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1 de Agosto de 2018
Epistemología

¿Cuánto podemos saber?

El alcance del método científico se ve restringido por las limitaciones de nuestros instrumentos y por la impenetrabilidad de algunas de las incógnitas más profundas de la naturaleza.

CHRIS GASH

«No es la naturaleza misma lo que observamos, sino la naturaleza expuesta a nuestro método de interrogación», escribió el físico alemán Werner Heisenberg, descubridor de la incertidumbre inherente a la física cuántica. A quienes consideren la ciencia como un camino directo hacia la verdad sobre el mundo, esta cita debe de parecerles sorprendente, quizás hasta ofensiva. ¿Acaso admitía Heisenberg que nuestras teorías científicas se hallan supeditadas a los observadores? ¿Significa que la verdad científica no es más que una gran ilusión?

Ante ello, la gente suele contraatacar con preguntas como: «¿Por qué vuelan los aviones o funcionan los antibióticos? ¿Por qué somos capaces de construir máquinas que procesan la información con tanta eficiencia?». Es innegable que tales innovaciones se basan en leyes que son independientes de nosotros. Hay un orden en el universo, el cual la ciencia revela de forma gradual.

Nadie pone en duda eso: hay orden en el universo y buena parte de la ciencia consiste en descubrir pautas de comportamiento (en los quarks, los mamíferos o las galaxias) que traducimos en leyes generales. Huimos de complicaciones innecesarias y nos centramos en las propiedades básicas del sistema estudiado. Luego construimos una narración descriptiva de cómo actúa el sistema, que en el mejor de los casos será, además, predictiva.

A menudo pasamos por alto que la metodología científica requiere interaccionar con el sistema objeto de estudio. Observamos su comportamiento, medimos sus propiedades y construimos modelos para comprenderlo. Y, para ello, necesitamos herramientas que se adentren más allá de nuestro alcance sensorial: en lo muy pequeño, lo muy rápido, lo muy lejano o lo inaccesible, como el interior del cerebro o el núcleo de la Tierra. No observamos la naturaleza misma, sino la naturaleza según la discernimos a través de los datos de nuestros instrumentos. Y, puesto que esas herramientas son limitadas, observamos con ojos necesariamente miopes. Vemos la naturaleza solo hasta cierto punto, y nuestra siempre cambiante visión científica refleja esta limitación fundamental.

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