran parte del siglo XX: eran singulares, veloces y ágiles, provistos de un metabolismo que les permitió superar sin dificultad y con rapidez a todos los rivales y extender su dominio por el planeta.

Nada habría cambiado si en los últimos 15 años no se hubieran sucedido gran número de descubrimientos paleontológicos, no hubieran visto la luz nuevos estudios sobre el ambiente en el que vivieron los primeros dinosaurios, y no se hubieran aplicado métodos innovadores al trazado de los árboles genealógicos y de los cambios evolutivos, avances que han desmantelado la visión clásica. Gracias a todas esas aportaciones, la nueva hipótesis resulta bastante distinta: surgidos de modo gradual, durante los primeros 30 millones de años, su presencia quedó limitada a ciertas regiones del globo al ser superados por otros animales. Solo dos golpes de suerte allanaron el camino hacia su hegemonía.

Orígenes humildes
A semejanza de otras formas de vida prósperas, los dinosaurios nacieron de la catástrofe. Hace unos 252 millones de años, en las postrimerías del período Pérmico, una gran masa de magma comenzó a rugir bajo la actual Siberia. En la superficie, la fauna, un conjunto exótico de grandes anfibios, reptiles de piel rugosa y carnívoros precursores de los mamíferos, medraba ignorante de la devastación inminente. Corrientes de roca líquida ascendieron serpenteando a través del manto y de la corteza hasta aflorar por grietas de más de un kilómetro y medio de ancho. Durante cientos de miles, quizá millones de años, las erupciones arrojaron calor, cenizas, gases y suficiente lava como para cubrir varios millones de kilómetros cuadrados de Asia. La temperatura se disparó, los mares se acidificaron y los ecosistemas se derrumbaron: todo ello provocó la extinción del 95 por ciento de las formas de vida. Ha sido la peor extinción masiva de la historia terrestre. Pero un puñado de afortunados consiguió sobrevivir hasta el siguiente período geológico, el Triásico. A medida que los volcanes se apaciguaban y los ecosistemas se estabilizaban, hallaron ante sí un mundo casi vacío de competidores. Entre ellos, varios anfibios y reptiles menudos se diversificaron a medida que las condiciones mejoraron: son los antepasados de los mamíferos, lagartos, tortugas, salamandras y ranas actuales.

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