Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarte el uso de la web mediante el análisis de tus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúas navegando, consideramos que aceptas nuestra Política de cookies .

1 de Mayo de 2002
Física de fluidos

La geodinamo en el laboratorio

Tras laboriosos experimentos se ha obtenido la prueba: los fluidos en rotación y conductores de la electricidad pueden crear un campo magnético estable. Gracias a ello se ha logrado simular el proceso de generación del campo magnético terrestre.
Las antiguas culturas de China y México conocían ya las propiedades de las piedras magnéticas. Se supone que fueron los marinos chinos los primeros en utilizar la orientación norte-sur de una aguja magnética. En la Edad Media, las brújulas magnéticas se impusieron entre los navegantes de Europa. El médico y naturalista William Gilbert (1544-1603) publicó en 1660 De Magnete (Sobre los imanes), donde compendiaba de manera sistemática el conocimiento que se tenía sobre el magnetismo y sobre el campo magnético terrestre. A partir de ciertos experimentos realizados en barcos ingleses, sobre medidas del campo magnético de la Tierra, llegó a la conclusión de que la Tierra se comportaba como un imán permanente, cuyos polos se situaban en las cercanías de los polos geográficos norte y sur.
En la superficie de la Tierra el campo geomagnético es muy pequeño, diez mil veces menor que el de un imán permanente común. Tras observaciones sistemáticas llevadas a cabo durante los últimos 150 años, se sabe que el campo magnético terrestre varía con el tiempo y el espacio. En particular, la posición precisa del polo norte magnético ha variado en centenares de kilómetros hacia el noroeste, desde la primera determinación posicional del mismo realizada en 1831 por una expedición polar británica. También la intensidad local del campo magnético en la superficie de la Tierra sufre variaciones perfectamente detectables, que tienen lugar en escalas de tiempo amplísimas, que van de escasos segundos a millones de años. Los geofísicos saben hoy en día que las fluctuaciones de alta frecuencia se deben a causas externas, provenientes de la ionosfera, mientras que las variaciones a muy largo plazo obedecen a procesos que acontecen en el interior de la Tierra.

Puedes obtener el artículo en...

¿Tienes acceso?

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.