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  • Investigación y Ciencia
  • Agosto 2018Nº 503

Desarrollo

La placenta, el primer órgano del bebé

Los estudios recientes indican que hace mucho más que transportar oxígeno y nutrientes al feto y eliminar los desechos y el dióxido de carbono.

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Los médicos creyeron durante décadas que el virus del Zika solo acarreaba consecuencias leves para el ser humano. Pero el brote acaecido en Brasil durante 2015 dejó patente que puede pasar de la madre al nonato con consecuencias dramáticas. En ocasiones el virus mata al feto y en otras le deja graves secuelas cerebrales, como la microcefalia (cabeza anormalmente pequeña). Es una incógnita cómo logra llegar hasta él, pues para ello debe atravesar la placenta, órgano que lo conecta con la madre y que impide el contagio maternofilial de otros virus semejantes transmitidos también por mosquitos, como los causantes del dengue o la fiebre amarilla.

Ante esa y otras incógnitas, en los últimos años la placenta ha pasado a ser el centro de atención de nuevas investigaciones. Como primer órgano surgido tras la concepción, además del más grande, es producto del embrión, no de la madre, y es responsable, entre otros cometidos, de suministrar los nutrientes y el oxígeno y de eliminar los desechos. A pesar de su cometido capital en la gestación, se puede afirmar que es el órgano menos conocido.

La vulnerabilidad de la placenta frente al virus del Zika no es el único misterio. Hace mucho que nos preguntamos cómo es posible que el sistema inmunitario de la madre no reconozca como extraños la placenta y el feto y no acabe atacándolos. Y es que no solo se inhibe, sino que contribuye al desarrollo y al funcionamiento del órgano placentario.

La investigación emprendida por nuestros laboratorios y por otros ha comenzado a dar respuestas fascinantes a esas preguntas. Ahora empezamos a saber que muchas de las complicaciones del embarazo —antes achacadas a problemas propios de la madre— realmente tienen su origen en defectos de la placenta o de su interacción con el útero. Es más, pequeñas variaciones en ella pueden afectar a la salud en momentos posteriores de la vida.

Desarrollo acelerado
El halo de misterio que envuelve a la placenta es denso, pero hay dos cosas claras: la anatomía y las etapas básicas de su desarrollo. En el momento del alumbramiento, la placenta, con su forma de disco o torta, pesa alrededor de medio kilo y consta de dos caras claramente distintas: una permanece adosada a la pared del útero hasta el parto y semeja una esponja empapada en sangre, la otra, orientada hacia el bebé, alberga una maraña de vasos sanguíneos que confluyen en el cordón umbilical.

La placenta crece con suma rapidez porque debe asumir las funciones de otros órganos incipientes hasta que estos sean plenamente funcionales: metaboliza los nutrientes, como el hígado; intercambia el dióxido de carbono por oxígeno, como los pulmones; y elimina los desechos, como los riñones. Menos de una semana después de que el espermatozoide haya fecundado el óvulo, un grupo de células especializadas emerge en la superficie del embrión para formar el trofoblasto. Su primera misión, aparte de segregar hormonas que alerten al cuerpo materno de la presencia del nuevo ser, consiste en adentrarse profundamente en la pared uterina. El trofoblasto se divide con rapidez creando ramificaciones que invaden el útero. Una capa de células conforma el citotrofoblasto. Otra capa, esta de células fusionadas, el sincitiotrofoblasto, dará lugar a la superficie de la placenta. Poco a poco, el órgano adquiere su contorno discoidal, adherido a la pared uterina por estructuras ramificadas.

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