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Quemaduras en la hierba

Ponemos a prueba una vieja regla de la jardinería: ¿se queman las hojas de las plantas cuando se riega a plena luz del sol?

EN UNA GOTA LENTICULAR, la mancha de luz suele encontrarse dentro de la región en que el agua hace contacto con la hoja. Cuando eso ocurre, la acción refrigerante del agua previene la aparición de quemaduras. [JOACHIM H. SCHLICHTING]

¿Quién no ha sentido lástima al ver languidecer las plantas de su jardín en un caluroso mediodía de verano? Aunque un primer impulso nos lleva a tomar la manguera, una regla de jardinería muy extendida nos dice que nunca hemos de regar las plantas a pleno sol. En un principio, la advertencia parece razonable: si finalmente nos decidimos a regar, veremos que, en el centro de la sombra que proyectan las gotas de agua que quedan esparcidas sobre las hojas, aparecen unas manchas de luz brillantes.

¿Basta su intensidad para provocar quemaduras? Según las leyes de la óptica geométrica, la luz que incide en una gota se refractará al traspasar las superficies de contacto entre el aire y el agua. La forma de las gotas hace que estas funcionen como una lente convergente: los rayos salientes se juntarán, se cruzarán en una región estrecha y luego se separarán de nuevo.

Ahora imaginemos que colocamos un obstáculo en el camino de la luz. Cuanto más cerca se encuentre este de la zona en que se cruzan los rayos, mayor será la intensidad de la luz sobre su superficie. Podemos hacernos una idea del efecto si tomamos una pequeña bola de vidrio de 12 milímetros de diámetro y la situamos sobre una hoja de papel. La mancha de luz presentará un diámetro de unos 2,4 milímetros. Eso quiere decir que la luz incidente ha quedado concentrada en una superficie cuyo diámetro es un quinto del de la bola. Dado que la relación entre diámetro y superficie es cuadrática, la densidad de energía depositada sobre la mancha será 25 veces mayor que si la luz hubiese incidido directamente sobre el papel.

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