El nido de amor de las cacerolas

Una investigadora dedicó 10 años a estudiar la reproducción de las cacerolas de las Molucas.
Ingo Arndt, Minden Pictures
Carmela Cuomo pensaba que tenía el secreto al alcance de la mano, escondido en un acuario negro y somero del Laboratorio de Pesquerías Marinas de la Administración Nacional de la Atmósfera y el Océano de EE.UU., en Milford, Connecticut. Los xifosuros, o cacerolas de las Molucas, que había recolectado del puerto de New Haven en 2000 se apresuraban en su ritual primaveral: excavaban agujeros en la arena, ponían huevos y los fecundaban. Intentaba conocer la combinación de luz, alimento y propiedades químicas que favorecían la cría en esos animales de 500 millones de años de antigüedad. Pero al año siguiente, antes de poder averiguarlo, los xifosuros dejaron de aparearse y el secreto se le escapó.
Cuomo, ambientóloga de la Universidad de New Haven, continuó buscando la respuesta durante diez años en los acuarios de Milford, en laboratorios de su universidad y en una serie de acuarios en el sótano de su casa. Ahora, finalmente, ha empezado a desentrañar el misterio.
La resolución de esa incógnita tendrá implicaciones prácticas importantes. Nadie, como no sea por accidente, ha conseguido que las cacerolas de las Molucas se apareen en cautividad. Si se ideara una manera de criarlos, las poblaciones naturales de estos arácnidos, distribuidas a lo largo de la costa atlántica de los Estados Unidos y en Asia oriental, se verían libres de la presión que sobre ellas se ejerce. Las industrias farmacéuticas y de productos médicos valoran estos artrópodos acorazados porque una sustancia coagulante que extraen de su sangre representa el estándar mundial para detectar las mortíferas bacterias gramnegativas. Sus huevos son también una fuente de alimento vital para las aves litorales migratorias. Y una enorme industria pesquera los utiliza como cebo.
Cuando las cacerolas de Cuomo no se aparearon en 2001, la investigadora se dedicó a reproducir las mareas, alterar el ángulo de sus playas artificiales y cambiar el alimento de los animales. Cada año modificaba los parámetros, pero nada funcionaba. Después, en 2007, en una conferencia internacional sobre cacerolas de las Molucas, Cuomo oyó que un anciano investigador japonés hablaba de criar a xifosuros en tierra extraída de la playa en la que se habían puesto los huevos. Se dio cuenta entonces del error de sus experimentos: no había empleado arena natal. El único año que había conseguido que los xifosuros se reprodujeran había tomado para su acuario la arena y los arácnidos del mismo lugar. Lo intentó de nuevo... y las cacerolas se aparearon, no solo en la estación habitual, a finales de primavera, sino hasta el mes de octubre. La investigadora ha repetido el proceso, con igual éxito.
Ahora, impulsada por su curiosidad innata, Cuomo intenta desvelar otras incógnitas: ¿Qué hay en la arena que resulte tan importante para la reproducción de los xifosuros? ¿Cómo lo notan los animales? Y, por último, ¿puede ella ayudar a salvar a la especie?

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