La pandemia que olvidamos

La gripe de 1918 acabó con la vida de millones de personas, pero luego desapareció de la memoria colectiva. ¿Ocurrirá lo mismo con la COVID-19?

Camp Funston, un centro de entrenamiento militar de la Primera Guerra Mundial situado en Kansas, fue el epicentro de uno de los primeros brotes de la gripe de 1918 en EE.UU. [ALAMY]

En síntesis

Una vez concluida, la gripe de 1918 desapareció casi por completo de nuestra memoria colectiva, aunque resurge con fuerza con cada nueva pandemia de gripe.

Tomar conciencia de dicho olvido podría ayudar a consolidar nuestra memoria de la COVID-19, una pandemia que también quedará mucho mejor documentada.

Pero la memoria colectiva parece requerir que los sucesos posean un esquema narrativo claro y experimenta altibajos según el contexto social del momento. El desenlace de la pandemia actual podría determinar cuánto la recordaremos.

En 1924, la Enciclopedia británica publicó una historia del siglo XX hasta ese momento, con capítulos firmados por más de 80 autores, desde políticos y profesores hasta soldados y científicos. Pero las 1300 páginas de esa vasta obra, titulada These eventful years: The twentieth century in the making as told by many of its makers, no hacen referencia a la catastrófica pandemia de gripe que había matado a entre 50 y 100 millones de personas en todo el mundo tan solo cinco años antes. Muchos libros de historia publicados en décadas posteriores no mencionan la pandemia de gripe de 1918-1919, o lo hacen solo de pasada al hablar de la Primera Guerra Mundial.

Por extraño que parezca, hasta hace poco esa pandemia había quedado relegada en la memoria pública. Hay monumentos y días festivos para conmemorar a los caídos en las dos guerras mundiales, y museos y películas que relatan el hundimiento del Titanic o las misiones Apolo a la Luna, pero no ocurre lo mismo con la gripe de 1918 —a menudo llamada «gripe española», debido a creencias erróneas sobre su origen—. Esa tragedia constituye una parte desproporcionadamente pequeña del relato sobre nuestro pasado.

Que tamaña calamidad haya podido desvanecerse de nuestra memoria colectiva es algo que asombra a Guy Beiner, historiador de la Universidad Ben Gurión del Néguev, en Israel. «Tenemos la idea equivocada», explica, «de que es inevitable recordar los sucesos de mayor relevancia histórica, aquellos que afectan a muchísima gente, cambian el devenir de las naciones o causan una gran mortandad. Pero las cosas no funcionan así».

Beiner comenzó a coleccionar libros sobre la pandemia de 1918 hace veinte años. Al principio llegaban con cuentagotas, pero ahora no da abasto. «En mi despacho tengo tres pilas [de novelas] esperándome, tres montañas», afirma. La gripe de 1918, que era un tema muy especializado incluso entre los historiadores, se compara ahora con la COVID-19 en cuanto a la tasa de mortalidad, las repercusiones económicas o la eficacia de las mascarillas y el distanciamiento social. Y la correspondiente entrada de la Wikipedia en inglés («Spanish flu») recibió más de 8,2 millones de visitas solo en marzo, pulverizando el récord mensual previo a 2020, de 144.000 consultas, que se había alcanzado en 2018, durante el centenario de la pandemia. El olvido y redescubrimiento de la gripe de 1918 abre una ventana a la ciencia de la memoria colectiva y ofrece pistas sobre la visión de la pandemia actual que tendrán las futuras generaciones.

¿Qué es la memoria colectiva?

El estudio de la memoria colectiva, iniciado a principios del siglo XX por el sociólogo Maurice Halbwachs, concita mucho interés últimamente en las ciencias sociales. Henry L. Roediger III, psicólogo de la Universidad Washington de San Luis, define la memoria colectiva como «el recuerdo que tenemos de nosotros mismos como parte de un grupo [...] que conforma nuestra identidad». Las naciones, los partidos políticos, las comunidades religiosas y las peñas deportivas, ahonda Roediger, entretejen los eventos de su pasado común en una narración que refuerza un sentimiento de identidad compartido.

Los investigadores a menudo usan métodos de evocación libre para estudiar la memoria colectiva de acontecimientos históricos bien conocidos. Por ejemplo, Roediger y varios colaboradores, incluido James Wertsch, también de la Universidad Washington de San Luis, pidieron a ciudadanos estadounidenses y rusos que nombraran los diez sucesos más importantes de la Segunda Guerra Mundial. Los americanos mencionaron sobre todo el ataque de Pearl Harbor, el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Japón y el Holocausto, mientras que la mayoría de los rusos citaron la batalla de Stalingrado, la batalla de Kursk y el sitio de Leningrado. El único episodio presente en ambas listas era el desembarco de Normandía, que en Rusia se conoce como la «apertura del segundo frente». Según los investigadores, los incidentes que los encuestados recordaban con mayor viveza reflejan el esquema o marco narrativo de su país para recordar el pasado.

Un estudio de ese tipo podría revelar qué detalles de la gripe de 1918 conoce la gente, pero «que yo sepa, nadie lo ha hecho», apunta Wertsch. «Llevar a cabo una encuesta sería inútil.» Casi nadie es capaz de citar datos relevantes sobre aquella pandemia, ni siquiera a la hora de compararla con la COVID-19. Wertsch subraya que la memoria colectiva parece depender mucho de los relatos que tienen un principio, un desarrollo y un final claros. «Si hay un instrumento cognitivo universal y natural, es la narrativa», añade. «No todas las culturas humanas poseen sistemas aritméticos, y menos aún técnicas de cálculo, pero todas cuentan historias.»

A los países que participaron en la Primera Guerra Mundial, la contienda les proporcionó un arco narrativo diáfano, repleto de héroes y villanos, de victorias y derrotas. En cambio, un enemigo invisible como la gripe de 1918 no responde a una estructura narrativa lógica: aquella epidemia no tuvo un origen claro, se ensañó con personas sanas en sucesivas olas y se escabulló sin que lográramos entenderla. Los científicos de la época ni siquiera sabían que el patógeno era un virus y no una bacteria. «Los médicos estaban avergonzados», afirma Beiner. «Fue un fracaso estrepitoso de la medicina moderna.» Sin un esquema narrativo que la afianzase, la pandemia desapareció casi por completo del discurso público al poco de acabar.

A diferencia de la gripe de 1918, la COVID-19 no compite por nuestros recuerdos con ningún conflicto bélico a gran escala. Y el conocimiento científico de los virus ha mejorado de manera espectacular en el último siglo. Sin embargo, hay aspectos que no han cambiado tanto desde la pandemia de nuestros antepasados. «Aunque el experimento del confinamiento sea inédito en cuanto a su magnitud y severidad, nuestros planteamientos son los mismos que hace cien años», sostiene Laura Spinney, autora de El jinete pálido. 1918: La epidemia que cambió el mundo [véase una reseña de este libro en «Una guerra vírica mundial», por Tilli Tansey; Investigación y Ciencia, junio de 2018]. «Mientras no dispongamos de una vacuna, el distanciamiento social es nuestra principal medida de protección, igual que lo fue entonces.» La polémica que suscitan las mascarillas también tiene un precedente: en 1919, casi dos mil personas asistieron a una reunión de la Liga Antimascarillas de San Francisco.

No se ha investigado demasiado sobre cómo afecta la polarización política a la formación de recuerdos colectivos. Roediger y Wertsch intuyen que la división intensifica el recuerdo que guarda cada persona de un acontecimiento, pero Wertsch cuestiona que ese efecto vaya a influir en la memoria colectiva de la pandemia actual. «El virus no es el personaje ideal para una narración prototípica», incide.

Tampoco es probable que la carrera por desarrollar y distribuir una vacuna se traduzca en un relato potente, según Wertsch. «Puede que presenciemos la aparición de un héroe científico, como Louis Pasteur en el siglo XIX», augura, «pero cabe destacar que nuestro recuerdo de él se circunscribe a la persona, no a ninguna epidemia en concreto». No obstante, con una historia potente o sin ella, la COVID-19 quedará mucho mejor documentada que la pandemia de gripe de hace cien años. ¿Podría ser que la exhaustiva cobertura mediática sirviese para consolidar la memoria colectiva?

La Prensa y el imaginario colectivo

Los periódicos y revistas de la época sí que cubrieron ampliamente la gripe de 1918 mientras aún causaba estragos. Meg Spratt, profesora de comunicación en la Universidad de Washington, señala que en el tratamiento informativo que se hizo en Estados Unidos predominaba el lenguaje «biomilitar». Muchas crónicas presentaban la situación como una batalla entre el ser humano (sobre todo los funcionarios públicos) y la enfermedad, pero se habló «muy poco de las experiencias de las víctimas y los supervivientes», asegura Spratt. El foco recayó sobre expertos y figuras de autoridad, casi exclusivamente varones blancos. Spratt también ve indicios de que la Primera Guerra Mundial eclipsó la pandemia: según expone en un artículo de 2001, «cuando las defunciones por la gripe superaron las causadas por la guerra, durante el otoño de 1918, el New York Times relegó esa información a una pequeña nota en sus páginas interiores».

Spratt ve paralelismos entre la cobertura mediática de la gripe de 1918 y la de la COVID-19. «El foco sigue recayendo sobre los expertos en salud pública que intentan pergeñar normas y recomendaciones para proteger a la población», observa. «Aunque hoy en día parece haber una amplificación, que podría deberse en parte a los nuevos medios tecnológicos.» Dado que Internet y las redes sociales permiten que el ciudadano de a pie documente públicamente su vida durante la pandemia, «habrá más material que refleje lo que se vivió realmente», argumenta Spratt. De esta manera, los medios están componiendo una imagen más completa de la pandemia actual, desde los testimonios de primera mano de los trabajadores esenciales hasta los reportajes sobre el efecto de las diferencias socioeconómicas y raciales en la incidencia de la COVID-19.

Las fotografías también podrían ayudar a cimentar la memoria colectiva de la COVID-19. Los estudios en psicología demuestran que nos resulta mucho más fácil recordar imágenes que palabras o ideas abstractas. Por eso, las instantáneas más difundidas pueden convertirse en el eje vertebrador del recuerdo colectivo, sostiene Roediger. La historia abunda en imágenes icónicas de ese tipo: los soldados estadounidenses plantando la bandera en Iwo Jima; las torres gemelas de Nueva York derrumbándose el 11 de septiembre de 2001; el jugador de fútbol americano Colin Kaepernick hincando una rodilla en el suelo mientras suena el himno nacional de EE.UU. «Pero las cámaras no suelen acceder a la habitación de los enfermos o a los hospitales», advierte Spinney. «Tendemos a no invadir ese espacio.» Hay pocas imágenes de los espantosos síntomas que provocó la gripe de 1918, como la coloración azulada de la cara o las hemorragias auriculares. Y en las noticias actuales sobre la saturación de los hospitales, la falta de equipos de protección individual y la elevada mortalidad en las residencias geriátricas también escasean las fotografías impactantes que podrían apuntalar nuestra memoria colectiva.

Incluso si no se generan imágenes icónicas, la gente recordará cómo les afectó la COVID-19 a ellos y a su familia. Lo mismo ocurrió con la gripe de 1918: en 1974, el historiador Richard Collier publicó un libro donde recogía las experiencias de más de 1700 personas de todo el mundo. Pero, como han constatado los historiadores, la memoria colectiva experimenta altibajos en función del contexto social de la época.

Ciclos de memoria y olvido

Esta no es la primera vez que una pandemia nos lleva a reexaminar la gripe de 1918. En el siglo XX hubo otras dos pandemias de gripe, en 1957 y 1968. En ambos casos, «de repente resurge la memoria de la gran gripe», apunta Beiner. «La gente vuelve la mirada a aquel precedente, trata de hallar una cura.» Del mismo modo, las búsquedas en Google sobre la «gripe española» se dispararon en todo el mundo durante los brotes de gripe aviar en 2005 y de gripe porcina en 2009, aunque ambos picos se han visto superados por el que tuvo lugar en marzo de este año. Mientras tanto, se han multiplicado las investigaciones historiográficas sobre la gripe de 1918, lo que ha sentado las bases para el resurgimiento de su recuerdo en la esfera pública.

Beiner cree que la crisis actual cambiará el modo en que nuestra sociedad recuerda la pandemia de 1918. Entre los libros que ha reunido sobre el tema, «ninguno se ha convertido en la gran novela, ese libro que todo el mundo lee. Creo que eso podría cambiar ahora». Beiner vaticina que la COVID-19 inspirará una novela superventas o una película de éxito en torno a la gripe de 1918. Este tipo de referencias culturales ayudarían a trabar el discurso público sobre aquella pandemia, intensificando la presente ola de recuerdo social. En lo que concierne a la COVID-19, Beiner prevé que también «irá apareciendo y desapareciendo de la memoria» en las próximas décadas y señala que «el relato será complicado».

Consolidar la memoria colectiva de la gripe de 1918 también podría contribuir a crear el esquema narrativo necesario para mantener la COVID-19 en el pensamiento público una vez que acabe. Si instauramos museos, monumentos o conmemoraciones, conformarán un marco social para seguir discutiendo la crisis sanitaria actual. De hecho, la Sociedad de Historia de Nueva York ya está recopilando objetos relacionados con la COVID-19 para exponerlos en el futuro. «Creo que esta vez el impacto será mucho mayor, porque ahora somos conscientes de que no nos acordábamos de la gripe de 1918, en un sentido público», valora José Sobral, antropólogo social de la Universidad de Lisboa.

Wertsch no lo ve tan claro. «En unos pocos años», asegura, «quizás hayamos olvidado todo esto». Sospecha que la forma en que termine la pandemia del coronavirus (y si viene seguida de otras pandemias) será lo que determine cómo queda reflejada la COVID-19 en la memoria colectiva de un país. «Hasta que no conocemos el final», concluye Wertsch, «no logramos entender el principio y el desarrollo».


PARA SABER MÁS

Science, journalism, and the construction of news: How print media framed the 1918 influenza pandemic. Meg Spratt en American Journalism, vol. 18, n.o 3, págs. 61-79, 2001.

Forgetting the presidents. Henry L. Roediger III y K. Andrew DeSoto en Science, vol. 346, págs. 1106-1109, noviembre de 2014.

El jinete pálido. 1918: La epidemia que cambió el mundo. Laura Spinney. Crítica, 2018.

Collective memories across 11 nations for World War II: Similarities and differences regarding the most important events. Magdalena Abel et al. en Journal of Applied Research in Memory and Cognition, vol. 8, n.o 2, págs. 178-188, junio de 2019.

Una nueva historia de la gripe española: Paralelismos con la COVID-19. Anton Erkoreka Barrena. Lamiñarra Kultur Elkartea, 2020.

La gripe española: 1918-19. María Isabel Porras Gallo. La Catarata, 2020.


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