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Los orígenes de la informática personal

Ni Gates, ni Jobs, ni Wozniak. Los cimientos de los modernos ordenadores interactivos se echaron decenios antes.
Según la leyenda al uso, hace poco más de un cuarto de siglo un grupo de jóvenes con talento, que se apellidaban Gates, Jobs o Wozniak, se pusieron a trastear con los recién aparecidos microprocesadores en los garajes de sus casas o en los cuartos de su residencia universitaria, y acabaron siendo, casi por casualidad, precursores de la revolución que la informática personal ha producido.
Pero la realidad histórica es muy otra. Después de todo, lo que puso en ignición a la llamada revolución informática (y la de Internet, tras ella) no fueron, intrínsecamente, ni los nuevos materiales, ni los programas, sino el mensaje que tomó cuerpo en tales productos. Consistía tal mensaje en que los ordenadores no tenían por qué ser máquinas enormes y amedrentadoras, aposentadas en estancias apartadas, dedicadas a procesar tarjetas perforadas para alguna macroinstitución. Podían, por el contrario, ser máquinas de escala humana, instaladas en nuestra intimidad, capaces de responder y ayudarnos en cuanto personas. Los ordenadores podían reforzar la creatividad del hombre, dar a todos acceso a la información, apadrinar comunidades mayores y erigir una nueva lonja global para las comunicaciones, la industria y el comercio. Los ordenadores, en breve, podían ser instrumentos de potenciación individual. Resulta curioso que los cimientos de tal visión se hubieran puesto más de treinta años antes, por el mismo gobierno y el mismo aparato institucional que tantos recelos suscitaron en la generación de los años setenta.

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