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  • Investigación y Ciencia
  • Octubre 2003Nº 325

Astronomía

Las estrellas binarias

Al descubrir su verdadera naturaleza, William Herschel extendió las leyes de la física más allá del sistema solar. Hoy día son un verdadero laboratorio de astrofísica.
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El jesuita Giovanni Baptista Riccioli observaba con un telescopio en 1650, en Palermo, que la estrella Mizar de la Osa Mayor aparecía doble, con una separación angular de 14” entre las dos componentes. Una de ellas se revelaría a su vez como un sistema de dos estrellas casi dos siglos y medio más tarde, en 1889, gracias a las observaciones espectroscópicas del norteamericano Edward C. Pickering. Sería la primera binaria espectroscópica conocida, es decir, descubierta por el análisis de su espectro y no por medio de una observación directa. Entre tanto, fueron apareciendo más estrellas dobles o múltiples. Christian Huyghens había visto ya en 1656 que qOrionis, en el Trapecio de Orión, se resolvía en varias estrellas; en 1664 Robert Hooke comprobó que el telescopio desdoblaba gArietis. Durante el mismo sigloXVII, dos misioneros jesuitas hallaron un par de estrellas dobles más: aCrucis, descubierta por el padre Fontenay en el Cabo de Buena Esperanza en 1685, y aCentauri, descubierta por el padre Richaud en 1689 cuando observaba un cometa en Pondicherry, en la India.
Para 1781, Christian Mayer había descubierto con su telescopio la duplicidad de hasta 89 estrellas y aventurado la hipótesis de que algunas pudieran ser sistemas físicos reales. Sin embargo, la opinión general era que se trataba de un simple fenómeno de perspectiva óptica: las dos estrellas, separadas en realidad por una gran distancia, aparecían por azar muy próximas en la visual. Las dos componentes de una binaria suelen ser estrellas de magnitudes aparentes muy distintas, una brillante y la otra débil; puesto que se creía que la luminosidad intrínseca de todas las estrellas tenía que ser más o menos igual, se pensaba que una estaría cerca y la otra lejos. Por eso, aunque John Michell había demostrado en 1767, basándose en el cálculo de probabilidades, que la existencia de un número tan grande de estrellas dobles no podía deberse al azar, las cábalas de Mayer sobre la posibilidad de que una estrella pequeña girase en torno de otra mayor no fueron tomadas en serio por casi nadie.

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