Así escuchan las aves su canto

Según diversos estudios, las aves prestarían más atención a los sutiles matices acústicos, imperceptibles para el oído humano, que a las melodías que nos cautivan.

Diamantes cebra australianos. [TIM FLACH]

En síntesis

Las aves no perciben su canto como nosotros, pues prestan más atención a los sutiles matices vocales que a las melodías que nos deleitan.

El sesgo sensorial inherente del oído humano había ocultado ese hecho, que los avances técnicos y los experimentos han desvelado últimamente gracias al análisis de la estructura fina del canto.

La capacidad de generación y modulación del sonido de la que hacen gala en especial las aves canoras reside en la siringe, un órgano fonador especializado sin equivalente en los demás vertebrados.

El canto de los pájaros, algo que muchos han apreciado más que nunca durante la pandemia, nos evoca paralelismos con la música y el lenguaje. Discernimos melodías en el variado repertorio del chingolo cantor (Melospiza melodia), estructuras que semejan oraciones en la voz del sargento alirrojo (Agelaius phoeniceus) y alegres silbidos en los trinos del chingolo gorjiblanco (Zonotrichia albicollis).

El canto, que ha intrigado a los naturalistas desde la época de Aristóteles, suele definirse como las largas y, en ocasiones, complejas vocalizaciones que profieren las aves para atraer a una pareja o delimitar su territorio. Los estudiosos actuales lo diferencian de los reclamos, de ordinario más breves, sencillos e innatos y con muy diversos cometidos, como el de advertir de la proximidad de un depredador o de una fuente de alimento. Esta distinción dista de ser absoluta, pues el canto de algunas especies es más sencillo que sus reclamos. Aun así, cuando aquí hable de canto me estaré refiriendo a las tonadas más largas y complejas, no a las piadas breves.

La terminología al uso referente al canto de las aves, tanto la del profesional como la del aficionado, demuestra que lo percibimos como si fuera música o lenguaje. Si ahondamos en la jerga, cuando los ornitólogos analizan el canto lo descomponen en unidades más pequeñas, llamadas notas o sílabas. Luego agrupan las sílabas en secuencias (frases o temas) que tienen ritmos y tempos característicos. Así se pueden medir aspectos que posiblemente sean importantes, como la cantidad de tipos silábicos que conforman el repertorio de una especie o los patrones que siguen las frases. Estas descripciones son similares a las que definen las relaciones existentes entre las palabras en la sintaxis humana o entre las notas que forman las composiciones musicales.

Pero ¿qué piensan las aves de todas esas características? ¿Cómo interpretan los cantos? Una reciente investigación acometida con mis compañeros, que viene a sumarse a la labor de un creciente número de colegas de todo el mundo, ha revelado que no perciben su canto como nosotros. Es más, al parecer no prestan demasiada atención a las melodías que tanto nos gustan, sino a los sutiles matices vocales que quedan fuera del alcance de la percepción humana.

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