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  • Agosto 2018Nº 503

Neurociencia

Sobreestimular a los bebés

Cientos de juguetes se publicitan como útiles para el aprendizaje, la lectura, la aritmética e incluso para dar los primeros pasos, pretensión que en buena parte carece de base científica.

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Cuando el hijo de Seth Pollak cumplió un año, su mujer y él se acercaron a una conocida cadena de jugueterías, no lejos de su casa en Madison, Wisconsin, para comprar un mordedor; nada especial, un aro de dentición refrigerante con el que aliviar el dolor de encías. Después de atravesar pasillos repletos de bicicletas y peluches, llegaron a la estantería buscada. Tomaron un paquete con un aro, nada barato, en el que se leía: «Fomenta la motricidad bucal y el desarrollo del lenguaje».

La pareja nunca había oído semejante reclamo publicitario, a pesar de que parecía importante. Unos padres corrientes, preocupados por que sus hijos puedan padecer algún retraso del desarrollo, podrían haber comprado el producto sin pensárselo dos veces. Pero Pollak y Saffran no son unos padres típicos. «Mi mujer es una de las mayores expertas en el desarrollo del lenguaje y ambos somos doctores en psicología del desarrollo. Cuando lo vimos, pensamos: «¿Pero qué es esto? ¿Cómo es posible que morder algo frío fomente el lenguaje?», explica Pollak.

No hay pruebas que lo demuestren. Y ese reclamo publicitario es solo un ejemplo de lo alejadas que están la investigación científica y la publicidad comercial en lo que concierne al desarrollo infantil.

Todos los padres desean que su bebé aprenda cuanto antes mejor. ¿Por qué no recurrir a los juguetes para conseguirlo? Si tu hijo juega con el artilugio conveniente en el momento oportuno, según reza la estrategia de venta, tendrá más posibilidades de ser más listo y más hábil que otros bebés.

Pero la sola idea de que la finalidad de un juguete sea dotar a tu hijo de una ventaja «es no comprender la esencia de lo que ocurre en el desarrollo», explica Alison Gopnik, columnista y destacada psicóloga infantil de la Universidad de California en Berkeley. Aunque los expertos pudieran idear ese tipo de productos, «habríamos acabado con la razón de ser de la infancia», la cual, defiende, es que el niño madure por sí mismo.

Desde los móviles de cuna en blanco y negro que supuestamente captan la atención del bebé o las orugas electrónicas con las que aprende a programar, en Estados Unidos se ha desatado una fiebre por los juguetes que fomentan el desarrollo infantil. Pero ¿funcionan? Gopnik, como muchos otros psicólogos del desarrollo, cree que una gran distancia separa estos productos y la investigación científica. Con demasiada frecuencia, el reclamo publicitario del juguete se basa en pruebas dudosas o nulas.

A pesar de todo, la facturación de juguetes educativos crece con rapidez, y se calcula que en EE.UU. rondará los 4000millones de euros en 2018, según la empresa de investigación Technavio. Los entendidos sostienen que el motivo es la profunda inseguridad de los padres. ¿Diste de mamar a tu hija demasiado tiempo? ¿No lo suficiente? ¿Llevas a tu hijo al colegio adecuado? Si tu bebé no gatea, no camina, no habla, no lee e incluso no hace cálculos matemáticos pronto, entonces es que lo está haciendo tarde.

«Los niños viven rodeados de una cultura del pánico, de la preocupación: “Dios mío, te estás quedando atrás”», denuncia Barbara Sarnecka, científica del conocimiento de la Universidad de California en Irvine, que estudia la adquisición del lenguaje y de las aptitudes matemáticas.

Aunque los especialistas intentan con afán conocer el desarrollo del cerebro y ayudar a los bebés y niños pequeños que de veras sufren un retraso social o del desarrollo, muchos fabricantes de juguetes insinúan que es posible sobreestimular a todos los niños ¿Existen pruebas que sustenten esa afirmación?

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