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La historia de la ciencia como historia del hacer científico

Una mirada distinta a las revoluciones científicas y técnicas que han fraguado nuestro mundo.

UN MUNDO DE ARTEFACTOS
BREVE HISTORIA DE LA CIENCIA Y DE LA TÉCNICA
Javier de Lorenzo
Trotta, 2020
288 págs.

La evolución que experimenta nuestra especie es fruto de una mutua implicación entre los procesos naturales y la intervención del ser humano en esos mismos procesos. Estos cambios y transformaciones se deben a la ciencia y a la técnica y son consecuencia de los artefactos conceptuales y tecnológicos. Esta es la tesis capital de Un mundo de artefactos, el último libro del matemático y filósofo Javier de Lorenzo. El autor sostiene que vivimos en una sociedad estructurada por artefactos, un término que debe entenderse como todo aquello que es producido por el ser humano y que altera el curso natural. Ahora bien, tan ligada está la producción de artefactos a la especie humana que, según De Lorenzo, hoy se considera como natural lo que de hecho es, sin duda alguna, un artefacto. Artefactos materiales, pero también no materiales, como las ideologías, los mitos, los teoremas o las teorías científicas. En definitiva, artefactos que contribuyen a generar los ámbitos tecnológicos y simbólicos que nos permiten explicar dónde estamos hoy. Y también —y este es el meollo del texto— reconstruir la historia de cómo hemos llegado hasta aquí.

Tanto la Revolución agrícola en el Neolítico como la Revolución científica del siglo XVII abren dos líneas fundamentales para el estudio de la historia de la ciencia: que la physis es manipulable y que es dinámica. Esto es, que no todo está dado por la naturaleza y que el conocimiento científico conlleva la marca indeleble de la incertidumbre. De ellas se nutre el concepto filosófico que ha vertebrado toda la producción académica de Javier de Lorenzo: el hacer científico.

Desde esta comprensión del hacer se vehiculan todos los conceptos clave de la producción «artefactual» de nuestra civilización. Ideas como las de dominio, control e intervención, así como las relativas al control del tiempo, al espacio o al análisis de la causalidad, entre otras, configuran la aparición de tres dimensiones de artefactos que acontecen en cada uno de los grandes períodos de la evolución científica: simbólico, técnico y conceptual.

Uno de los capítulos que más llaman la atención es el dedicado a Grecia y a la generación del ámbito conceptual. De Lorenzo muestra su sabiduría filosófica y su conocimiento científico en un relato más que sugerente. Los griegos se habían encontrado con la dificultad de tener que asimilar los datos de la sensación y de la percepción de lo individual, con la necesidad racional de tener que dotarlos de universalidad. La physis es un cosmos, mantiene un orden, tiene una estructura. La matemática entra, pues, con pleno derecho en las primeras preocupaciones filosóficas. Historia, filosofía y ciencia se dan cita en este capítulo, que muestra hasta qué punto en Grecia están ya todas las preocupaciones filosóficas de la posteridad: la virtud, el poder, la política, la belleza, el lenguaje, el conocimiento... y desde ahí todo un conjunto de artefactos simbólicos. Física, astronomía, geometría, matemática, medicina y todo un cúmulo de ciencias que imponen un legado «que va a perdurar para siempre en el mundo occidental: la búsqueda de unos primeros principios que permitan engendrar el todo», en palabras del autor.

Dentro de esta breve historia, De Lorenzo dedica más de 20 páginas a explicar la transición de Grecia a Copérnico. El genio del siglo XV no escribe en el vacío, sino que es consciente de toda una tradición de investigación, traducción, generación y producción del saber en las universidades, la cual el autor de esta monografía se encarga de perfilar. Son ingentes los estudios sobre historia y filosofía de la ciencia de este fértil período. A ellos, el texto de Javier de Lorenzo les ofrece la novedad de entenderlos bajo el prisma del hacer científico.

La historia de Copérnico, Tycho Brahe, Kepler y otros está salpicada de avances y retrocesos, de observación y de prejuicios, de cuestiones científicas discutidas por planteamientos teológicos. Hasta llegar a la gran Revolución científica del siglo XVII, por la que «todo es materia en movimiento», como titula el capítulo 5. Espacio ideal y razón matemática son ahora dos artefactos básicos para el conocimiento de la physis. Como De Lorenzo solía hacer en sus clases, los experimentos, los datos, la historia y la intrahistoria de la ciencia le sirven para forjar un discurso en el que la erudición y el poso de saber están al servicio de una idea nuclear básica: todo en ciencia es un hacer.

Que esto no es solo historia de la ciencia resulta evidente. Por eso, el texto va fundamentando algunos de los conceptos clave del período más fértil de la filosofía: la Modernidad. El problema del conocimiento, de la realidad, de la autonomía, del humanismo y otras tantas cuestiones típicas de este período tienen su explicación en los avances y descubrimientos científicos. No solo en el qué, sino en el cómo. Toda la realidad queda disuelta en el concepto de representación. El conocimiento es producción de ideas que terminan siendo, en palabras de Descartes, «como imágenes de las cosas».

Esta concepción representativa, que es la manera en que se explicita la carga subjetiva del conocer, se manifiesta en la construcción de modos de medir, de contar, en la producción de artefactos con los que el ser humano se hace con la realidad. Un conocimiento científico que abre el paradigma mecanicista, en el que encuentran su explicación la teoría de la gravitación universal, la geometría analítica, el cálculo diferencial e integral, etcétera. Un mecanicismo que, según De Lorenzo, no es sino una construcción simbólico-experimental «enfrentada con el sentido común». Y es que, desde entonces, «la ciencia se centra en estudiar lo que no se ve y en abandonar lo que se ve».

Y así llegamos a la Ilustración, el momento en que la ciencia se comprende como el modo de ser racional por excelencia. El espíritu científico contagia también a los otros órdenes sociales, políticos y morales para terminar construyendo un frente ideológico y técnico. La Enciclopedia expresa perfectamente este doble frente. La razón deberá marcar el cambio individual y social que culminará en la Revolución francesa. La técnica se ocupará de los inventos relacionados con necesidades productivas. El trabajo de Linneo o la química de Lavoiser (con su hipótesis atómica, que termina funcionando como hipótesis existencial ontológica) son ejemplos de la especialización científica y del enorme progreso metodológico: no basta con observar la physis, ahora hay que preguntarle. Teniendo en cuenta, eso sí, que en la construcción de esas preguntas interviene todo el conjunto de artefactos, inventos y procedimientos que constituyen la nueva praxis científica.

El siglo XIX, siglo por excelencia de la biología, experimenta un especial auge de la energía térmica y eléctrica, con la consiguiente consolidación del capitalismo. Capital, ciencia y técnica tejen relaciones recíprocas de mutuas influencias que ponen de manifiesto la relevancia industrial de la tecnociencia como factor de progreso de las sociedades. Ni que decir tiene hasta qué punto la ciencia actual muestra este compromiso de retroalimentación entre la ciencia, para mantener el capital; y el capital, para mantener las fuertes inversiones científicas. La máquina de vapor requiere energía, pero no necesita el impulso de nadie. El mecanicismo debe completarse con otras concepciones del mundo, como por ejemplo la que pone de manifiesto la termodinámica. A la longitud, masa y tiempo se añade ahora el concepto de calor. Estamos en otro modo del hacer científico. No es preciso un relojero. La ciencia alimenta lo que la filosofía posthegeliana había acuñado: Dios ha muerto porque, en realidad, el ser humano ya no lo necesita.

Con la termodinámica aparece también el concepto de sistema y la diferencia entre sistemas abiertos y cerrados. Y, desde ahí, la cuestión de la reversibilidad de los fenómenos térmicos. Todo tiene un sentido. Todo sigue un orden. Y todo tiene un final. Todo tiende a su descomposición, según dicta la entropía. La causalidad, y por tanto la determinación, la capacidad omniexplicativa y, por supuesto, la facultad predictiva ceden espacio al terreno ontológico de la indeterminación y al ámbito epistémico de la incertidumbre. Es evidente que estamos en otra praxis que, según la tesis del autor, genera otro ámbito instrumental, simbólico y conceptual.

Apabulla la facilidad con que De Lorenzo entrelaza las mejores reflexiones filosóficas, las llamadas por él «inversiones epistemológicas», con las explicaciones más sutiles, exactas y clarificadoras de propuestas como las de Planck, Boltzmann, Curie, Bohr, De Broglie, Einstein, Fermi, Maxwell o Poincaré, entre varias decenas de científicos que se dan cita en las últimas páginas del libro. No es historia de la ciencia, quiero insistir en ello. No es solo una descripción ordenada de progresos científicos. Lo que más debe destacarse es cómo este reconocido filósofo y matemático entrelaza los problemas, formula preguntas, ofrece nuevos planteamientos y hace hablar a las teorías entre ellas en un trabajo investigador que supera cualquier recopilación manualística. Una recopilación que, dicho sea de paso, hubiera sido de agradecer unos años antes para quienes fuimos sus alumnos y que no tuvimos la suerte de contar con un texto que, sin duda, debe aparecer en la bibliografía de nuestras asignaturas de grado y máster.

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