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Un sufrimiento innecesario

Deberían cesar los experimentos que separan a crías de mono de sus madres.

JULIAN CALLOS

Criadas en un aislamiento social total o parcial, aferradas desesperadamente a «madres» de alambre o trapo, las crías de mono rhesus sujetas a los experimentos de privación materna que el psicólogo estadounidense Harry F. Harlow realizó en los años cincuenta del siglo XX se mutilaban, se balanceaban obsesivamente y mostraban otros síntomas de depresión y ansiedad profundas. En las clases de psicología, antropología y comportamiento animal se sigue hablando hoy en día de las investigaciones de Harlow, basadas en el principio de que los modelos animales podían iluminar aspectos del cuidado maternal y de la depresión en humanos. Sin embargo, este profundo sufrimiento de los primates no pertenece solo al recuerdo histórico. Aún hoy se separa a la fuerza a las crías de mono rhesus de sus madres y se las somete a tales formas de estrés que se las deja traumatizadas física y emocionalmente.

En el Laboratorio de Etología Comparada del Instituto Nacional de Salud Infantil y Desarrollo Humano Eunice Kennedy Shriver, en Poolesville (Maryland), dirigido por Stephen Suomi, a menudo se separa a las crías de mono de su madre solo unas horas después de nacer. Durante 22 horas al día (las 24 los fines de semana) no tienen compañeros de jaula con los que interaccionar. Como sé por mi trabajo en Kenia con crías salvajes de babuino (monos con una organización social parecida a la del rhesus), semejante régimen causa terribles distorsiones en los animales. En la vida silvestre, esas crías viven en el seguro centro de un grupo matrilineal, un grupo de hembras emparentadas. Juegan con sus iguales y exploran su mundo, pero vuelven a todo correr a la calidez y protección que les da el ser más importante en su vida, la madre.

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