El increíble viaje de las Voyager

Las naves espaciales que más se han alejado de nuestro planeta se están adentrando en una región inexplorada: el espacio interestelar.

[NASA/JPL-CalTech]

En síntesis

En 1977 se lanzaron las sondas Voyager 1 y 2, con la idea de que visitasen Júpiter y Saturno en una misión de cuatro años.

Esas naves no solo ofrecieron las primeras imágenes cercanas de los satélites de esos planetas, sino que también descubrieron numerosas lunas, y una de ellas acabó visitando Urano y Neptuno.

Cuarenta y cinco años después de su lanzamiento, las sondas Voyager siguen funcionando y enviando datos mientras se adentran en el espacio interestelar, donde no había llegado ninguna nave fabricada por el hombre.

Sin embargo, la singladura de estas naves está llegando a su fin: la NASA comenzará pronto a desconectar algunos de sus sistemas, para reservar energía y prolongar su viaje sin precedentes hasta más allá de 2030.

Si no se hubieran alineado los astros, no habrían llegado a despegar dos de las naves espaciales más extraordinarias jamás lanzadas. En este caso, en realidad, los que se alinearon fueron los planetas: los cuatro más grandes del sistema solar. Hace unos sesenta años, estaban adoptando poco a poco una configuración que no acontecía desde los albores del siglo xix. Durante algún tiempo, esa inusual danza planetaria pasó desapercibida. El primero que la puso de relieve fue Gary Flandro, que a la sazón realizaba un doctorado en aeronáutica en el Instituto de Tecnología de California (Caltech).

Corría 1965, y la era de la exploración espacial acababa de comenzar: solo hacía ocho años que la Unión Soviética había lanzado el primer satélite artificial, el célebre Sputnik 1. A Flandro, que trabajaba a tiempo parcial en el Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA, le habían encomendado hallar la forma más eficiente de mandar una nave espacial a Júpiter, o incluso a Saturno, Urano o Neptuno. Armado con uno de los instrumentos de precisión favoritos de los ingenieros del siglo xx —un lápiz—, representó las trayectorias orbitales de esos planetas gigantes y descubrió algo interesante: a finales de los setenta y principios de los ochenta, los cuatro quedarían engarzados como las perlas de un collar celestial, formando un largo arco junto con la Tierra.

Esa coincidencia significaba que un vehículo espacial podría aumentar su velocidad aprovechando el tirón gravitatorio de cada planeta gigante por el que pasara, como si fuera arrastrado por un cordel invisible que se rompiese en el último segundo y lanzara la sonda hacia su destino. Flandro calculó que esas múltiples «asistencias gravitatorias» servirían para reducir el tiempo de vuelo entre la Tierra y Neptuno de 30 a 12 años. Pero había una pega: el alineamiento solo se daba cada 176 años. Para alcanzar los planetas antes de que abandonaran esa disposición, habría que lanzar la nave hacia mediados de los setenta.

Al final, la NASA construyó dos vehículos espaciales para aprovechar esa oportunidad única. Las sondas Voyager 1 y 2, completamente idénticas, despegaron con 15 días de diferencia en el verano de 1977. Tras casi 45 años en el espacio, siguen funcionando y envían cada día datos a la Tierra desde más allá de los planetas más remotos del sistema solar. Han viajado más lejos y han subsistido más que ninguna otra nave. Y han entrado en el espacio interestelar, de acuerdo con nuestras ideas sobre la frontera entre la esfera de influencia del Sol y el resto de la galaxia. Son los únicos objetos fabricados por el hombre que lo han logrado, y seguirán ostentando esa distinción durante algunos decenios más, como poco. No está nada mal, teniendo en cuenta que la previsión inicial era que las misiones Voyager durasen tan solo cuatro años.

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