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1 de Octubre de 2015
Comportamiento animal

Matrifagia, el sacrificio supremo de una araña aterciopelada

Cuando las crías devoran a su propia madre.

THOMAS FUCHS

La maternidad implica de ordinario sacrificio, pero en la mayoría de las especies ese altruismo es temporal. A la puesta le sigue el nacimiento y después el abandono del nido, momento en que la prole inicia la vida por su cuenta. No ocurre así con Stegodyphus lineatus, una araña aterciopelada que habita en el desierto del Néguev, Israel. S. lineatus practica la forma más radical y cruenta de devoción materna: la matrifagia, en que la madre acaba devorada por su progenie.

Los entomólogos llevan años preguntándose acerca de los pormenores escabrosos de esa estrategia de cuidado. ¿La devoran tal cual o ella prepara sus adentros para facilitar la tarea? Al parecer, sucede lo segundo. La degradación de los tejidos maternos comienza antes de que las crías nazcan, según la investigación publicada en Journal of Arachnology. «Todo sufre una profunda remodelación, es como si estuviera planeado de antemano», asegura Mor Salomon, entomólogo por entonces en la Universidad Hebraica de Jerusalén.

Salomon y sus colaboradores han examinado al microscopio cortes transversales de hembras adultas en todos los estadios del proceso reproductivo. Los tejidos comenzaban a mostrar leves signos de degradación justo después de la puesta del ovisaco. Y al cabo de 30 días, cuando las crías nacían, la degeneración se aceleraba. «Si se apreciaba con nitidez el límite de un órgano, la fotografía siguiente mostraba una imagen borrosa, y la siguiente, su total desaparición», explica Salomon. La descomposición permite a la araña regurgitar pedazos del intestino licuado, con los que nutre a sus crías en crecimiento.

Apenas nueve días después de la eclosión, la madre detiene la regurgitación y las jóvenes arañas se abalanzan sobre ella —aún viva— para darse el festín final. Succionan todos los líquidos corporales y después abandonan el nido, dejando tras de sí el caparazón del exoesqueleto. Un año después, las hembras maduras rendirán cuentas del mismo modo: entregando su cuerpo a la generación venidera.

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