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Máquinas inteligentes: ¿un nuevo estadio vital?

Claves para entender el impacto de una revolución que ya está en marcha.

VIDA 3.0
SER HUMANO EN LA ERA DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL
Max Tegmark
Taurus, 2018

Nos encontramos en la aurora de una nueva era. Lo que antaño pertenecía al dominio de la imaginación se está haciendo realidad merced a la inteligencia artificial, la cual está transformando la ciencia, la técnica, el derecho, el trabajo, la sociedad e incluso el significado de lo genuinamente humano. Por encima de cualquier otro logro, la inteligencia artificial encierra potencial para revolucionar nuestro futuro colectivo.

Uno de los pioneros en la investigación sobre las repercusiones de la inteligencia artificial es el autor de este libro, cofundador del Instituto del Futuro de la Vida y profesor de física en el Instituto de Tecnología de Massachusetts. El centro, dedicado a mejorar el futuro a través de la técnica, investiga sobre los riesgos existenciales a los que se enfrenta la humanidad. Ha recibido subvenciones millonarias de filántropos como Elon Musk para estudiar, en particular, la seguridad de la inteligencia artificial, sobre la que ha publicado una lista de principios esbozados por investigadores y pensadores como el propio Musk, Stephen Hawking, David Chalmers, Sam Harris, Donald Knuth y Ray Kurzweil.

En Vida 3.0, Tegmark se ocupa de la evolución de la inteligencia artificial. En nuestro dominio de las máquinas superinteligentes se cifra la clave de que la vida siga floreciendo en los próximos miles de millones de años en el universo. Para él, la vida es un sistema autorreplicante de procesamiento de la información. Y, lo mismo que nuestro universo, la vida fue ganando en complejidad e interés. Al hilo de estas reflexiones, Tegmark clasifica la vida en tres niveles de complejidad: 1.0, 2.0 y 3.0.

En la Tierra, la vida apareció hace 3800 millones de años. Durante largo tiempo, nuestro planeta abundó en formas de vida. Las más exitosas dejaron fuera de competencia al resto y aprendieron a reaccionar ante los cambios del entorno. Para ello necesitaron procesar información procedente del medio. Muchas bacterias, por ejemplo, poseen un «sensor» que les permite medir la concentración de azúcar en el líquido circundante; al mismo tiempo, nadan sirviéndose de flagelos. El hardware que asocia el sensor a los flagelos ejecuta un algoritmo sencillísimo: si detecta una concentración de azúcar inferior a la de hace un par de segundos, el organismo invierte la rotación de los flagelos y cambia su sentido de movimiento. Tales bacterias ejemplifican la vida 1.0, ya que ni su hardware ni su software han sido diseñados, sino que han evolucionado. En este estadio, la vida solo posee replicación, y la adaptación solo se da a través de la evolución.

El ser humano representaría la vida 2.0: el estadio cultural. Su hardware ha evolucionado, pero el software, en buena medida, ha sido objeto de diseño. Por software se entiende aquí todos los algoritmos y conocimientos que empleamos para procesar la información procedente de los sentidos y tomar decisiones. Los humanos somos capaces de aprender, de adaptarnos a entornos cambiantes y de alterar dichos entornos. Sin embargo, no podemos modificarnos físicamente a nosotros mismos. La capacidad de la vida 2.0 para diseñar su propio software la dota de mayor inteligencia que la alcanzada por la vida 1.0. Una inteligencia que requiere cantidades ingentes de hardware (hecho de átomos) y de software (hecho de bits). Este estadio de la vida es también más flexible que el precedente, pues puede adaptarse casi de inmediato con una «actualización del software». Fue esa flexibilidad la que permitió a la vida 2.0 dominar la Tierra.

Si la vida 1.0 corresponde al estadio biológico y la 2.0 al cultural, la vida 3.0 nos lleva al estadio tecnológico, en el que se diseñan tanto el hardware como el software. La vida 1.0 comenzó su andadura sobre la Tierra hace unos 3800 millones de años; la vida 2.0 lo hizo hace unos 100.000 años, y muchos piensan que la vida 3.0 podría asentarse la centuria próxima [véase «Moldeados por la tecnología», por Ricard V. Solé; Investigación y Ciencia, noviembre de 2016].

En ese futuro, la inquisición sobre la consciencia ocupará un puesto central. De estar confinada a los límites de la especulación filosófica y ser considerada ajena al mundo de la ciencia, la consciencia se ha vuelto condición sine qua non para cualquier teoría del todo que se precie. De ahí la función nuclear que desempeña en Vida 3.0, cuyo texto corona. Detengámonos brevemente en ella.

Buena parte del debate actual se centra en la consciencia fenoménica. Por tal se entiende el concepto subjetivo que uno tiene de sí mismo, la sensación de ser algo peculiar. Los fenómenos o acontecimientos que podemos calificar de conscientes son los que podemos exponer, recordar, aquellos a los que podemos ofrecer una respuesta emotiva, convertir en nuestros objetivos o los que nos ayudan a tomar decisiones. Deben ser, pues, accesibles para un amplio espectro de estados mentales diferentes, sistemas y facultades. Afirmar que la reflexión constituye un proceso consciente es declarar que sus contenidos son globalmente accesibles.

Los avances en neurociencia, conectómica y técnicas de formación de imágenes han arrojado luz sobre las bases celulares y moleculares del comportamiento de organismos muy dispares. ¿Cómo se produce el paso de los estados neuronales del cerebro a los estados fenoménicos de la consciencia? De acuerdo con el texto clásico de Nagel, ¿cómo siente un murciélago que es murciélago? ¿Cómo sabe el pez el rango social que ocupa? Son múltiples las explicaciones del contenido de la consciencia. Para asentar cualquier hipótesis y teoría se exige el modelo animal, el método experimental y la técnica de neuroimagen idóneos; sin desechar la introspección, cuya precisión depende de la región cerebral implicada.

¿Y la teoría de la información? Cuatro son las condiciones necesarias que debe cumplir el proceso de información para considerarlo consciente: un sistema consciente posee una capacidad sustancial de almacenamiento de información (principio de la información); tiene una capacidad sustancial de procesamiento de la información (principio dinámico); tiene independencia sustancial del resto del mundo (principio de independencia), y no puede constar de partes independientes (principio de integración). Al respecto, cobra interés la tesis de Giulio Tononi sobre la consciencia y su idea de la información integrada, magnitud que mediría el conocimiento mutuo entre las partes componentes de un sistema [véase «Consciencia artificial», por Christof Koch y Giulio Tononi; Investigación y Ciencia, agosto de 2011]. Tegmark entiende la consciencia como un fenómeno emergente, con propiedades más allá de las características de las partículas elementales.

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