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1 de Octubre de 2015
Arqueología

Dentista de difuntos

Incrustado en la dentadura de personas muertas hace largo tiempo, el sarro dental aporta nuevas pistas sobre la salud del hombre primitivo.

THOMAS FUCHS

Los mejores dientes que Christina Warinner puede ver en su despacho son los que llevan adheridos en el esmalte pedazos de sarro del tamaño de un guisante. Warinner no es odontóloga, pero emplea algunas de sus herramientas. Es una antropóloga de la Universidad de Oklahoma, donde, con siglos de retraso, practica limpiezas dentales a semejantes de la época vikinga y de la Edad de Piedra para reunir poco a poco detalles sobre la vida remota del hombre.

El sarro reciente, pegajoso como es, retiene todo lo que uno se lleva a la boca, y cuando se endurece encierra en su seno pedacitos de plantas, polen, bacterias, almidón, carne, carbón vegetal, fibras textiles, etcétera. En fecha reciente se ha comprobado que el sarro fosilizado constituye la mayor fuente de ADN del registro arqueológico. «Uno de los mayores inconvenientes del ADN antiguo es la escasez de material para trabajar», explica Warinner. El sarro resuelve el problema: contiene entre 100 y 1000 veces más ácidos nucleicos por miligramo que ninguna otra fuente. Una de las prioridades de su laboratorio es recopilar un inventario de ADN elaborado con el sarro hallado en cadáveres de colecciones museísticas y yacimientos arqueológicos de todo el mundo. Comienza así la búsqueda de pacientes más antiguos y variopintos que permitan averiguar cómo han cambiado la salud y los hábitos alimenticios a lo largo de la historia humana.

 

TRES PROYECTOS EN TORNO AL SARRO

DIENTES CON LECHE
Sin el cepillado regular, el sarro se acumula en los dientes y actúa como una cápsula del tiempo que conserva atrapados testimonios diminutos de la alimentación del individuo. Mucho después de que el tetrabrick de leche acabe en el cubo de la basura, la dentadura del bebedor retiene una proteína láctea extremadamente duradera y abundante llamada beta-lactoglobulina. El laboratorio de Warinner busca esta proteína en el sarro de seres humanos primitivos para averiguar por qué tantos colectivos pueden consumir leche fresca sin caer enfermos, cuando los demás mamíferos pierden la facultad de digerirla en la vida adulta. La tolerancia a los lácteos aparece en varias culturas, pero se debate el momento en que surgió en nuestra especie. El análisis del sarro puede indicar exactamente quién bebía leche en un yacimiento y de qué animal procedía: vaca, oveja o camello, entre otros. Este planteamiento acaba con la ambigüedad de otros métodos arqueológicos, como la búsqueda de grasas propias de la leche en restos de cerámica antigua. El año pasado, el equipo de Warinner halló la primera prueba directa de consumo de leche al secuenciar beta-lactoglobulinas en muestras de sarro que se remontan a la Edad de Bronce en algunas regiones de Europa y el sudoeste de Asia. Ahora los investigadores están examinando muestras de sarro del Neolítico, período en que el hombre comenzó a domesticar animales.

LIMPIADOR DE PALADAR
Por pulcros que seamos con nuestra higiene bucal, todos acogemos a cientos de bacterias distintas en la superficie de la dentadura. El año pasado, Warinner y sus colaboradores descubrieron que los esqueletos de un cementerio medieval de Alemania presentaban microbiomas bucales notablemente modernos a pesar de los cambios en los hábitos higiénicos y alimenticios sobrevenidos en el último milenio. El sarro medieval contenía bacterias relacionadas con la periodontitis, una enfermedad frecuente de las encías que provoca la caída de los dientes. A fin de conocer mejor el momento en que la especie humana comenzó a sufrir esas afecciones dentales —y su vínculo con factores como la alimentación, el ambiente y la cultura—, el laboratorio de Warinner está raspando el sarro de esqueletos que se remontan hasta la Edad de Piedra, así como del pariente más cercano de nuestra especie, el chimpancé.

LLENAR LOS AGUJEROS
De los huesos sepultados en el suelo helado a veces se obtiene material genético muy bien conservado. El genoma completo más antiguo secuenciado hasta la fecha (700.000 años) procede de un hueso de la extremidad de un équido desenterrado del permafrost del noroeste de Canadá. El genoma humano más antiguo secuenciado (45.000 años) se extrajo de un fémur hallado en Siberia. Pero no todas las muestras biológicas proceden de congeladores naturales. Por su gran dureza, mayor que la de los huesos porosos, el sarro densamente mineralizado podría convertirse en la fuente ideal de ADN intacto, tanto en las regiones heladas como fuera de ellas. Hasta el momento, el equipo de Warinner ha conseguido extraer ADN y proteínas de muestras de sarro de hasta 100 siglos de antigüedad. Ahora trabajan para obtener material genético más antiguo aún. El ejemplo más antiguo de sarro conservado que Warinner conoce supera los ocho millones de años y procede de un antepasado fósil del orangután.

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