El trastorno de histeria en el siglo XXI

Comienzan a esclarecerse las causas de esta misteriosa enfermedad, hoy llamada trastorno neurológico funcional, que desdibuja la frontera entre la psiquiatría y la neurología.

ILUSTRACIÓN DE VANESSA BRANCHI

En síntesis

Al trastorno neurológico funcional se le han dado diversos nombres a lo largo de la historia, pero hasta fechas recientes no ha recibido la atención que merecía.

Las técnicas de neuroimagen no invasivas, como la resonancia magnética funcional, han permitido ahondar en sus causas y comenzar a plantear tratamientos tan variados como la fisioterapia, la estimulación magnética transcraneal o la meditación.

Experiencias traumáticas en la niñez o trastornos de ansiedad o afectivos estarían en la raíz del problema, que se desataría por un traumatismo o una vivencia angustiosa y se consolidaría por la falta de tratamiento o por creencias y reacciones del afectado, en algunos casos con condicionantes culturales.

Todo comenzó con una tos. Tracey McNiven, una escocesa treintañera, contrajo hace tres años una tos persistente a raíz de un episodio de bronquitis, que no remitía pese a la medicación. Con los meses fueron apareciendo otros síntomas extraños: un entumecimiento progresivo de las piernas y descoordinación. Al caminar se sentía como una marioneta, parecía que otra persona accionase los hilos. La pérdida de sensación empeoró la quincena siguiente hasta que una noche en casa se le doblaron las piernas y se desplomó: «Me quedé tirada en el suelo y me faltaba el aire, me ahogaba. No sentía nada de cintura para abajo», recuerda. Su madre la llevó a urgencias y acabaría ingresada más de seis meses.

Durante las primeras semanas de hospitalización la sometieron a un sinfín de pruebas para descubrir el origen del problema. Los médicos pensaban que podía ser neurodegenerativo, un trastorno progresivo de las motoneuronas o quizás esclerosis múltiple, una enfermedad autoinmunitaria que ataca al sistema nervioso. Pero, para gran desconcierto de todos, las exploraciones de imágenes cerebrales, los análisis de sangre, las punciones lumbares y todas las demás pruebas no revelaron nada anormal.

La situación vivida por Tracey McNiven no es infrecuente. Según una de las investigaciones más exhaustivas que se han hecho hasta hoy en los servicios de neurología, cerca de un tercio de los enfermos presentan síntomas neurológicos parcial o totalmente inexplicables. Pueden consistir en temblores, convulsiones, ceguera, sordera, dolores, parálisis y hasta coma, y remedar los de casi cualquier enfermedad neurológica. En algunos casos duran años, incluso décadas. Algunos de los afectados necesitan una silla de ruedas o quedan postrados en la cama. Son más frecuentes en las mujeres, pero pueden afectar a cualquiera y a cualquier edad.

Generaciones de científicos han intentado desentrañar estas afecciones misteriosas, que han recibido diversos nombres a lo largo de la historia, como histeria, neurosis histérica, trastorno de conversión o de somatización. Estas etiquetas, sin embargo, imponen interpretaciones particulares de lo que muchos especialistas consideran ahora una enfermedad compleja, situada en la frontera entre la psiquiatría y la neurología. Algunas denominaciones siguen vigentes, pero el término más moderno es intencionadamente neutro y denota un problema en el funcionamiento del sistema nervioso: «trastorno neurológico funcional» o TNF.

Para los afectados por el TNF, conseguir la atención adecuada solía ser una odisea. Se les acusaba de fingir o imaginar los síntomas, se les interrogaba dolorosamente en busca de traumas infantiles, a menudo en balde, y en general no se les tomaba en serio, pues los médicos no sabían cómo tratar a un paciente que, a juzgar por todas las pruebas diagnósticas habituales, estaba perfectamente sano. «Durante muchísimos años, los médicos infravaloraron la prevalencia de este tipo de trastornos y la repercusión que tienen», lamenta Kathrin LaFaver, neuróloga especializada en trastornos de la motricidad, de la Facultad Feinberg de Medicina, en la Universidad del Noroeste, en Chicago. «Estas personas han quedado atrapadas en la trinchera que separa la neurología y la psiquiatría.»

Sin embargo, desde hace unos diez años, gracias a técnicas como la resonancia magnética funcional, empezamos a entender lo que ocurre en el cerebro de los pacientes aquejados de esta enfermedad. Aplicando modelos novedosos sobre el funcionamiento cerebral, estamos comprendiendo mejor cómo surge el trastorno y cómo se podría tratar.

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