Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarte el uso de la web mediante el análisis de tus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúas navegando, consideramos que aceptas nuestra Política de cookies .

1 de Octubre de 2015
Reseña

El ojo asistido

Dos estudios sobre el modo en que los instrumentos ópticos enseñaron a ver a la ciencia.

JOHANNES VERMEER, ANTONI VAN LEEUWENHOEK, AND THE REINVENTION OF SEEING.
Por Laura J. Snyder. W.W. Norton, 2015.

GALILEO’S TELESCOPE: A EUROPEAN STORY.
Por Massimo Bucciantini, Michele Camerota y Franco Giudice. Traducción al inglés de Catherine Bolton. Harvard University Press, 2015.

En el siglo XVII los científicos aprendieron a ver, y así descubrieron lo astronómicamente grande y lo que, de puro pequeño, era invisible. En las primeras décadas se habían inventado, por separado, el telescopio y el microscopio. Sus revelaciones dejaron a la intelectualidad europea asombrada, divertida y nerviosa.

En Eye of the beholder («El ojo del observador»), la historiadora Laura Zinder describe lo que el mercader de telas Antoni van Leeuwenhoek intuyó gracias al uso del microscopio. Con los que él mismo construyó, de una resolución de un micrómetro, halló que las gotas de lluvia hervían de vida. En Galileo’s telescope («El telescopio de Galileo»), los historiadores de la ciencia Massimo Bucciantini, Michele Camerota y Franco Giudice ofrecen un nuevo relato de cómo el mundo descubrió, gracias a Galileo, el poder que el telescopio tenía de desentrañar los cielos. Cuentan la génesis e influencia del librito que Galileo publicó en 1610, el Sidereus nuncius («El mensaje — o mensajero— de los astros»). Estos dos detallados estudios muestran cuán grande fue la sensación causada por el descubrimiento de mundos imperceptibles a simple vista.

Snyder explora, además, los paralelismos entre los intereses de Leeuwenhoek y los del artista Johannes Vermeer. Ambos eran de Delft, ambos se valieron de las lentes con un propósito distinto: Leeuwenhoek, para satisfacer una curiosidad insaciable; Vermeer, para ampliar su capacidad de percibir y registrar el mundo, por ejemplo con una cámara oscura. ¿Compartieron conocimientos como conocidos, incluso como amigos? Leeuwenhoek fue el albacea de Vermeer; puede que se tratase del deber cívico de un comerciante prominente, pero, según explica Snyder, las otras, contadas, veces en que se encargó de una tarea así había lazos que le unían al finado.

Se ha conjeturado que el sabio de dos de los cuadros de Vermeer de los años sesenta del siglo XVII (con un mapa y un compás en El geógrafo, con un globo celeste en El astrónomo) era Leeuwenhoek. Los retratos de este que se conocen son de una época posterior, así que cuesta juzgar el parecido. Snyder no zanja la cuestión. Solo puede hacer cábalas sobre si Vermeer no inspiraría a Leeuwenhoek el uso de lentes para algo más que determinar la calidad de los tejidos.

No obstante, es bella la evocación que ofrece del ambiente de Delft a finales del siglo XVII, «donde un carnicero complaciente le vendía a Leeuwenhoek ojos de vaca, testículos de liebres y otras muestras que le solicitaba». Snyder resulta reveladora acerca de los fines y métodos de Vermeer, y así ayuda a explicar por qué sus obras son tan hipnóticas. Esto hizo que saliera corriendo a examinar los «reflejos especulares» del pan en La lechera, logrados con una refinada superposición de capas de pigmentos. «Vermeer pintaba como de verdad ve el ojo, no como la mente cree que ve», escribe.

Esa diferenciación subyace a ambos libros y condensa la disputa acerca del significado que tenían las observaciones. A veces se presupone que la introducción de nuevos instrumentos no planteó problema alguno a nadie, salvo a los intolerantes y los ignorantes. La verdad es que los primeros telescopios y microscopios no desvelaban gran cosa. Había que «entrenar el ojo» antes de poder interpretar lo que se veía.

Samuel Pepys reconocía en su diario «una gran dificultad antes de que podamos [ver] algo» con el microscopio que compró tras leer la descripción del filósofo natural Henry Power en 1664. Hasta a Robert Hooke, cuando la Sociedad Regia le pidió que verificase las aseveraciones de Leeuwenhoek, le resultó difícil usar los microscopios de una sola lente preferidos por el mercader, que daban más aumentos que los microscopios compuestos que Hooke había utilizado en su Micrographia (1665). Y Galileo se preguntaba, cuando, al desplazarse Saturno, sus anillos se veían con menos claridad, si el instrumento no le estaría engañando. Hubo debate acerca de la fiabilidad de esos aparatos. La óptica tenía unos vínculos poco respetables con la magia: el napolitano Giambattista della Porta, que había perpetuado la asociación en su libro Magia natural, de 1558, rechazó en un principio las aseveraciones de Galileo —y de paso se atribuyó la invención del telescopio—: «En cuanto al secreto del anteojo, lo he visto, y es una bobada».

Tanto Leeuwenhoek como Galileo eran dados al secretismo y a ser posesivos con sus instrumentos. Galileo aprendió a tallar lentes para que sus instrumentos fuesen mejores que los holandeses (se basó en descripciones verbales). Pero se empeñó en mantener sus propios telescopios lejos de los rivales: hizo oídos sordos a los ruegos de Johannes Kepler, con quien estaba en buenas relaciones. Y apenas se conocía cómo funcionaban. Galileo escribía a la ligera en el Sidereus nuncius que había perfeccionado el instrumento «basándose en la ciencia de la refracción»; sin embargo, Kepler sería el primero en dar una buena enunciación de esos principios en su Dioptrice de 1611.

Galileo’s telescope se limita al período en que Galileo se hizo famoso gracias a sus descripciones de la superficie de la Luna, de la Vía Láctea «espolvoreada con estrellas» (en palabras del escritor John Milton) y de las lunas de Júpiter, a las que llamó estrellas medíceas para halagar a Cosme II de Medici, su protector. El problema que esta complejidad planteó a la cosmología tradicional presagiaba las tormentas teológicas venideras. Como dicen los autores: «Si el cielo estaba sujeto a generación y corrupción, ¿podía seguir siendo el hogar de los ángeles y los santos?». Galileo’s telescope no es de fácil lectura: haber aportado más contexto en medio de los detalles tan profusamente investigados habría venido bien; no dice tampoco mucho acerca de cómo moldeaban la personalidad de Galileo los debates en que participaba. Pero ambas obras proyectan la sensación de que los nuevos modos de ver, lejos de limitarse a ofrecer nuevos instrumentos, eran —y son— complicadas extensiones del modo en que entendemos nuestra experiencia.

Puedes obtener el artículo en...

Revistas relacionadas

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.