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GETTY IMAGES/URUPONG/ISTOCK

En el artículo «La pregunta por el ser humano» [Investigación y Ciencia, noviembre de 2020], Alfredo Marcos menciona que «se indaga la posibilidad de poner al humano en simbiosis con los sistemas de inteligencia artificial, o de sustituirlo directamente por estos». ¿Sustituir al humano por inteligencia artificial? Esta afirmación resulta infundada, aunque se encuentra muy extendida y no faltarán quienes la suscriban. Parece haberse instalado en el subconsciente colectivo en nuestro tiempo.

La pretensión de que mediante la inteligencia artificial, la robótica u otras derivaciones de las tecnologías digitales se llegue a alcanzar algo que recuerde, siquiera remotamente, al ser humano (o a los seres vivos en general) evoca lo que sucedió en el siglo XVII, cuando, fascinados por las máquinas, las cuales están formadas por mecanismos elementales fácilmente comprensibles, algunos eminentes filósofos, como Descartes, llegaron a pensar que los seres vivos no eran sino máquinas; en el caso del ser humano, dotada con alma a través de la glándula pineal. Así surgió el mecanicismo, con sus secuelas del reduccionismo y el materialismo, que sirvió de soporte intelectual a la entonces naciente ciencia moderna. Hasta bien entrado el siglo XIX, los físicos pretendían encontrar el mecanismo subyacente a los fenómenos que trataban de comprender. Todo se podía reducir a materia y energía, como sucede con las máquinas, y así se sentaron los fundamentos de lo que posteriormente sería la ciencia física, para la que esos dos conceptos primitivos forman los fundamentos últimos de su admirable construcción intelectual.

La aparición de la información como nuevo concepto primitivo ha suscitado expectativas semejantes a las del siglo XVII. En efecto, el concepto de información —que surge también, como en el caso de las máquinas, del ámbito de la técnica— ha llevado a pensar que mediante tecnologías informáticas se podrá emular la mente humana. La idea resulta tan ilusoria como la de aquel siglo, la cual hoy nos provoca una cierta sonrisa, como sin duda la pretensión actual se la provocará a nuestros descendientes. Tanto en un caso como en otro, hemos de asumir que no somos máquinas, que tan solo las construimos.

Javier Aracil
Profesor emérito de la Universidad de Sevilla
Real Academia de Ingeniería


RESPONDE MARCOS: Agradezco el comentario del profesor Aracil y coincido en lo esencial con sus apreciaciones. He argumentado en un sentido parecido en el artículo «Información e inteligencia artificial» (Apeiron, n.o 12, págs. 73-82; abril de 2020), donde concluyo que «en relación a la llamada IA, podríamos decir que lo que tiene de inteligente no es artificial y lo que tiene de artificial no es inteligente».

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