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  • Investigación y Ciencia
  • Agosto 2018Nº 503
Libros

Reseña

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La vida y el cosmos

Una audaz reflexión sobre los orígenes de la vida en la Tierra y su posible existencia en otros rincones del universo.

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LIFE THROUGH TIME AND SPACE
Wallace Arthur
Harvard University Press, 2017

Cuando se habla del origen extraterrestre de la vida, se alude por lo común a moléculas precursoras de lo que pudo ser la sopa inicial de la que emergieron los primeros aminoácidos, bases nucleotídicas o lípidos que conformaran una protomembrana. Los objetos preferidos eran los meteoritos. Más recientemente, en 2017, se ha descubierto un nuevo vivero: las nubes protoplanetarias de polvo y gas que rodean a las estrellas jóvenes. Dos equipos de científicos detectaron signos de isocianato de metilo, una molécula prebiótica, en las nubes que rodean a dos estrellas de tipo solar de formación reciente. Usando datos del Observatorio de Atacama, en Chile, los investigadores hallaron que un joven sistema multiestelar, IRAS 16293-2422, emitía múltiples líneas espectrales características de este compuesto. El isocianato de metilo forma enlaces peptídicos que mantienen unidos los aminoácidos en las proteínas [véase «El origen astroquímico de los sistemas planetarios y la vida», por Rafael Bachiller; Investigación y Ciencia, abril de 2015].

Wallace Arthur, biólogo de profesión y astrónomo de afición, opta por un planteamiento más apriorístico en Life through time and space, lo que no significa menos riguroso. El libro versa sobre nuestro origen, nuestro destino, nuestro lugar en el universo y la verosimilitud de vida inteligente en el cosmos. Escrito en una serie de siete tripletes de capítulos, se repite en cada uno de ellos la misma secuencia temática: astronomía, evolución y embriología. La lógica subyacente no es, ni mucho menos, evidente.

Sea, por ejemplo, el triplete titulado «De las estrellas a los embriones». Este presenta un primer capítulo astronómico sobre la observación de las galaxias; un segundo evolutivo dedicado a Homo habilis,y un tercero embriológico en torno al desarrollo del cerebro. Arranca de una hipótesis sacada, diríase, del ámbito de la fantasía científica: la existencia de habitantes de Andrómeda (posibilidad que el autor cree real).

Para distinguir la galaxia de Andrómeda en el firmamento, atendamos a un grupo de cinco estrellas brillantes que conforman una W. Se trata de la constelación de Casiopea, una de las más conspicuas del cielo nocturno del hemisferio norte. La galaxia de Andrómeda se encuentra entre esta y la constelación homónima. Consta de cientos de miles de millones de estrellas. Sabemos que en torno a la mayoría de los soles de una galaxia orbitan planetas, algunos de los cuales serán semejantes a la Tierra. Supongamos que en alguno de ellos hay vida inteligente.

Imaginemos ahora que la potencia de sus telescopios les permite no solo divisar la Tierra, sino también los individuos que la habitan. La galaxia de Andrómeda se encuentra a unos 2,5 millones de años luz. Por tanto, los andromeditas que observaran la Tierra hoy no nos verían a nosotros, sino a los protohumanos que nos precedieron, quizá de la especie Homo habilis, con un cerebro de entre 500 y 800 centímetros cúbicos.

En cuanto humanos, nuestro cerebro es inexistente al comienzo del desarrollo. En sus fases iniciales, el embrión humano no solo carece de cerebro, sino también de células nerviosas. El óvulo fecundado no posee aún indicios de sistema nervioso. Tampoco los tiene el embrión que ya cuenta con un centenar de células. Tras una proliferación celular, por fin aparece a lo largo de la línea media dorsal un precursor de nuestro sistema nervioso central. Después de diversos procesos, este adquiere una configuración tubular: el tubo neural, que formará el cerebro en la cabeza y el cordón espinal a lo largo del cuerpo.

El cerebro humano constituye, sin duda, la pieza material mejor organizada del sistema solar. Por supuesto, más que cualquier otro cerebro animal, por no hablar del sistema de anillos y lunas de Saturno. Pero la naturaleza de un sistema y otro es diferente. Los humanos hemos tendido a considerarnos en el pináculo de la materia viva, el centro del universo. Pero, desde Copérnico, sabemos que no lo somos. Si existe una inteligencia alienígena, a buen seguro no se encontrará en el centro de las estrellas ni en el espacio interestelar, sino que habremos de buscarla en planetas semejantes al nuestro [véase «(In)trascendencia cósmica», por Caleb Scharf; Investigación y Ciencia, marzo de 2015].

La audacia intelectual del autor le lleva a proponer una curiosa interpretación de la explosión del Cámbrico. No habría constituido tanto un acto creador de filos y especies, de acuerdo con la interpretación habitual, sino de intensa fosilización. ¿Qué tipos de fósiles habría hace 550 millones de años? En su mayoría pertenecerían a la biota ediacárica, así llamada por las colinas de Ediacara, al sur de Australia, donde se descubrieron. Los organismos correspondientes tomarían una forma indescifrable: potentes (hasta de un metro) y, sin duda, multicelulares. Unos parecerían animales (gusanos segmentados) y otros vegetales. Arthur aventura que incluso tal vez no fueran ni lo uno ni lo otro, sino que quizá pudieran haber pertenecido a un reino multicelular hoy extinto.

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