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1 de Agosto de 2019
Clima

Viene mal tiempo

Los últimos desastres naturales demuestran que las tormentas invernales, lluvias torrenciales y olas de calor estivales se intensifican debido al cambio climático.

En septiembre de 2018, un anticiclón de bloqueo atrapa durante días al huracán Florence en el este de EE.UU., causando inundaciones en ciudades como Lumberton, Carolina del Norte. [JOE RAEDLE, GETTY IMAGES]

En síntesis

Los científicos pueden demostrar que es el cambio climático, y no la mera variabilidad natural del clima, lo que intensifica determinados fenómenos meteorológicos extremos a través de factores globales y regionales.

Los factores globales asociados al cambio climático consisten en temperaturas oceánicas y atmosféricas más elevadas, así como en una mayor presencia de vapor de agua en el aire.

Los factores regionales, que además pueden interaccionar con la variabilidad natural, incluyen la expansión de la zona tropical, la presencia de una masa de agua fría en el océano Atlántico y las alteraciones del vórtice polar.

Se originó de la forma habitual: como una masa desordenada de nubes sobre el océano Atlántico, cerca de la prominente costa occidental africana y justo al norte del ecuador. La presión atmosférica era baja, como suele ocurrir al final del verano. La variabilidad natural del clima terrestre genera cada año perturbaciones tropicales en esa región, que a veces se transforman en huracanes. Todos los modelos meteorológicos pronosticaron que las nubes se unirían para dar lugar a una tormenta que giraría inofensiva hacia el noroeste y pondría rumbo al centro del Atlántico, lejos de la costa.

Y eso es lo que comenzó a hacer la tormenta tropical Florence el 1 de septiembre de 2018. Pero entonces se desvió de forma obstinada hacia el oeste, aparentemente en dirección al Caribe, mientras iba organizándose. Otra alteración preocupante acechaba en las proximidades de Puerto Rico, que aún no se había recuperado de los estragos causados un año antes por el huracán María, y tres grandes ciclones giraban en el Pacífico tropical. El conjunto de tormentas obtenía su energía a partir de unas temperaturas oceánicas excepcionalmente elevadas. Estas llevan subiendo desde la década de los setenta a la par que las atmosféricas, como consecuencia de los gases de efecto invernadero. Y las tormentas se nutren del calor oceánico y del vapor de agua contenido en la atmósfera, igualmente en aumento. Todos estos incrementos constituyen efectos globales del cambio climático.

Sin embargo, una serie de factores enfrentados mantuvieron débil a Florence. Aunque eso parecía una buena noticia, inquietaba a los meteorólogos. Las tormentas más débiles son conducidas con más facilidad por los vientos de baja altura, que en ese momento soplaban de este a oeste, directamente hacia la costa oriental de EE.UU. Bordeaban el margen sur de un enorme anticiclón circular, inusualmente intenso, estancado en medio del océano Atlántico. Los anticiclones se generan de manera natural, pero los datos muestran que se estancan cada vez más a menudo, un síntoma regional de un clima más cálido. Un «anticiclón de bloqueo» similar guio al huracán Sandy en 2012 en su extraño camino del Atlántico a Nueva Jersey.

El 4 de septiembre ocurrió algo inesperado: la débil Florence sobrevoló un punto anormalmente cálido en el centro del Atlántico occidental. Impulsada por el calor, se intensificó enseguida, convirtiéndose en huracán de categoría 4 a una latitud excepcionalmente septentrional. Otro de los efectos regionales de nuestro clima cambiante es la presencia aleatoria de grandes masas de agua caliente en los océanos.

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