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Cinco siglos de inundaciones en Europa

Gracias al rico patrimonio documental del continente, se ha reconstruido la historia de sus inundaciones. El esfuerzo podría ayudar a los gestores a hacer frente a futuros episodios.

Grabado que ilustra las inundaciones de Düsseldorf en noviembre de 1882, con una casa derrumbada en la plaza del Castillo. [GETTY IMAGES/CLU/ISTOCK]

Se cree que, entre 1870 y 2016, las inundaciones afectaron cada año al 0,03 por ciento de la población europea por término medio, con una merma aproximada de entre el 0,8 y el 0,9 por ciento del producto interior bruto. En los años venideros, ante el más que probable aumento del riesgo de inundaciones a causa del cambio climático, las pérdidas podrían ser mucho más cuantiosas si no se realizan las labores de ordenación y adaptación adecuadas.

Dichas medidas deben basarse en datos rigurosos y requieren un conocimiento preciso de los patrones que siguen estos fenómenos a largo plazo. Los responsables políticos deben saber si vivimos en un período de inundaciones abundantes (caracterizado por su mayor frecuencia, magnitud o extensión) o de inundaciones escasas. Las grandes inundaciones son un fenómeno infrecuente para cualquier cuenca fluvial en un año determinado, pero el riesgo acumulativo es más alto si se tiene en cuenta el conjunto de una región amplia como es Europa. Así, cuanto más tiempo y territorio abarquen estos registros históricos, más útil será la información que proporcionen.

En un artículo reciente, Günter ­Blöschl, de la Universidad Técnica de Viena, junto con científicos de distintos centros ­europeos (entre ellos, la Universidad de Barcelona, el Museo de Nacional de Ciencias Naturales y la Universidad de Almería), han utilizado el rico patrimonio documental del continente para reconstruir la historia de sus inundaciones en los últimos cinco siglos. Han aprovechado un ingente corpus de documentos para trazar una historia de las inundaciones en 103 tramos de grandes ríos europeos entre los años 1500 y 2016 de nuestra era. El estudio ha revelado nueve períodos de importantes inundaciones que afectan a zonas concretas de Europa. El último de ellos, en el que podríamos estar inmersos todavía, tiene diferencias fundamentales respecto a los anteriores. El trabajo podría ayudar a los gestores políticos a hacer frente a las inundaciones en el futuro.


¿Cuán válidas son las pruebas documentales?

Por suerte, el patrimonio documental de Europa es de los más variados y ricos del mundo. En su haber se cuentan desde anales y crónicas hasta archivos legales y administrativos, correspondencia y periódicos. Estas fuentes están repletas de observaciones de fenómenos extremos y desastres naturales, por su enorme trascendencia para las poblaciones humanas, su espectacularidad y el significado religioso que se les atribuía como malos augurios o castigos divinos. Por ejemplo, en los anales de Connacht de 1471, escritos en gaélico irlandés, se lee lo siguiente: «El día antes y después de la festividad de Beltaine [1 de mayo] cayeron tormentas de granizo, acompañadas de relámpagos y tronidos, arruinando muchas plantas en flor, frutas y legumbres en todas las contradas de Irlanda donde descargaron. En una de esas granizadas, en el este, llovieron pedriscos de dos o tres pulgadas [entre 5 y 8 centímetros], los cuales infirieron grandes heridas a quienes golpearon. […] Hubo otra en el monasterio de Boyle; y, según cuentan las gentes del lugar, podría haberse botado una nave sobre el pavimento de la iglesia mayor».

Ese relato hace relucir la fuerza de las pruebas documentales: la datación es precisa, su encuadre espacial es detallado, no hay ambigüedad sobre las condiciones meteorológicas descritas y es explícito en cuanto al impacto humano. Estos archivos se utilizan como base de estudio en la climatología histórica, una disciplina que se remonta al menos a la década de 1920 y que se aceleró entre los años 60 y 70 gracias a pioneros como Hubert Lamb y Hermann Flohn. Su trabajo reforzó la noción de que en los últimos siglos se habían producido cambios climáticos con consecuencias sociales, y desmontó la idea de que la dinámica climática plurisecular se había mantenido constante.

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