Entender la desertificación para detenerla

La desertificación es un proceso complejo cuya definición ha estado rodeada de ambigüedad y controversia, lo que ha dificultado abordarla. Los programas e iniciativas actuales para contrarrestarla deben aprender de los errores del pasado.

La agricultura intensiva de regadío en las zonas áridas, como la que se practica en el sureste peninsular, provoca la sobreexplotación de los acuíferos y aumenta el riesgo de de desertificación. [Alberto Guerrero]

En síntesis

Uno de los principales problemas ambientales que existe en el mundo es la desertificación, que se está agravando debido a la creciente aridez del planeta y la mala gestión del territorio.

La aplicación de medidas para frenarla o revertirla se ha visto lastrada por la dificultad de definir con precisión este proceso complejo, desencadenado por una combinación de variables biofísicas y socioeconómicas.

En España, especialmente vulnerable debido a sus condiciones climáticas, el auge de la agricultura y la ganadería intensivas de las últimas décadas ha acentuado la desertificación. La restauración ecológica y la ordenación del territorio son instrumentos esenciales para contrarrestarla.

Cada cierto tiempo renace el interés por la desertificación, a colación de alguna catástrofe ligada al cambio climático, como una sequía prolongada, un episodio de lluvias torrenciales e inundaciones que arrasan un territorio, o un incendio forestal devastador. Ejemplos recientes de ello son la total desecación de las marismas del Parque Nacional de Doñana o los incendios de grandes dimensiones que han asolado nuestro país este verano. En los medios de comunicación, esta atención coyuntural suele venir acompañada de un lenguaje grandilocuente e imágenes de desiertos y hambrunas.

Se tiende a identificar la desertificación con los desiertos, que se perciben como una suerte de monstruos con voluntad propia que arrasan territorios fértiles y prósperos. Sin embargo, los desiertos son ecosistemas complejos y maduros fruto de unas condiciones extremas de aridez. Por el contrario, la desertificación es un proceso que permanece latente, propio de las zonas áridas, desencadenado por unas intervenciones humanas inadecuadas. Pero ¿en qué consiste exactamente este proceso? ¿Cuáles son sus causas? ¿Qué actuaciones permiten evitarlo o revertirlo?

Como veremos, la desertificación es un concepto enrevesado rodeado de ambigüedad y controversia. La definición oficial es la propuesta en 1994 por la Convención de Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (CNULD), el principal instrumento que aborda el proceso a escala mundial. La describe como «la degradación de las tierras áridas, semiáridas y seco-subhúmedas como consecuencia de las variaciones climáticas y las actividades humanas», entendiendo la degradación como «la reducción o pérdida de la productividad biológica o económica y de biodiversidad».

Una definición tan amplia, unida a la atención circunstancial que recibe la desertificación, contribuyen a que su significado se tergiverse y, como consecuencia, se reduzcan las posibilidades de contrarrestarla. Prueba de ello son las soluciones que intentan frenarla cuando ya está demasiado avanzada, que conllevan grandes inversiones y pocas garantías de éxito. Es el caso de la construcción de grandes infraestructuras hidráulicas para combatir la escasez hídrica o de murallas de árboles para contener el desierto, así como la implementación de eficientes sistemas tecnológicos para aprovechar lo mejor posible unos recursos cada vez más escasos, como el agua de riego.

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