La conservación de la biodiversidad cultivada

En la actual era de globalización agroalimentaria, ¿qué papel deben desempeñar las variedades agrícolas tradicionales? ¿Qué estrategias permiten mantener y fomentar la biodiversidad de los cultivos mediterráneos?

Los bancos de semillas son las instalaciones más seguras para la conservación de variedades a medio y largo plazo. Facilitan la catalogación ordenada de las muestras y aseguran la conservación a una baja temperatura y humedad. La fotografía corresponde al banco del Instituto Universitario de Conservación y Mejora de la Agrobiodiversidad Valenciana. [MARÍA JOSÉ DÍEZ NICLÓS]

En síntesis

Las variedades agrícolas tradicionales son el resultado de siglos de coevolución entre las plantas cultivadas y los humanos, quienes hemos seleccionando las que mejor se adaptaban a las condiciones ambientales y culturales locales.

Sin embargo, desde la revolución verde, muchas de esas variedades han dejado de cultivarse en gran medida o han desaparecido por completo, lo que ha ocasionado una pérdida de la biodiversidad.

Con el fin de revalorizar este patrimonio agrícola y cultural, los expertos proponen varias estrategias de recuperación de variedades tradicionales teniendo en cuenta las exigencias de las sociedades y los agrosistemas del siglo XXI.

Hace unos 12.000 años, nuestros antepasados iniciaron una nueva relación con algunas de las plantas silvestres de las que se alimentaban. Empezaron a modificar el entorno donde estas vivían para favorecer su crecimiento. Procuraron que se desarrollaran sin la competencia de otras plantas ni el consumo de otros animales herbívoros, y que dispusieran de más agua y nutrientes. A cambio, nuestros ancestros obtuvieron una fuente de alimentos más abundante y segura. Mientras que consumían una parte de la cosecha, utilizaban otra para fundar una nueva generación de plantas. El resultado fue una alianza de éxito asombroso, una suerte de simbiosis que permitió tanto a los humanos como a las plantas asociadas con ellos medrar de modo exponencial sobre la Tierra.

A lo largo de esta fructífera relación, ambos «simbiontes» coevolucionaron. Los humanos nos convertimos en una pieza indispensable en el ciclo biológico de las plantas domesticadas y moldeamos su evolución. Las plantas cultivadas se fueron diferenciando progresivamente de las silvestres, a menudo a través de pequeños cambios genéticos que tuvieron una gran trascendencia en el fenotipo. A su vez, nuestra especie también evolucionó, en especial en la vertiente cultural y, en menor medida, en la componente genética. Fuimos cambiando la forma de vivir, nuestras preferencias sensoriales y culinarias y, en consecuencia, las cualidades que exigíamos a las plantas cultivadas. Desarrollamos nuevos conocimientos y tecnologías que nos permitieron intervenir con más eficiencia sobre el entorno, lo que benefició aún más a nuestras asociadas.

Desde mediados del siglo XX, dicho proceso se aceleró gracias sobre todo a los progresos extraordinarios logrados en la mejora genética vegetal, que nos ayudaron a seleccionar las variedades más productivas. Sin embargo, tales intervenciones dieron lugar a una homogeneización de las plantas cultivadas, con una pérdida de su variabilidad genética. La preocupación por la drástica reducción de la agrobiodiversidad desencadenó movimientos conservacionistas a favor de la recuperación y conservación de las variedades tradicionales. Pero ¿qué beneficios nos aportan estas variedades? ¿Cuáles son los criterios que deben prevalecer a la hora de recuperarlas? ¿Qué estrategias existen para lograrlo? Con nuestro trabajo en la Fundación Miquel Agustí, científicos de distintas especialidades buscamos ofrecer respuestas a estas preguntas, entre otras. Nuestros estudios, centrados principalmente en la revalorización de variedades tradicionales catalanas singulares, demuestran que es posible diseñar estrategias para conservar la variabilidad genética de las mismas, al tiempo que se promueve la selección de los rasgos que tienen mayor interés tanto para los consumidores como para los productores.

Valor nutritivo y sensorial

La especie humana siempre ha buscado en las plantas satisfacer sus necesidades nutritivas, curativas, de materias primas, mágicas, estéticas, etcétera. La domesticación nos ha permitido incrementar fuertemente la producción, y lo hemos conseguido mediante la selección de las mejores variedades, la eliminación de la competencia y el rejuvenecimiento permanente de los ecosistemas agrícolas a través de las labores del suelo, de la gestión de la fertilidad y de los recursos hídricos.

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