THOMAS FUCHS

¿Cómo llegaron las jóvenes galaxias del universo primitivo a ser los monstruos que hoy vemos? Hace más de diez años se formuló una explicación: alimentaban su prodigiosa formación de estrellas con la captación de gas frío. El astrofísico teórico Avishai Dekel, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, planteó que unas corrientes delgadas de gas intergaláctico habrían servido de líneas de suministro: penetrarían en el caliente halo de la galaxia en ciernes y cebarían el crecimiento. Pero no era fácil observarlas.

Gracias a una alineación cósmica debida al azar, parece que se ha visto ahora una. Neil Crighton, del Instituto Max Planck de Astronomía de Heidelberg, examinó con sus colaboradores un cuásar brillante y lejano, cuya luz atravesó una galaxia interpuesta en el camino hacia la Tierra cuando el universo tenía solo tres mil millones de años. Los constituyentes químicos de la galaxia absorbieron determinadas longitudes de onda de la luz del cuásar, en la que así dejaron impresas las características del gas que nutría a la galaxia.

El gas que rodeaba a la joven galaxia tenía todas las propiedades que cabe esperar de una corriente fría de acreción, según Crighton, autor principal de un estudio publicado no hace mucho en Astrophysical Journal Letters. Entre ellas, la temperatura baja, la densidad alta y una abundancia de elementos que, al contrario que el hidrógeno y el helio, no se formaron en la gran explosión.

Dekel, sin embargo, no quiere cantar victoria basándose en una sola observación. «Habrá que contar con muchas más de ese estilo para que resulten convincentes», dice.

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