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  • Investigación y Ciencia
  • Julio 2018Nº 502
Libros

Reseña

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Los planetarios y el nacimiento de la ciencia como espectáculo

Una historia cultural de los teatros de estrellas que nos acercan el cosmos.

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STAR THEATRE
THE STORY OF THE PLANETARIUM
William Firebrace
Reaktion, 2018

Visitar un planetario de niño puede convertirse en un momento crucial, señala William Firebrace al comienzo de Star theatre. Estos edificios que intentan mostrarnos el cosmos constituyen a menudo nuestra primera experiencia de la interacción entre ciencia y entretenimiento. Star theatre es una historia más cultural que científica, pero gira inevitablemente alrededor de la comunicación de la ciencia. Ofrece una visión fascinante sobre cómo, a lo largo del siglo pasado, la astronomía evolucionó a través de los planetarios desde una herramienta para la educación y el desarrollo personal hasta un espectáculo de multitudes.

Firebrace, arquitecto y escritor, ubica los orígenes espirituales del planetario en el antiguo Egipto, donde se pensaba que el cuerpo tachonado de estrellas de Nut, diosa del cielo, se arqueaba sobre el valle del Nilo. También los modelos cósmicos gozan de una prehistoria tecnológica sorprendentemente larga: relojes astronómicos, enormes globos celestes giratorios y planetarios mecánicos gigantes, muchos de ellos asombrosamente complejos. A finales del siglo XVIII, el cardador de lana holandés y astrónomo aficionado Eise Eisinga construyó un elaborado modelo mecánico del sistema solar en su sala de estar, aunque el espacio resultó ser demasiado pequeño para dar cabida al recién descubierto Urano (la esposa de Eisinga, Pietje, insistió en que el mecanismo incluyera espacio para almacenar la ropa y la vajilla).

El planetario moderno, una cúpula sobre la que se proyecta un simulacro del cielo nocturno, constituye un invento más reciente. El prototipo se gestó en el tejado de la fábrica de instrumentos ópticos de Carl Zeiss en Jena, Alemania, en 1924, ideado por el ingeniero Walther Bauersfeld. Conocido como Sternentheater, o «teatro de las estrellas», la estructura empleó un diseño innovador: un proyector central con varias lentes y una cúpula geodésica ligera.

Aquello llegó en un momento emocionante para la física y la astronomía. La teoría general de la relatividad de Einstein y el descubrimiento de otras galaxias más allá de la Vía Láctea por parte de Edwin Hubble aún estaban frescos en la memoria de la gente. Otros avances estaban al caer, incluidas las pruebas de la expansión del universo (de nuevo por Hubble), las primeras incursiones de Karl Jansky en el campo de la radioastronomía o la detección de Plutón por Clyde Tombaugh.

El concepto del planetario también encajaba con los movimientos sociales y políticos de la época. En la República de Weimar de la Alemania de entreguerras, estos giraban sobre la fuerza civilizadora del arte, el diseño y la ciencia a disposición del público. Por desgracia, la Segunda Guerra Mundial destruyó muchos planetarios de esta primera ola alemana, que tomó elementos arquitectónicos del neoclasicismo y la Bauhaus.

El planetario constructivista de Moscú, erigido en 1929, combinó un espíritu proletario con una ingeniería revolucionaria: una cúpula paraboloide de hormigón armado. Durante la Guerra Fría, el edificio volvió a ser relevante como escaparate de los triunfos que la Unión Soviética cosechó en el espacio. Además de fomentar la idea igualitaria de la exploración espacial como destino del pueblo soviético, se usó para familiarizar a los cosmonautas con las constelaciones y con los entresijos del sistema solar.

La rivalidad entre superpotencias tras la Segunda Guerra Mundial demostró ser un terreno fértil para una nueva ola de planetarios, donde los edificios desempeñaron de nuevo un rol ideológico. En EE.UU., los financiaron sobre todo los plutócratas. Sus edificios, a menudo excéntricos, se inspiraron en la estética exuberante de las revistas baratas de ciencia ficción. Como señala Firebrace, la ciencia popular en EE.UU. estaba vinculada «al entretenimiento de masas, la aventura, la exploración y los encuentros individuales con lo desconocido».

Se dice que el banquero y filántropo Charles Hayden creía que «sentir la inmensidad del cielo y nuestra propia pequeñez» debía estar al alcance de todos, si bien Firebrace señala con ironía que la sensación de tamaño también podía depender del estatus socioeconómico. El planetario de 1935 que se construyó en Nueva York con el nombre de Hayden tenía lámparas con la forma de Saturno y fue coronado con una cúpula de bronce que, gracias a su insonorización, creaba la ilusión de aislamiento en el espacio.

El Reino Unido llegó relativamente tarde: el icónico Planetario de Londres no abrió sus puertas hasta 1958. Construido en un estilo que Firebrace describe como «modesto y recatado», fue adosado al museo de cera Madame Tussauds: una combinación chocante que apenas resulta un poco menos extraña cuando uno recuerda que ambos atañían al negocio de la simulación (aquel planetario dejaría de funcionar como tal en 2006).

Nuestra era de telescopios espaciales y sondas robóticas ha coincidido con una revolución en la tecnología de los planetarios. Los asistentes ya no están atados a un punto de observación fijo en la Tierra: ahora pueden volar virtualmente a través del sistema solar y más allá gracias a una impecable mezcla de imágenes reales y generadas por ordenador, las cuales son proyectadas por sistemas digitales.

Firebrace lamenta que se haya perdido la sutileza de las proyecciones tradicionales, pero los grandes espectáculos espaciales modernos han ayudado a renovar el interés del público por todo lo relacionado con la astronomía. Tal vez sea su parecido con el cine y los videojuegos lo que les haya permitido prosperar, en un momento en el que los museos se ven en problemas para atraer a las audiencias más jóvenes. Y podría defenderse que el planetario moderno constituye una vía muy efectiva para alcanzar una implicación más profunda con la ciencia.

Hoy sabemos que gran parte del cosmos es invisible y que nuestros métodos para investigarlo ya no dependen por completo de la radiación electromagnética. En este sentido, Star theatre finaliza cuestionando el papel futuro del planetario —una experiencia basada en la luz visible— para representar un universo de ondas gravitacionales, materia oscura y energía oscura. Pero no parece probable que esta combinación ganadora de drama, tecnología, diseño y ciencia pase de moda a corto plazo. Como concluye Firebrace: «Los cielos están tan llenos de luz como de costumbre».

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