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  • Investigación y Ciencia
  • Agosto 2018Nº 503

Arqueología

Los cautivos que cambiaron el mundo

A lo largo de la historia, las personas sometidas a cautividad, en su mayoría mujeres y niños, fueron uno de los motores de la evolución de las sociedades modernas.

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En 2014, cuando las tropas del ISIS invadieron los pueblos yazidi de Siria e Irak, mataron a los hombres y se llevaron a las mujeres y a las niñas. A algunas de solo 12 años de edad las convirtieron en «esposas», esclavas sexuales de los combatientes. Este horror no es nuevo: se trata de la misma pesadilla que llevan soportando las cautivas desde tiempos inmemoriales.

Llevo una década analizando la cautividad en culturas prehistóricas e históricas. Soy arqueóloga y estudio sociedades pequeñas: grupos inferiores a 20.000 personas, emparentadas por consanguinidad o matrimonio y cuyos líderes poseen un poder relativamente limitado. La cautividad era omnipresente en estas sociedades: las crónicas de los primeros viajeros, las etnografías, los relatos de los propios cautivos y los textos de los arqueólogos hacen referencia a la cautividad en cada rincón del mundo, desde el norte de Europa hasta Sudamérica. Mi examen de estos escritos representa el primer intento de llevar a cabo un análisis transcultural del rapto y sus consecuencias.

El mundo que describen esos documentos contrasta con la imagen idealizada de unas comunidades pequeñas cuyos miembros se trataban como iguales. En la mayoría de estas sociedades había personas que no tenían acceso a los mismos recursos y beneficios que los demás. Algunas eran huérfanas, discapacitadas o delincuentes. Pero en su mayoría se trataba de cautivos procedentes de otros grupos, y podían constituir hasta el 25 por ciento de la población de algunas sociedades pequeñas. Como no tenían parientes, se convertían de inmediato en marginados. En muchos casos, los autóctonos ni siquiera los veían como humanos.

Aunque los cautivos constituían el estrato social más bajo de las sociedades a las que se incorporaban, influyeron en ellas de un modo muy profundo. Enseñaron a sus captores nuevas ideas, creencias y técnicas procedentes de sus comunidades de origen, y desempeñaron papeles clave en la creación de estatus, desigualdad y riqueza entre sus secuestradores. Ello podría haber sentado las bases para la aparición de una estructura social mucho más compleja: la sociedad de nivel estatal, donde una persona o un grupo posee gran poder y autoridad sobre una población de más de 20.000 personas, y en la que la pertenencia a la comunidad no se construye por lazos de parentesco, sino según la clase social o la residencia dentro de las fronteras del Estado-nación. Con toda la miseria que soportaron, los cautivos cambiaron el mundo.

Tomados por la fuerza
La toma de cautivos se hacía por medio de guerras o incursiones. Durante su primer viaje a las Américas en 1492, Cristóbal Colón oyó hablar de la ferocidad de los kalinago (o caribes), de las Antillas menores. Documentos de los siglos XV y XVI revelan que viajaban cientos de kilómetros en sus canoas para atacar otras islas y robarles sus bienes y a su gente. Al regresar a casa, mataban en rituales a los varones adultos que capturaban. Emasculaban a los chicos y los usaban como esclavos hasta que alcanzaban la edad adulta, momento en que eran sacrificados. Las mujeres jóvenes ingresaban en la sociedad kalinago como concubinas o sirvientas de las esposas de sus captores. Los cazadores recolectores de la costa noroccidental de América del Norte hacían incursiones en busca de cautivos para esclavizarlos o intercambiarlos por bienes.

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