Los ecos del proyecto Manhattan

Un repaso a la vida de Roy J. Glauber nos invita a reflexionar sobre la ética de la disuasión nuclear.

[Ariel, 2022]

 

La última voz: Roy J. Glauber y el inicio de la era atómica
José Ignacio Latorre y María Teresa Soto Sanfiel
Ariel, 2022
272 páginas

En los últimos tiempos, se habla mucho sobre la polarización de los medios de comunicación y las redes sociales [véase «La economía de la atención», por Filippo Menczer y Thomas Hills; Investigación y Ciencia, febrero de 2021]. No obstante, cuando los hechos son objetivos, quizá valdría la pena recuperar la metáfora de la bifurcación: la realidad parece bifurcarse siguiendo los designios de un cuento borgiano. Ciertas informaciones salen a la palestra y se ponen de moda, en detrimento de otras, debido a variaciones (mínimas, como en los sistemas caóticos) en las condiciones iniciales del sistema y a su dinámica posterior.

Hallamos un ejemplo de esa bifurcación en el conflicto bélico entre Rusia y Ucrania, activo desde 2014, que se recrudeció el 24 de febrero de 2022 con una ofensiva rusa que buscaba la invasión total del país vecino y el derrocamiento de su Gobierno. Esa contienda sigue causando cientos de víctimas y la mayor crisis de refugiados en el continente europeo desde la Segunda Guerra Mundial. Desde los momentos prebélicos, la retórica propagandística del Kremlin se ha prodigado en amenazas, más o menos veladas, sobre el uso de la bomba atómica como medio de «resolución inmediata» de la guerra y como elemento disuasorio ante las solicitudes de adhesión a la OTAN de países como Suecia o Finlandia. Los viejos fantasmas de la Guerra Fría y los dilemas éticos sobre la proliferación y el control oligopólico de las armas nucleares, perfilados por Amir Aczel en el recorrido histórico y científico de Las guerras del uranio (RBA, 2012), han vuelto a saltar a la opinión pública. El desastre nuclear global no parece tan lejano ni tan improbable como hace apenas un año [véase «Destrucción, muerte, hambruna e invierno nuclear», por Simone Turchetti; Investigación y Ciencia, abril de 2022]. Una olvidadiza vieja Europa constata ahora el azote cíclico de pandemias y guerras.

Antes de la bifurcación global generada por la guerra de Ucrania, se gestó un libro premonitorio, La última voz: Roy J. Glauber y el inicio de la era atómica. Escrito a cuatro manos por José Ignacio Latorre y Maite Soto, es el maravilloso relato de la vida de Roy J. Glauber (1925-2018), galardonado con el premio Nobel de física en 2005 por sus contribuciones al desarrollo de la óptica cuántica.

Como ya recordaba en 2015 el propio Latorre, Glauber fue literalmente «la última voz»: el postrero superviviente del equipo científico que participó en el proyecto Manhattan, en el Laboratorio Nacional de Los Álamos, donde se desarrollaron las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki. Precisamente en 2015, Latorre y Soto colaboraron (él como productor y ella como codirectora, junto a Òscar Cusó) en el documental That's the story: Prof. Roy J. Glauber remembers the making of the atomic bomb, una entrevista a Glauber aderezada con imágenes inéditas que se acababan de desclasificar.

Pero aunque tengan a su disposición la película, con la voz e imagen de Glauber, no deberían perderse el libro: las reverberaciones son otras. Latorre y Soto van más allá de la mera transcripción y entretejen una narración intimista que invita a reflexionar. La sensibilidad del relato se constata ya en la introducción: «La verdad está por allí, entre matices, e incluye todos los colores. Por eso vale la pena escuchar al otro. Aquí su testimonio». Porque La última voz es un alegato a la escucha, al diálogo y a la resolución pacífica de los conflictos.

Tras un sucinto preámbulo, en el que Glauber explica cómo llegó a Los Álamos con apenas dieciocho años, el libro aborda los entresijos de su vida allí. Se suceden las tramas de espionaje, y aquellas relacionadas con el diseño y la construcción de las armas nucleares. Esas páginas, dignas de una novela, están salpicadas de anécdotas archiconocidas acerca del desarrollo y los ensayos de las bombas, y de los conflictos entre científicos, políticos y militares; pero Glauber también nos deja testimonios únicos sobre temas tan controvertidos como la figura de Oppenheimer [véase «J. Robert Oppenheimer», por John S. Rigden; Investigación y Ciencia, septiembre de 1995], el espionaje, o los dilemas éticos asociados a la creación y el uso de las bombas.

Glauber recuerda que, en la «noche de la nieve negra», acaecida del 9 al 10 de marzo de 1945, cayeron sobre Tokio 1665 toneladas de bombas, las cuales causaron más de cien mil muertos y dejaron sin hogar a más de un millón de personas. Científicos y militares suponían que las muertes debidas a las bombas nucleares serían del mismo orden de magnitud que las producidas por los bombardeos masivos habituales. Pero luego estaba la radiación, y sus consecuencias a largo plazo eran un aspecto desconocido y que preocupaba a los investigadores.

En ese sentido, Glauber destaca la figura de Robert Serber, autor de las conferencias que Edward Uhler Condon recogió en 1943 en The Los Alamos primer, un documento desclasificado sobre la física de las armas nucleares. Más tarde, Serber sería escogido por Oppenheimer para inspeccionar Hiroshima y Nagasaki después del lanzamiento de las bombas y evaluar su impacto radiactivo y destructivo. Tras la guerra, la maquinaria propagandística estadounidense difundió también el denominado «informe Smyth», en el que Harry Smyth, a petición del general Leslie Groves, desgranaba los fundamentos físicos de las armas que, tan solo unos días antes, habían arrasado las dos urbes japonesas. Por supuesto, no se revelaba ningún elemento clave que pudiera conducir a la construcción de otro artefacto nuclear. ¿Se trataba de informar a las masas mediante aquel «dosier oficial»? No. Se encriptaba científicamente, y se revestía de fórmulas, el dispositivo más terrible jamás inventado. Se aparentaba transparencia científica pero, en realidad, lo que se pretendía era justificar dos actos aterradores. Se desinformaba: ¿aceptaríamos hoy el uso de una bomba nuclear para «acortar» los plazos de una guerra, aduciendo que, de no emplearla, acabaría habiendo más víctimas a causa del fuego tradicional?

Glauber no esconde nada en su voz sosegada por los años, y su testimonio sincero debe contextualizarse en la época en la que sucedieron los hechos. Pormenoriza sin tapujos la compleja posguerra política que sobrevino tras las matanzas nucleares, la caza de brujas (con el juicio a Oppenheimer en el epicentro) y el exitoso espionaje de la Unión Soviética. Glauber no se arredra en ningún momento a la hora de tratar algunas de las polémicas que rodearon su vida, entre las que destacan las acusaciones de plagio que recibió por algunos de sus trabajos. De esta manera, retrata también la competitividad científica: la ágil publicación de las cartas enviadas a revistas especializadas (que precede a la de artículos remitidos antes, pero revisados con mayor lentitud) aún se presta a suspicacias y malentendidos en el seno de la propia comunidad investigadora.

Las reflexiones de Glauber anticipan buena parte de los conflictos actuales entre ciencia, tecnología y sociedad. Como contrapunto divertido a la severidad que rezuma su trayectoria vital, Glauber mostró durante años su peculiar sentido del humor en la ceremonia de entrega de los célebres premios Ig Nobel, en la que (animado por Marc Abrahams) fue un fiel participante. Soto y Latorre desgajan, además, otras jugosas anécdotas sobre su vida personal y su último noviazgo octogenario.

Glauber era un físico muy joven cuando se incorporó al proyecto Manhattan. Formaba parte de un contingente que no tomaba decisiones, pero que intervino de forma activa en aquella maquinaria bélica. Su hálito sobrevuela esta nueva era de disuasión nuclear. Recojan los papelitos de Fermi, déjenlos caer y estimen la energía de lo que se avecina.

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