Materia médica

Base científica de la farmacia de la antigüedad clásica.

HERBS AND HEALERS FROM THE ANCIENT MEDITERRANEAN THROUGH THE MEDIEVAL WEST. ESSAYS IN HONOR OF JOHN M. RIDDLE
Dirigido por Anne van Arsdall and Timothy Graham. Ashgate; Surrey, 2012.

La base naturalista de la medicina y la farmacia medievales tiene su razón geográfica en la cuenca mediterránea, campo de investigación en el que ha sobresalido John M. Riddle, a quien van dedicados los ensayos agavillados en el libro de cabecera. Un campo lleno de prejuicios que todavía perduran. Lo mismo en el mundo antiguo que en el medieval, buena parte del comercio internacional se dedicaba a las sustancias medicamentosas. Según defienden algunos, la caída del Imperio romano tuvo que ver con el desequilibrio comercial entre las importaciones de Oriente y las magras exportaciones de Occidente. La razón de los viajes de Colón fue el comercio con Oriente, con las islas de las especias, sinónimo de fármacos.

Se suponía que las drogas prescritas antes del advenimiento de la química o eran placebos o cumplían su función sanadora por mero azar. En no más de una veintena cifraba Harry F. Dowling los fármacos eficaces hasta la era moderna. Para someter a criba esa creencia generalizada, Riddle comparó los medicamentos mencionados en obras atribuidas a Hipócrates, todas ellas escritas entre el 440 a.C. y el 330 a.C., con cuatro guías contemporáneas de farmacia, farmacognosia y medicina herbalista. En total, los escritos hipocráticos recogen 257 fármacos. Todos, salvo 27, se encontraban en una o en varias de las cuatro guías actuales. De esos 27 especímenes, la mayoría eran alimentos (cohombros, por ejemplo) y tres eran productos animales (huevos, etcétera). Uno era el agua, que no entra en ninguna de nuestras guías farmacéuticas. Sin embargo, en el caso de deshidratación y similares, el agua cumple una función medicamentosa, puesto que se trata de una sustancia ingerida para restablecer la salud. (En efecto, en el período clásico, la farmacia abarcaba también la nutrición. La palabra griega y latina diaeta significa, en sentido amplio, tratamiento médico, que incluía el pharmakon. El diaeteticus era el profesional que ejercía la medicina, aunque no la cirugía.)

En un proceso de comparación inversa, Riddle empezó por los fármacos de origen natural, procedentes de resinas y combinaciones de resinas hoy en uso, unos 18 nombrados en la Pharmacognosy de Tyler, Brady y Robbers. Todos los que se extraen ahora en la cuenca mediterránea aparecían también en el Corpus Hippocraticum y escritos similares del mismo período. Lo mismo pudo decirse de alcaloides vegetales. De los 34 hallados en la guía moderna, todos los derivados de plantas mediterráneas se encontraban en plantas recogidas por autores de la antigüedad clásica. Citemos, por botón de muestra, los laxantes: los médicos hipocráticos empleaban dos especies de Cassia (comercializada contemporáneamente como Senokol, Laxagel y Perdiem), ruibarbo (que se vende como Grandel’s Liver y Gallbladder Tablets), áloe, lino, zaragatona, ricino, etcétera.

Nada tiene, pues, de extraño que se hayan intensificado los trabajos de recuperación de plantas de las farmacopeas clásicas tras certificarse su eficacia terapéutica. Un caso paradigmático es el del hipérico (Hypericum perforatum L), celebrado hace unos años por sus recién descubiertas propiedades contra la depresión. El hipérico ha formado parte de la materia médica occidental durante milenios. La recogen Dioscórides, Plinio y Pablo de Egina, a la que se sumaron los herbarios medievales y renacentistas. La recomendaban para un amplio rango de problemas médicos: internamente, para provocar la micción y la menstruación, para rebajar fiebres tercianas y cuartanas, para aliviar el dolor de ciática y expulsar humores biliosos; externamente, para sanar heridas y quemaduras. Se le atribuían, además, propiedades abortivas. En el Medievo se la conocía por fuga daemonum, lo que ya sugería su función contra la melancolía. La hierba de San Juan, como también se la denomina, crece por toda Europa y fue introducida en América.

En la línea de esa revisión de las farmacopeas históricas se ha iniciado un proyecto en el que participan médicos, farmacéuticos y botánicos. El propósito es crear una base datos informática, que abarca remedios mencionados entre el 500 y el 1500 de la era cristiana. El área geográfica se reduce de momento al Mediterráneo y al Occidente medieval.

El libro de reseña se abre con la mítica Cleopatra. Habla la leyenda de sus conocimientos y habilidad en el manejo de drogas, venenos y perfumes. Se dice que aplicó ese dominio de la materia a su propio suicidio indoloro. En un papiro recuperado en Herculano hay ocho columnas de un poema latino sobre la batalla de Actium (De bello actiaco), acontecimiento militar ocurrido el 31 a.C., en el que Octavio emergió victorioso sobre Antonio y Cleopatra. El autor del poema, verosímilmente Rabirius, perfila con detalle los caracteres de los protagonistas. De esas ocho columnas hay dos consagradas a Cleopatra y sus experimentos sobre formas de asesinar. También Plutarco, en su Libro de Antonio, ofrece detalles de los experimentos despiadados de Cleopatra con esclavos y criminales, en busca de venenos eficaces y rápidos. Parece clara su destreza entre ponzoñas y fármacos, serpientes venenosas y otros organismos letales y nativos de Egipto. Plutarco declara que basó buena parte de su relato sobre la muerte de Cleopatra en un médico llamado Olimpo, presumible testigo del suicidio de la reina.

En el mismo entorno nos encontramos con Filotas de Anfisa, joven médico al servicio de Marco Antonio Antilo (hijo mayor de Marco Antonio), formado en Alejandría, donde aprendió la doctrina común del hipocratismo y las nociones aristotélicas de los opuestos. La farmacología constituía un apartado importante de la enseñanza médica en Alejandría, la que regía en la corte ptolemaica. Se procuraban preparados farmacéuticos que pudieran aplicarse a soldados y gladiadores, remedios compilados en el kephalikon, un prontuario de drogas y emplastos para fracturas craneanas y huesos rotos. El kephalikon de Filotas incluía los ingredientes esperados (cera de abeja, mirra, incienso, tierra eritrea, exudado gomoso de Aristolochia, alumbre, aceite de rosas, aceite de oliva, etcétera). Galeno escribió que el compuesto de Filotas era bueno para las heridas tenaces o difíciles de tratar y sanar. Filotas compuso también recetas en verso. Su dermatología cosmética reflejaba los ungüentos y polvos de Cleopatra. A la corte de Cleopatra perteneció también Dioscórides «Facas», miembro tardío de la secta de Herófilo y autor de 24 libros sobre asuntos médicos.

Con el desarrollo de las ciudades, dejaron de ser accesibles muchos simples vegetales (fármacos), reconocidos y perfectamente identificados por una sociedad campesina. Proliferó entonces un género literario de extraordinario éxito en la Edad Media: los «quid pro quo»; así se llamaban los listados de sustitución de unos fármacos por otros a los que se les suponían las mismas virtudes sanadoras. Salían al paso de un error común, de peligro potencial: confundir una planta por la forma de sus hojas u otras semejanzas morfológicas. Se llamaban también sucedáneos e incluso sinónimos. Ejemplos de sustituciones aceptadas eran, entre miles, la de abrótano por orégano e hipérico por hinojo hediondo.

En la Italia meridional, durante los siete decenios que van del 1040 al 1100, convergen tres tradiciones textuales: latina, griega y árabe. A lo largo del siglo XII, período en que Salerno se convirtió en centro de formación médica, la explicación glosada de los textos, la redacción de manuales terapéuticos, los comentarios escolásticos y la enseñanza sistemática ocuparon a maestros y discípulos. El primer texto salernitano conocido fue Passionarius/Liber nosematon de Garioponto de Salerno, redactado antes de 1050. Constituía un manual de patología y de las medidas terapéuticas correspondientes.

Hasta entonces, el saber médico, científico en general, estuvo reducido a restos clásicos que se habían conservado en los monasterios. En la Italia ostrogoda del siglo vi destacó la actividad de Casiodoro. En Rávena, la capital, se realizaron traducciones y reelaboraciones latinas de obras clásicas griegas, entre ellas textos médicos hipocráticos, de Galeno y Oribasio, con muy escasa resonancia. La empresa no cuajó. Casiodoro, en su retiro, fundó una escuela monacal, dotada de una buena biblioteca. Recomendó la adaptación del tratado de Dioscórides sobre materia médica.

Por el norte, no lo tuvieron tampoco fácil los glosarios anglosajones cuando se enfrentaban a nombres latinos de las plantas medicinales que eran de origen mediterráneo, no británico, y que no se habían introducido todavía en la medicina nativa. Sus fuentes eran el Pseudo-Apuleyo y otros herbarios de la Antigüedad tardía. El problema se agravaba cuando el traductor se encontraba por vez primera con el nombre de una planta sin contexto que le facilitara la identificación. Pese a todo, los anglosajones tradujeron los nombres latinos y griegos de los simples con una eficacia que duró siglos. Fijémonos en el Old English Herbarium, escrito hacia finales del siglo X. Citemos el término elehtre. ¿A qué se refería? Tradicionalmente se consideró que era el lupino. Sin embargo, un análisis más riguroso lo ha puesto en cuestión y parece más adecuado asociarlo a plantas de raíz tuberosa o frutos redondeados. Ahora bien, que aunque nuestro conocimiento de la práctica médica en la Inglaterra anglosajona sea escaso y disperso, no significa que sus textos se amasaran con supersticiones y prácticas mágicas; buscaban darle una base racional.

El primer libro latino medieval que abordaba el comportamiento de los simples medicinales de acuerdo con la doctrina de las cuatro cualidades fundamentales y los cuatro humores fue el Liber graduum, que constaba de un prólogo seguido por un catálogo de remedios (los simples) con anotaciones explicativas de sus cualidades o grados, es decir, si la substancia era caliente en primer grado, húmeda en tercer grado, etcétera. Los antiguos establecieron que la complexión de todo simple medicinal constaba de cualidades dominantes que podían medirse en una escala de cuatro grados. Cada grado se dividía en tres secciones: inicio, medio y final. Cuando decimos que algo es caliente en determinado grado, hay que interpretarlo en comparación con la complexión del organismo.

La autoría del Liber graduum se atribuye a Constantino el Africano, la figura intelectual europea por excelencia del siglo XI. Trajo la racionalidad a Europa mediante sus traducciones de las obras médicas griegas y árabes al latín, compiló tratados clásicos y escribió textos originales. En un comienzo, el Liber graduum constituía la parte aplicada del Pantgni de Constantino, manual obligado en la formación académica.

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