Tras el enlace

Ahora más que nunca, nuevas técnicas muestran que el enlace químico es una ficción conveniente, que sin embargo mantiene cohesionada el área de la química.

© JUT13/ISTOCKPHOTO

Hasta hace poco, el texto estándar sobre la teoría del enlace para estudiantes de química era el Valence de Charles Coulson (1952). La opinión de este químico teórico sobre esos palitos que tantas generaciones de alumnos han dibujado para enlazar átomos y formar moléculas está ausente del texto. «Un enlace químico no es ninguna cosa real; no existe, nadie lo ha visto nunca, ni nadie podrá. Es un producto de nuestra propia imaginación», escribió más tarde en una conferencia titulada The spirit of applied mathematics.
Existe una buena razón para posponer esa verdad incómoda. El enlace es, literalmente, el adhesivo que da coherencia a toda la disciplina; el considerarlo una realidad objetiva resulta necesario para cualquier discurso sobre química. La disciplina está de hecho entretejida de semejantes ficciones convenientes —y cuestionadas—, como la electronegatividad, el estado de oxidación, el tautomerismo y la acidez.

Las disputas sobre la descripción correcta del enlace han encrespado los ánimos de los químicos ya desde que el concepto de estructura molecular emergió a mediados del siglo xix. En la actualidad vuelven a proliferar, al tiempo que nuevas técnicas teóricas y experimentales abren nuevos caminos para investigar y cuantificar los enlaces químicos. Las medidas tradicionales como la distancia interatómica cristalográfica y la energía de disociación han sido complementadas con técnicas espectroscópicas para determinar frecuencias de vibración, métodos como la resonancia magnética nuclear para medir el desplazamiento del entorno electrónico de los átomos y sus interacciones magnéticas, la medición de constantes de fuerza (rigidez del enlace) y una legión de herramientas de la química cuántica para calcular aspectos como la distribución o localización electrónica.

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