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1 de Octubre de 2012
Neurociencia

La mente alegre

Una mejor comprensión del modo en que el cerebro genera placer podría mejorar los tratamientos contra la adicción y la depresión, e incluso crear una nueva ciencia de la felicidad.

AXS BIOMEDICAL ANIMATION STUDIO

En síntesis

Investigaciones recientes han puesto al descubierto centros del cerebro que, cuando son estimulados, aumentan las sensaciones de placer.

Estos centros hedónicos no forman parte de los circuitos de recompensa considerados en el pasado como la base de los sentimientos positivos (una ruta que hoy se cree que interviene más en el deseo que en el placer).

Las regiones cerebrales superiores reciben la información de los circuitos de placer y de recompensa para crear la representación consciente de la cálida sensación de bienestar que asociamos con la alegría.

El desacoplamiento de los sistemas cerebrales que generan el deseo y el disfrute podría dar lugar a comportamientos adictivos (una información útil en el desarrollo de nuevos tratamientos).

En los años cincuenta, el psiquiatra Robert Heath, de la Universidad de Tulane, comenzó un controvertido programa. Mediante cirugía, implantaba electrodos en el cerebro de pacientes ingresados con epilepsia, esquizofrenia, depresión y otras enfermedades neurológicas graves. Su objetivo inicial consistía en localizar la base biológica de tales trastornos y, tal vez, por medio de la estimulación artificial de esas regiones, curar al individuo.
Según Heath, los resultados fueron espectaculares. Consiguió que pacientes catatónicos dados prácticamente por perdidos fueran capaces de sonreír, conversar e incluso reír. Pero el alivio duraba poco. Cuando la estimulación cesaba, volvían los síntomas.
Con el objetivo de prolongar los efectos beneficiosos de la terapia, Heath permitió que un grupo de pacientes apretara un botón para estimularse cuando sintieran necesidad de ello. Y algunos la sentían bastante a menudo. Un paciente homosexual de 24 años al que Heath trataba de depresión (y de su deseo hacia otros hombres) necesitó estimular sus electrodos unas 1500 veces durante una sesión de tres horas. Según Heath, esta autoestimulación obsesiva provocaba en el sujeto, el paciente B-19, sensaciones de placer, estados de lucidez y de confort (bienestar). Al terminar la sesión, el paciente protestó enérgicamente.

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