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1 de Enero de 2014
Medicina

El largo camino hacia la comprensión del cáncer

La biología de esta enfermedad está resultando ser más compleja de lo que se pensaba.

Meullemiestre, Science Source

En síntesis

¿Qué impulsa a ciertas células a convertirse en cancerosas y crecer para formar tumores? Según se pensaba, la respuesta se hallaría únicamente en el modo en que algunos genes decisivos sufrían daños o mutaciones con el tiempo.

Pero en la última década se han desvelado muchos otros factores que contribuyen al cáncer, desde las bacterias que habitan en el intestino hasta los interruptores epigenéticos que activan o desactivan diversos genes.

Desentrañar esta creciente complejidad hace que la comprensión del cáncer resulte más difícil que nunca, pero también ofrece la posibilidad de explorar vías inesperadas para el desarrollo de nuevos tratamientos.

Las cosas pocas veces son tan sencillas como parecen y lo que se supone complejo puede no ser más que una ligera perturbación superficial en un océano insondable. La formación de los tumores malignos, en que una célula adquiere una mutación tras otra hasta que se precipita por el abismo del cáncer, fue elegantemente descrita por dos científicos, Douglas Hanahan y Robert A. Weinberg, en una extensa revisión publicada en 2000 bajo el título The hallmarks of cancer («Las características distintivas del cáncer»).

La idea de que el cáncer se origina por una acumulación de mutaciones en una célula normal se remonta varias décadas. Pero fueron Hanahan y Weinberg quienes, a partir de la cantidad creciente de datos experimentales y teóricos, sintetizaron las seis características que una célula debe adquirir para convertirse en cancerosa. Tiene que desarrollar la capacidad de estimular su propio crecimiento y de ignorar las señales que le aconsejan que lo ralentice (aquí es donde entran en juego los oncogenes y los genes supresores de tumores). Debe aprender a eludir los mecanismos de seguridad, que hacen que incluso las células ligeramente anómalas se autodestruyan, y a desestimar las medidas internas (los telómeros que se hallan en los extremos de los cromosomas) que limitan el número de veces que se divide una célula. Debe aprender a iniciar la angiogénesis (la generación de sus propios vasos sanguíneos) y, por último, a alimentarse del tejido circundante y a metastatizar.

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