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En «La revolución del fitobioma» [Investigación y Ciencia, marzo de 2018], Marla Broadfoot expone las investigaciones que buscan luchar contra el hambre por medio del fitobioma, la compleja red que conforman los cultivos y otros factores ambientales, como las comunidades microbianas. Es sin duda positivo que la ciencia agraria adopte un enfoque más holístico. Sin embargo, sorprende que la autora sostenga que, en los próximos años, será necesario aumentar la producción agrícola mundial en un 70 por ciento —como concluyó en 2009 la FAO— para afrontar el crecimiento de la población y el aumento en el consumo de carne.

Antes de incrementar las cosechas, deberíamos intentar reducir las ineficiencias en la producción y la distribución de alimentos. Se calcula que en torno a un tercio de la comida de todo el mundo acaba en la basura, y la FAO ha estimado que el 6,7 por ciento de los gases de efecto invernadero globales se deben al desperdicio de alimentos. Un informe de junio de 2010 del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente defendió un cambio mundial hacia una dieta basada en plantas para luchar contra el hambre, la pobreza y el cambio climático, algo que además mejoraría la salud de las personas. De hecho, China ya ha reconocido la amenaza que representa el creciente consumo de carne para el entorno y para la salud y ha desarrollado una campaña para reducirlo en un 50 por ciento de aquí a 2030.

Olga Syraya
Düsseldorf

El artículo de Broadfoot ignora en gran medida una consecuencia importante del aumento de la producción agrícola: la bajada del precio de los cultivos. A menos que estos sean capaces de proporcionar más ingresos a pesar de la caída del precio, un mayor rendimiento puede acabar provocando más daño que beneficio para los agricultores.

Por otro lado, aunque la autora concluye con una breve mención a los problemas relacionados con el reparto de comida a quienes padecen hambre, su observación oculta otro punto clave: si dejásemos de dar nuestros cultivos al ganado, a los fermentadores de etanol y a los dictadores, es probable que ya pudiésemos alimentar a todo el planeta sin necesidad de aumentar la producción, al tiempo que reduciríamos la presión que la agricultura intensiva crea sobre el entorno. A veces, los problemas humanos requieren soluciones humanas.

Geoff Hart

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