DARWIN DALE, SCIENCE SOURCE

Hace 40 años, el genetista Barry Ganetzky dejó inconsciente a un grupo de moscas de la fruta cuando, por accidente, partió con la mano el vial que las contenía. «Todas fueron a parar al fondo, no caminaban y se movían con una descoordinación total, recostadas sobre un flanco», recuerda.

En aquel momento no concedió mayor importancia al incidente, pero cuando empezaron a conocerse los efectos de las lesiones craneales sufridas por atletas profesionales, pensó en la posible utilidad de las moscas de la fruta Drosophila. Él y sus colaboradores de la Universidad de Wisconsin en Madison han comenzado a indagar si los insectos podrían ayudar a desvelar los mecanismos celulares involucrados en los traumatismos craneoencefálicos humanos.

Después de décadas de estudio, estas lesiones parecen resistirse al escrutinio. Sabemos que se producen como consecuencia de una rápida aceleración o desaceleración (a causa de un accidente automovilístico o del impacto de un balón) que lanza el encéfalo contra la pared interna del cráneo. El impacto puede desencadenar una cascada de reacciones celulares que agravan aún más los daños sufridos por el cerebro y las neuronas, lo que tal vez deje secuelas de carácter cognitivo.

Con las moscas de la fruta se podrían realizar estudios de mayor entidad y solidez sobre el traumatismo craneoencefálico. Aparte del fácil mantenimiento de Drosophila, su breve vida permite estudiar cuestiones relacionadas con la salud a lo largo de la vida de un individuo. Estos dípteros ya se utilizan en los estudios sobre las enfermedades de Alzheimer y Parkinson. «En principio, una neurona de una mosca funciona igual que la de un humano», asegura Ganetzky. A semejanza del cerebro humano, el de la mosca, del tamaño de un granito de arena, está protegido por un duro caparazón de exoesqueleto y una capa de líquido que amortigua los impactos.

En un estudio reciente, Ganetzky y sus colaboradores introdujeron moscas de la fruta en un vial y lo golpearon contra una superficie acolchada. Después practicaron las autopsias a los insectos conmocionados. Los resultados del estudio, publicados el pasado mes de octubre en Proceedings of the National Academy of Sciences USA, demuestran que las moscas sufrieron daños cerebrales y experimentaron muchos de los síntomas observados en humanos con traumatismo craneoencefálico, como pérdida del conocimiento, descoordinación y aumento del riesgo de muerte. Como sucede con los humanos, los efectos dañinos del traumatismo dependen de la fuerza del impacto, así como de la edad y la constitución genética del individuo.

El equipo de Ganetzky espera que los estudios con moscas permitan obtener algún día una prueba diagnóstica que detecte los traumatismos a través de marcadores sanguíneos y, si es posible, un tratamiento que frene el deterioro de las células cerebrales.

Puedes obtener el artículo en...

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.