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Supertormenta solar

La repetición de la supertormenta solar de 1859 se convertiría en un Katrina cósmico. Causaría daños cuantiosos en los satélites artificiales, las redes eléctricas y las radiocomunicaciones.

Al caer la noche del domingo 28 de agosto de 1859 se vieron en los cielos de media América auroras boreales. Vívidas cortinas de luz cubrieron el firmamento desde Maine hasta la punta de Florida. Los cubanos, sorprendidos, las observaron justo sobre sus cabezas. Los cuadernos de bitácora de los barcos que navegaban cerca del ecuador describen unas luces rojizas que se quedaban a medio camino del cenit. Muchos pensaron que sus ciudades ardían. Los instrumentos de tierra fueron registrando pequeños cambios en el magnetismo del planeta hasta que de repente la medida se salió de la escala. Aparecieron entonces corrientes espurias en los telégrafos; en Baltimore, los técnicos trabajaron desde las ocho de la tarde hasta las diez de la mañana sólo para transmitir una noticia de prensa de apenas 400 palabras.

Poco antes del mediodía del jueves 1 de septiembre, el astrónomo inglés Richard C. Carrington tomaba unos bocetos de un curioso grupo de manchas solares, curioso por el enorme tamaño de las regiones oscuras. A las 11:18 horas fue testigo de un intenso destello de luz blanca procedente de dos puntos del grupo de manchas. Llamó en vano para que alguien fuese a ver el espectáculo, que duró unos cinco minutos escasos: los astrónomos, solos en su observatorio, rara vez encuentran con quien compartir la emoción. Diecisiete horas más tarde, una segunda oleada de auroras boreales convirtió la noche en día en América, desde el norte hasta Panamá. Se podía leer el periódico a la luz rojiza y verdosa de las auroras. Los mineros de oro de las Montañas Rocosas se levantaron y desayunaron a la una de la madrugada, creyendo que el Sol estaba saliendo en un día nublado. Los sistemas telegráficos dejaron de funcionar en Europa y Norteamérica.

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